Capítulo Uno: Un tonto soñador
Nota: El protagonista es mudo. Sus diálogos aparecen en negrita para representar el lenguaje de señas.

Ugh…
Algo me está quemando la cara.
No me deja seguir durmiendo.
Llevé una mano a mi rostro, tratando de bloquear el resplandor que golpeaba directo a mi cara.
No.
No sirve.
Maldita sea.
Aparté la mano, resignado ante la idea de tener que abrir los ojos. Mi vista tardó varios segundos en enfocarse, parpadeando contra la luz. Lo primero que distinguí fue el techo de mi habitación, luego las paredes, el armario entreabierto, la silla sepultada bajo ropa y, por último, a mi derecha, encontré al responsable de mi abrupto despertar.
La ventana.
Demonios.
Olvidé cerrar las cortinas anoche.
Ya que…
Tendí el brazo hacia la mesita de noche, buscando mi teléfono a tientas. Pasé a derribar el cargador, unos papeles — que no recordaba haber dejado ahí— y también la lámpara que, por suerte, no hizo un ruido tan fuerte.
Solo espero no haberla roto.
Cuando por fin tuve el teléfono entre mis dedos, me incorporé lentamente, sentándome al borde de la cama, con los pies.
Me froté el ojo derecho con el puño antes de mirar la pantalla.
Son las 11.
Aún es temprano.
…
Un momento.
¡¿Las 11?!
¡Me quedé dormido!
¡Ruby me va a matar!
Salté de la cama con una energía que no tenía hace cinco segundos.
¡¿Cómo me fui a quedar dormido?!
Busqué con la mirada mis pantalones, encontrándolos donde los había tirado la noche anterior: en el suelo junto con los zapatos.
Eso es eficacia.
Los agarré y traté de meterme en ellos lo más rápido posible, lo cual resultó en una serie de saltos alrededor de la habitación, chocando con la silla y luego casi con la mesita.
Si alguien estuviera mirando, estaría muerto de la risa.
Una vez que logré abrocharlos —segundo intento incluido, porque en el primero lo abotoné mal— abrí el armario de par en par y agarré la primera camisa que encontré. Tampoco es que necesite vestirme bien. Solo voy a la estación de trenes a recoger a mi temperamental hermanita, no a una entrevista de trabajo.
Una vez listo —más o menos, ignorando mi pelo— salí disparado de mi habitación y choqué de lleno contra la pared del pasillo.
Me va a salir un moretón, maldición.
Bajé las escaleras con algo más de cuidado, sujetándome del pasamanos. No tengo tiempo para más lesiones, especialmente teniendo en cuenta mi expediente de caídas de adolescente.
Mientras bajaba, vi a Andrew salir del salón como alma que lleva el diablo. Con una mano cargaba a Godric, quien masticaba felizmente una tostada, mientras que, con la otra, sostenía un enorme bolso, de donde sobresalían unos pequeños patines blancos.
Cierto.
Godric tiene clase de patinaje hoy.
Bueno, al menos no seré el único al que Ruby regañara por quedarse dormido.
Nuestras miradas se cruzaron en un segundo.
—No le digas a Ruby, por favor —me dijo, con una sonrisa suplicante.
Negué con la cabeza, sin poder evitar la sonrisa.
No puedo ser malo ni aunque quisiera.
Es un defecto de nacimiento.
—¡Eres el mejor cuñado que podría tener! —exclamó, saliendo disparado hacia la puerta.
—¡Adiós, tío Danny! —gritó Godric con la boca llena, alzando su pequeña manita.
Le devolví el gesto.
La puerta se cerró de un portazo que resonó por toda la casa como una pequeña explosión doméstica.
Me quedé un momento inmóvil al pie de las escaleras, escuchando el motor de su auto arrancar.
Espero que Andrew no conduzca como un loco. Lo que menos necesita es que le pongan una multa. Suficiente va a tener con mi hermana cuando se entere —si es que llega a enterarse— de que llevo tarde a Godric.
Atravesé el salón, sintiendo el olor a café recién hecho colarse desde la cocina. Seguramente mamá se levantó para llevarle el desayuno a papá.
Efectivamente, estaba ahí. Aunque no precisamente preparando la bandeja para papá, sino que estaba junto a la encimera, calentando el biberón de Rowena, la cual estaba en su brazo.
