LA MASACRE DE LUNA, UNA HISTORIA DE GIGANTA TRANS

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Summary

Durante años, Luna soportó rechazo, violencia y humillaciones por ser quien era. Junto a su amante Valeria construyó un imperio de biotecnología y esculpió su cuerpo en una obra maestra. Pero la belleza no fue suficiente. Una mañana se inyecta un suero experimental y se transforma en una diosa de 1000 metros de altura, hecha de carne y furia. Con curvas monstruosas, un miembro colosal y un apetito insaciable de venganza, Luna regresa a la ciudad que una vez la destruyó. La venganza nunca había sido tan grande… ni tan cruel.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

ASCENSO

Luna y Valeria eran una pareja de mujeres trans cuyo pasado podía definirse a través del rechazo, la discriminación y la violencia. En especial Luna, desde su niñez siempre había sido considerado un bicho raro, alguien que no encajaba por su forma de ser y por sus deseos. Se sentía encerrado en un cuerpo que no le pertenecía y eso llamaba la atención de gente que ama odiar lo que no entiende. Las palizas y las burlas eran constantes, los maestros hacían poco o nada por detenerlas.

En la universidad todo era igual, siempre maltratos, abusos y discriminación. Luna, cuyo nombre anterior prefiero no contar, pensó que su vida sería así para siempre, hasta que conoció a Valeria. Las dos, rotas y abandonadas por el mundo, decidieron unirse, tanto en carne como en mente. Juntas crearon una compañía de biotecnología que facturaba cientos de millones al año. Tenían proyectos tan ambiciosos como la creación de curas para ciertos tipos de cáncer. Ambas se sometieron a decenas de operaciones para obtener sus cuerpos deseados, para que estos se convirtieran en el reflejo de sus almas.

A los 30 años Luna esbozaba un cuerpo despampanante, senos enormes e inflados que se desbordaban pesados y redondos, tan grandes que amenazaban con romper cualquier tela que intentara contenerlos, curvas lascivas que parecían esculpidas para provocar y dominar, piernas tonificadas y voluptuosas que se rozaban entre sí con un susurro carnoso y húmedo al caminar, además de un colosal trasero gordo y descomunal, tan masivo y jugoso que temblaba con cada movimiento, dos montañas de carne blanda y firme que tragaban la tanga morada entre sus nalgas como si la tela fuera una simple sugerencia. Presentaba unos carnosos labios pintados de un púrpura brillante