—Miren quién se dignó a despertar —dijo mamá, girando a verme—. Ya era hora de que te levantaras, bello durmiente.
Rodé los ojos y le quité a Rowena de los brazos con cuidado. Ella me miró un segundo, con esa expresión seria que pone cuando no sabe muy bien qué pensar de algo y luego empezó a reír. Esa risa graciosa que tienen todos los bebés.
Es una suerte que ella y Godric hayan heredado el buen humor de Andrew. De haber salido a Ruby, viviríamos todos en un estado de alerta.
—Sabías que tenías que levantarte temprano —continuó mamá, sacando el biberón del agua caliente y probando la temperatura en la muñeca—. Tu hermana va a estar más que enojada. Ya puedo ver el escándalo que va a armar cuando llegues.
Sonreí.
No sería novedad ver a Ruby enojada. A pesar de los años, sigue teniendo esa personalidad volcánica con la que la conocí.
Dejé a Rowena con cuidado en su cochecito, que estaba aparcado junto a la mesa de la cocina, y me giré hacia mamá.
—Pudiste haberme despertado. Así evitábamos el “huracán Ruby”.
—Iba a hacerlo, pero luego recordé que ya eres adulto —dijo, cruzándose de brazos—. Ya tendrías que saber que tus actos tienen consecuencias.
Negué con la cabeza.
—Sonaste como papá.
Ella soltó una carcajada, las esquinas de sus ojos arrugándose un poco.
—Bueno, llevamos muchos años casados. Algo se me tenía que pegar de él—respondió, encogiéndose de hombros—. Es una lástima que a él no se le haya pegado nada de mí. Habría dejado de ser tan terco.
—Papá se levantó, ¿no es así? — dije, frunciendo el ceño.
Ella asintió.
—Está en el jardín, viendo no sé qué cosas —respondió, con un tono que mezclaba la exasperación y la ternura—. Le dije que se quedara en cama. Pero me respondió que él no puede estar como un cadáver acostado.
Me pasé una mano por el rostro.
¿Por qué papá tiene que ser tan complicado?
El hecho de que diga que siempre fue enfermizo no es ninguna excusa para ignorar su condición.
—Ruby se va a enojar con él también —le dije, arqueando una ceja.
Mamá volvió a reír.
Sacó a Rowena del cochecito para acomodarla de nuevo en su brazo.
—Eso mismo le dije, y ¿sabes lo que me contestó? Que en esta casa él tiene la última palabra.
Volví a negar con la cabeza, esta vez sin poder evitar que se me escapara una sonrisa.
Al menos no dijo que nos iba a echar a patadas.
Cuando llegamos, lo primero que hizo fue protestar durante una hora sobre que no necesitaba que nadie lo cuidara, que no iba a permitir que desperdiciáramos nuestro tiempo así.
Aun así, nos quedamos.
La familia siempre se cuida.
Me giré hacia el refrigerador y saqué la caja de leche. La abrí y bebí directamente de ella. No es el desayuno más digno del mundo, pero funciona. Después vengo a desayunar con calma, o puedo pasar por la cafetería y comprar algunos pastelillos a la vuelta.
Sé que a mi hermanita no le molestaría hacer esa parada.
—Anoche volvió a sacar el tema —habló mamá de repente—. Lo de tu "sueño fantasioso de encontrar a tu pareja ideal".
Dios, no.
Pensé que ya habíamos hablado de eso.
Guardé la caja de vuelta en el refrigerador y me limpié el labio inferior con el dorso de la mano. Cuando me giré hacia ella, me aseguré de que mi expresión fuera tranquila. No quería parecer a la defensiva. Solo cansado del tema.
—No debería preocuparse por eso.
—Es imposible que él no se preocupe, Danny —dijo ella, bajando la mirada hacia Rowena, quien bebía felizmente su biberón—. Sabes cómo es tu papá. Un hombre con los pies en la tierra. No cree en destinos ni en "parejas destinadas" como tú.
Solté un suspiro largo, apoyando la cadera contra la encimera.
—Ya llegará el día en que encuentre el amor —otra vez, pero que sea mi verdadero amor, encontrar a mi otra mitad—. No puedo simplemente salir con cualquiera.
Mamá me miró en silencio unos segundos, con esa expresión suya que no juzga, pero tampoco cede del todo.
—Te entiendo, cielo —dijo al fin—. Pero intenta entender un poco a tu papá también. Él no quiere que pases tu vida buscando un sueño que para él es imposible. Quiere verte con alguien. Verte feliz antes de que… bueno, antes de que pase lo inevitable.
Bajé la mirada al suelo.
No me gusta cuando sacan ese tema.
Siempre me trae un sabor amargo, ese sabor que conozco desde mucho antes de esta familia.
Escuché los pasos de mamá acercarse despacio. Cuando levanté la cabeza, ella estaba frente a mí, solo mirándome, con Rowena acomodada contra su pecho.
Levantó la mano libre y la apoyó contra mi mejilla.
—Ya, cielo. No es para que te angusties—dijo, con una voz tranquila y baja—. Dejemos que el tiempo haga lo suyo, ¿sí? Quizás él logre entenderte, o quizás encuentres a tu amorcito muy pronto y así le tapas la boca a tu testarudo viejo.
Asentí, lentamente.
Si.
Dejarlo todo al tiempo...
—Mi pequeño tonto soñador.
Sonreí.
Eso me describe bastante bien.
Un tonto soñador.
La abracé, inclinándome un poco para no aplastar a Rowena entre los dos. Mamá me dio una palmadita en la espalda, como siempre hace cuando me abraza.
—Ya deberías irte —dijo, separándose de mí—. Tu hermana te va a llamar en cualquier momento.
Volví a asentir, y le di un beso de despedida en la mejilla antes de dirigirme hacia la puerta.
Cuando estuve afuera, el aire de la mañana me dio en la cara, fresco y sin filtros, completamente distinto al calor templado de adentro.
Será un buen día.
Antes de que pudiera dar un solo paso hacia mi auto, Kenobi y Lupin aparecieron de la nada. Saltaron sobre mí con toda la energía y la falta de coordinación que los caracteriza. Casi me voy de espaldas contra el marco de la entrada.
Sonreí, acariciándolos a los dos al mismo tiempo mientras ellos competían por ver quién podía lamerme más la cara en menos tiempo.
Siempre tan enérgicos.
Miré a mi alrededor, encontrando su hueso de juguete tirado junto a la maceta. Lo recogí y lo lancé bien adentro de la casa. Ellos salieron disparados a buscarlo sin dudarlo un segundo.
Cerré la puerta antes de que alguno de los dos pudiera recapacitar.
Es la única forma en que me dejen salir.
—¡Danny! —escuché gritar a mamá desde algún punto de la casa.
Corrí al auto.
Lo siento, mamá.
Pero era eso o llegar aun mas tarde por Ruby.

Durante el trayecto, no dejé de pensar en la conversación.
Entiendo la preocupación de papá. De verdad que sí. Es la preocupación que sienten todos los padres en algún momento. Ese miedo de ver a un hijo solo.
Y, además, está el otro temor. De que vuelva a pasar lo mismo que pasó con mi última relación.
Apreté el volante un poco más fuerte.
Esa vez… debí verlo venir.
Las señales estaban ahí.
Fui demasiado ingenuo, demasiado paciente con cosas que no merecían tanta paciencia.
Sacudí la cabeza.
No.
Eso ya pasó. Ya se habló, ya se procesó y se cerró como se pudo. Ahora lo único que queda es seguir adelante. Como en esa película de Disney: dejar ir el pasado y caminar hacia el futuro.
Sí.
No hay por qué dejar que una mala experiencia le ponga llave al corazón. Eso es lo que siempre he dicho.
Sé que voy a encontrar a mi persona, tarde o temprano.
Aunque, siendo honesto… me gustaría que fuera más temprano que tarde. Quiero seguir luciendo guapo cuando lo llegue a encontrar.
Luego de unos minutos, llegué a la estación. Apagué el motor y el silencio duró exactamente dos segundos antes de que mi teléfono vibrara en el asiento del copiloto.
Lo levanté.
Hermanita 😸:
Un trabajo, Danny
Tenías un solo trabajo
😫😫😫
Sip.
Ya está molesta.
Hermanita 😸:
¿En dónde demonios estás?
Si sigues en casa, juro que tiro tu colección de figuras de Star Wars al retrete 🤬
Yo:
Ya estoy aquí
No te enojes 😭😭
Hermanita 😸:
Ya apúrate
Me quiero ir 😒
Guardé el teléfono en el bolsillo, agarré mi mochila del asiento trasero —mi cargamento personal de dulces— y bajé del auto.
La estación tenía ese ruido particular que tienen todas las estaciones del mundo, ese zumbido constante y superpuesto hecho de capas: pasos, voces que se mezclan sin llegar a entenderse del todo, anuncios por los altavoces y el arrastre continuo de ruedas de maleta que va y viene.
Me moví entre la gente, tratando de no chocar con nadie. En lugares como estos, la gente suele estar más a la defensiva. La prisa convierte a las personas en obstáculos mutuos. Solo hace falta un pequeño malentendido para que se arme una pelea.
Iba pasando cerca de los mapas cuando algo llamó mi atención. Frente a uno de esos, de espaldas a mí, había un hombre de cabello castaño. Junto a él, agarrado de la mano, un niño pequeño que miraba todo a su alrededor con esa mezcla de curiosidad y temor que se tiene cuando uno esta en un lugar desconocido.
Deben estar perdidos.
Miré hacia donde estaban los andenes y luego volví a mirarlos.
Puedo ayudarlos. Total, mi hermanita ya está enfadada. Eso no va a cambiar.
Me acerqué despacio, sin querer interrumpir de golpe. Cuando estuve a unos centímetros, pude ver por encima de su hombro la pantalla del teléfono entre sus manos.
Vaya.
Sus manos son pequeñas. O al menos, se ven más pequeñas que las mías, con dedos finos y nudillos limpios.
Qué… bonitas.
Logré ver que uno de los mensajes le indicaba que tenía que salir por Pine Hill.
Esa es fácil. Está a menos de dos minutos desde aquí si no te pierdes en el cruce del nivel inferior, que tiene una señalización diseñada, aparentemente, para confundir a la gente a propósito.
Levanté la mano para tocarle el hombro y avisarle, pero me detuve a medio camino por culpa de un extraño y suave aroma.
¿Chocolate… amargo?
Sí.
Es eso.
Viene de él.
Parpadeé, sorprendido.
No sabía que existían perfumes de ese tipo.
Inhalé un poco más. Había algo en ese aroma que producía una calma extraña, como cuando encuentras sin querer una canción que no sabías que necesitabas escuchar.
Y entonces, sin previo aviso, el hombre se dio la vuelta.
Que…
Que ojos tan hermosos…
Son como dos esmeraldas que brillan por cuenta propia, atrapando la luz de una forma casi irreal. Verdes, profundos… hipnóticos, aun a pesar de la pequeña chispa de tristeza que se ve.
Tragué saliva.
Tranquilízate.
No es momento para dejarte encandilar por unos ojos.
Viniste a ayudar a alguien que está perdido, no a quedarte paralizado en medio de la estación como si acabaras de ver una aparición.
Actúa normal.
Bueno, eso será difícil si lo sigues mirando como psicópata.
Deja de mirarlo, tonto.
En cualquier momento te va a dar un golpe por ser un raro. O va a llamar a seguridad. Cualquiera de las dos opciones sería una forma muy mala de arruinar el día.
…
¡Pero es que sus ojos son tan hermosos!
¡No puedo apartar la mirada!
¡Estos ojos no son de una persona normal!
¡Son los de un ángel!
Oh, oh.
Está frunciendo el ceño. Me está mirando con una expresión que no augura nada bueno.
¡Haz algo, Danny!
¡Terminarás con un ojo morado en los próximos cinco segundos!
—Oye, idiota, ¿Qué te pa…?
Levanté rápidamente la mano y señalé hacia el mapa, apuntando hacia la salida de Pine Hill, antes de que terminara esa frase.
Se hizo un silencio breve.
Su mirada pasó de mí al mapa. Vi cómo sus ojos se abrían despacio, con una sorpresa genuina, como si no pudiera terminar de creer que la respuesta hubiera estado ahí todo el tiempo.
Lindo…
Regresó a mirarme. Sus mejillas se habían teñido de un leve rosa.
—Gracias… —murmuró, entre dientes.
Es…
Es…
Es…
¡¡ES MUY LINDO!!
¡¿Cómo es posible que alguien se vea tan lindo así?!
¡¿Cómo funciona eso?!
¡¿Es un don natural o qué?!
El ceño fruncido, las mejillas rosas, su voz… Es imposible que alguien pueda verse así de mono.
No, espera.
Para.
Contrólate, Danny.
No le des otro motivo para que te mire como si fueras algo que encontró pegado a la suela del zapato. No eches a perder este pequeño momento de paz por no saber cerrar la boca.
Bueno, no es como que pudiera hablar, pero es igual.
Le sonreí lo mejor que pude, esperando que no pareciera forzada ni demasiado entusiasta.
Maldita sea.
Me debo ver como un idiota.
Bajé la mirada, buscando algún punto neutral donde posar la vista. Mis ojos se toparon con los del niño, que me observaba con la cabeza ligeramente inclinada.
¡Son igualitos!
Metí la mano en la mochila casi sin pensar, rebuscando en el bolsillo lateral donde a veces quedan rezagados algunos dulces que mis sobrinos no alcanzan a devorar durante nuestros paseos.
Juro que había una paleta por aquí…
¡Aquí está!
La saqué con cuidado. Una paleta envuelta en papel azul, ligeramente aplastada pero intacta.
Perfecto.
Se la extendí al niño.
—¡Muchas gracias, señor! —exclamó, con los ojos encendiéndose de felicidad.
Asentí, sonriendo de verdad esta vez.
Los dulces son pequeñas chispas de alegría en el mundo de un niño. Eso es lo que mamá siempre dice.
Levanté la mirada y volví a chocar de frente con la de su papá. Seguía mirándome, con ese mismo gesto cauteloso, todavía evaluando si representaba algún tipo de amenaza o simplemente era inofensivo pero molesto.
Creo que le di una mala impresión.
Pues claro que sí. Aparecí de la nada, me quedé mirándolo como un acosador y encima sonríes como si eso fuera a arreglar algo. No es exactamente el protocolo para inspirar confianza en un desconocido.
Dios.
Mejor me voy antes de que haga otra cosa estúpida.
Levanté la mano. Un gesto simple de despedida, y me di la vuelta.
Caminé entre la gente con la espalda un poco más rígida de lo normal. No me atreví a voltear, aunque lo deseé. Solo un segundo, solo para saber si seguía ahí parado mirándome o si ya había tomado el camino que le indiqué y se había perdido entre la multitud con su hijo de la mano.
Demonios.
Mi corazón está como loco. Siento las manos húmedas y las piernas como gelatinas. Ya van dos veces en que casi tropiezo por culpa de mis propios pies.
Esta sensación… se siente demasiado familiar. Parecida a otras veces en que mi corazón ha empezado a moverse por alguien. Casi de la forma en que mi mamá se sintio cuando vio por primera vez a mi papá.
¿Será que… es él?
Puede ser.
Pero también puede no serlo.
Siempre que me encuentro con algo lindo, reaccionó de una forma parecida. Un cuadro, un amanecer, una melodía, cualquier cosa que sea bella.
Quizás fue solo sus ojos…
Si... eso.
Y su cara… y sus rizos castaños que le caían sobre la frente… y ese perfume… y esa mezcla entre molestia y vergüenza...
Sacudí la cabeza, sintiendo las mejillas arder.
Lo dejaré en manos del destino.
Si ese hombre de ojos verdes es mi persona, el destino encontrará la manera de volver a ponernos en el mismo lugar.
Así funciona.
O al menos así decía mi mamá que funcionaba.
Y si no lo es… Bueno, esto quedará como otra anécdota vergonzosa. El día que me quedé paralizado mirando a un desconocido de ojos bonitos como un completo idiota.
Dios, eso suena tan mal.

Encontrar a mi hermanita no fue difícil.
Digo, ¿Qué probabilidades hay de que haya otra mujer pelirroja con expresión de querer quemarlo todo?
—Estoy muy enojada contigo —me dijo en cuanto estuve frente a ella.
Rodé los ojos.
Ha dicho eso tantas veces que ya perdió impacto real.
Recuerdo que la primera vez que me lo dijo, me escondí debajo de la cama y lloré como por tres horas seguidas, convencido de que mi mejor amiga del orfanato me odiaba.
La Madre Rose intentó sacarme de ahí mientras que Ruby, también llorando, me repetía que no era en serio, que no estaba enojada de verdad.
Que buenos tiempos aquellos.
—Lo siento —le dije, haciendo el puchero—. No te enojes.
Ella frunció el ceño y desvió la mirada.
—Ya, tonto, ayúdame con las maletas —dijo, dando una ligera patada a una de ellas.
¡Me salvé!
—No entiendo por qué llevaste tantas cosas —le dije, poniéndome dos al hombro.
—Porque me gusta andar con mis cosas —respondió—. Así como a ti te gusta andar con esa vieja mochila llena de dulces a todas partes.
Dice eso y ella es la primera en meter la mano en esa mochila cada vez que puede. Lleva años robándome dulces.
—¿Y cómo te fue? —le pregunté, mientras empezábamos a caminar —. ¿Fue un caso difícil?
Ella soltó una risa.
—Claro que no. Sabes que yo soluciono todo en un santiamén —dijo, chasqueando los dedos —. Por algo soy la mejor abogada de esta ciudad. Del Estado, incluso.
Pero que humilde.
—¿Te pasó algo?
Ladeé la cabeza, confundido.
—Es que tienes una cara de tonto… Bueno, más de lo habitual.
Hice otro puchero.
—Yo no tengo cara de tonto.
—Claro que sí. Eres un tonto de primera —respondió, con esa sonrisa de lado—. Pero ya en serio, ¿Qué te pasó? Estás igual a cuando ves cosas que, según tú, son lindas.
¿Lindas…?
Lindas como unos ojos verdes…
Sentí mis mejillas enrojecerse de golpe.
Dios, no voy a poder sacarme esos ojos de la cabeza.
Bueno, siendo honesto, tampoco es que quiera olvidarlos, pero el problema es que voy a andar con cara de idiota y mi familia tiene un radar muy afinado para ese tipo de cosas.
Sobre todo, mi papá.
—¿Acaso viste otro gato callejero?
Asentí rápidamente, quizás con demasiado entusiasmo.
—Siempre has tenido debilidad por esos animales —dijo, soltando un suspiro mientras se colocaba las gafas de sol—. Sobre todo, los sucios y gruñones. A veces no entiendo tu definición de lindo, hermano.
Sucios y gruñones…
No.
Él no se ve así.
Es… elegante. Brillante. Refinado. Quizás de carácter fuerte, incluso algo intimidante, pero que, por dentro, es tierno. Como esos gatos orgullosos que pasan el día entero ignorando a todo el mundo, pero que terminan aceptando los mimos.
Un segundo.
¿Qué estoy haciendo?
¿Por qué lo estoy comparando con un gato? ¿Qué clase de pensamiento es ese?
De verdad necesito tomar una siesta.
O desayunar.
O ambas cosas.
Cuando salimos de la estación, caminamos directo al auto. Me había asegurado de estacionarme lo más apartado posible del resto de los vehículos. Ruby tiene esa manía de que cualquiera que se estacione cerca de mi auto o del de Andrew lo va a terminar rozando, golpeando, o directamente destrozando.
—¿Rowena desayuno? —preguntó de repente.
Asentí.
—Y supongo que Andrew llevó a tiempo a Godric a su entrenamiento, ¿cierto?
Volví a asentir.
—¿Y papá se quedó en cama?
Esta vez, negué con la cabeza.
—Estaba haciendo unas cosas en el jardín.
Ella frunció el ceño.
—Por un demonio, ¿por qué no puede quedarse en cama? ¿Qué no entiende que esto es grave? —dijo entre dientes, llevándose una mano al puente de la nariz —. ¿Y mamá no hizo nada para evitarlo?
—Intentó. Pero ya sabes cómo es.
—Dejó que papá hiciera lo que le diera la regalada gana —soltó un suspiro largo—. Dios. ¿Es que ninguno puede actuar como adulto responsable? Siempre tengo que hacerlo todo yo.
—¿Y qué hay de mí? —le pregunté.
—Tú no eres un buen ejemplo de adulto responsable —respondió, deteniéndose frente al auto—. Si lo fueras, habrías llegado a la hora. Me dejaste esperando como un idiota en esa estación. Tus hijos sí que van a sufrir contigo.
Rodé los ojos.
¿Me lo tiene que seguir restregando en la cara?
Ya le pedí perdón.
Y, para que conste, yo sería un padre excelente.
—Ya me disculpé —le dije, abriéndole la puerta del copiloto.
—Sí, sí, y ya te perdoné —dijo, tirando el bolso adentro con despreocupación—. Tengo que admitir que esto también fue en parte mi culpa. Confié demasiado en ti sabiendo cómo eres. Siempre llegas tarde, tonto.
Si pudiera reírme, estaría hasta las lágrimas.
Que dramática.
Cerré la puerta del copiloto y alcé la mirada casi por inercia.
Entonces lo vi.
Ahí estaba ese hombre de ojos verdes.
Caminaba alegremente con unas personas. Seguramente familiares de él. Quizás vino a visitarlos. Aunque, por la cantidad de maletas que tenía, es más seguro decir que vino a vivir a la ciudad.
Clavé levemente los dedos en el techo del auto.
¿Sería muy raro… si me acercara?
Por supuesto que sí, Danny.
¿Qué excusa podrías decir? ¿Qué querías saludarlo? ¿Decirle que te alegra que haya encontrado la salida? ¿Qué necesitas ver sus ojos otra vez? ¿Qué posiblemente sea el amor de tu vida?
¡Por favor!
¡Con eso harás que te vea como un lunático y llame a la policía!¡Incluso que te golpee!
Bien.
Descartar el enfoque honesto.
Buscar alternativa.
Podría hacer que estaba pasando por casualidad. Sí. Que iba a comprar algo, que se me olvidó algo en la estación y luego…
—¿Danny?
Ay.
Se me estaba olvidando Ruby.
Aborten misión.
Bajé la mirada. Tenía el teléfono sobre las rodillas y las gafas de sol desplazadas sobre la cabeza. Sus ojos azules me examinaban detenidamente.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada —le respondí.
—¿Seguro? Estás actuando muy raro.
—Estoy bien —dije, forzando una sonrisa—. Solo sigo con algo de sueño. Es todo.
Ella me miró un segundo más, con esa expresión de quien está evaluando si creer o no. Luego, asintió y regresó la mirada a su teléfono.
Contrólate.
Dijiste que se lo dejarías al destino. Qué dejarías que todo transcurriera como debe ser, sin forzar nada.
Y, además, mírate. Estabas planeando acercarte a un hombre sin saber absolutamente nada de él. Sin saber si está casado o si tiene pareja.
Bueno, si tiene un hijo, es razonable asumir que hay alguien en su vida —o que la hubo — , y tú ahí queriendo acercarte porque tienes la corazonada de que es el indicado basándote en noventa segundos de contacto visual.
Qué patético.
Me subí al auto y, antes de echar a andar el motor, volví a mirar de reojo hacia donde lo había visto por última vez. Ya no había rastro de él. Solo el estacionamiento común y corriente, con sus coches y su asfalto y su absoluta indiferencia hacia mis crisis existenciales.
Solté un suspiro largo.
Realmente espero volver a verte, ojos bonitos.

El viaje de regreso fue más o menos igual al de ida, con la diferencia de que paramos en la pastelería a comprar una tarta de manzana y los croissants favoritos de Ruby, porque según ella la comida del tren era absolutamente asquerosa y no había podido comer nada en todo el viaje.
No le discutí.
Yo también quería los croissants.
Ya en casa, nos recibieron mamá y Rowena en el antejardín, las dos en el suelo sobre una manta, con Kenobi y Lupin dando vueltas a su alrededor.
Ruby bajó del auto antes de que yo terminara de aparcar y cruzó el jardín casi corriendo. Tomó a Rowena en brazos y giró sobre su propio eje mientras la pequeña reía sin parar, alzando sus bracitos.
La echo mucho de menos.
Mamá se me acercó mientras yo sacaba las bolsas de la pastelería del asiento trasero.
—Aprovecha para ir a avisarle a tu papá que Ruby llegó —me susurró, recibiendo la tarta—. No quiero que arda Troya hoy.
Asentí.
Nadie en esta casa, ni en un radio razonable de kilómetros a la redonda, quiere eso.
Entré sigiloso a la casa, con ese paso cuidadoso. Pasé rápidamente por el salón, crucé la cocina, y salí al jardín trasero, ese enorme espacio verde que papá y mamá llevan décadas cultivando.
No había rastro de él.
Me llevé una mano al mentón.
A ver.
Si yo fuera él, ¿Dónde estaría?
Si no está aquí regando las flores ni revisando los arbustos por alimañas, lo más seguro es que esté cerca de la glorieta.
Empecé a caminar en esa dirección, llegando en menos de dos minutos. La glorieta se asomaba entre los árboles del fondo del jardín, cubierta por las enredaderas que mamá planto hace un año.
Papá estaba de pie junto a uno de los laterales, con las tijeras de podar en la mano.
Me detuve un momento antes de acercarme.
Si lo pienso bien, es algo irónico que papá me vea como un “tonto romántico” cuando él mando a construir esta glorieta para mamá.
Quizás no es lo mismo que creer en parejas destinadas, pero se parecen, ¿no? Digo, debes estar muy enamorado como para hacer este tipo de cosas.
Los dos somos unos soñadores románticos, aunque él lo niegue.
Cuando estuve a unos metros, papá se dio la vuelta. No sé si escuchó mis pasos o es su instinto de policía.
Me miró con esa expresión suya, seria y directa, la que otras personas interpretarían como señal de “no te acerques”, pero que para nosotros era su cara de todos los días.
Papá no tiene muchas variantes de expresión. Después de todo, trabajar por muchos años en una “ciudad sin ley” haría que cualquiera escondiera sus emociones.
—¿Cómo llegó tu hermana? —preguntó, con voz monótona.
—Llego bien. Está con Rowena ahora —le dije—. Mamá me mandó a avisarte que es mejor que subas a tu cuarto si no quieres recibir un sermón.
Él soltó un bufido breve y dejó las tijeras sobre la mesa de madera que hay dentro de la glorieta.
Se sentó en el banco con esa tranquilidad de quien no tiene ninguna prisa y tampoco piensa fingir que la tiene.
—Ya soy bastante mayorcito como para recibir regaños —dijo, con una convicción absoluta—. Eso es para los niños y para adultos inmaduros como tú.
Fruncí el ceño.
¿Qué es esto? ¿El día de burlarse de Danny?
Iba a replicarle, pero empezó a toser. No fue una tos pequeña. Fue de esas que hacen que el estómago de uno se contraiga.
Crucé la distancia que nos separaba en dos pasos y le puse una mano en la espalda, moviéndola despacio.
—Estoy bien… —dijo, con la voz un poco rasposa.
Negué con la cabeza.
No estás bien.
¿Por qué no puedes tomarte esto en serio? ¿Por qué tiene que ser tan difícil?
Me quedé un momento más ahí, esperando que la respiración se le asentara del todo.
Cuando lo hizo, se enderezó lentamente y me miró. Su expresión cambió de una manera muy pequeña, ese desplazamiento mínimo en los ojos que en él equivale a lo que en otra persona sería abrir la boca de sorpresa.
—¿Te pasó algo?
Arqueé una ceja, ladeando un poco la cabeza.
—Tus ojos están más brillantes de lo usual—dijo—. Casi parecido a cuando estás… enamorado.
Sentí el calor subirme a las mejillas.
¡¿Por qué tengo que ser tan obvio?!
¡AAAAhhhhh!
¡Odio ser tan expresivo!
Empecé a agitar las manos, histérico, sin llegar a formar una oración coherente.
Necesito pensar en algo rápido. Ahora mismo. Antes de que saque sus dotes detectivescos y saque conclusiones apresuradas.
Justo en ese momento, Kenobi y Lupin irrumpieron, volcando el pequeño cubo de herramientas que había junto a la mesa y pisando las enredaderas recién cortadas.
Papá arrugó las cejas.
—Tu hermana y tú hicieron un pésimo trabajo adiestrándolos—dijo—. Sácalos de aquí. Van a terminar rompiendo todo.
Miré a los perros.
Nunca en mi vida había estado tan agradecido con ustedes, chicos.
Saqué a los perros de allí antes de que destrozaran algo más, sin mirar atrás. Pero mientras cruzaba el jardín de vuelta a la casa, con Kenobi tirando del collar hacia la derecha y Lupin hacia la izquierda, no pude evitar que se me escapara una sonrisa.
Se que volverá a sacar esa conversación en otro momento.
Tendré que pensar en que decirle.
Y también... pensar en como no distraerme tanto por ese par de ojos verdes.
Danny es bastante disperso xD y también menos dramático y serio que Phil.
Espero que les haya gustado ❤️
Nos vemos ✨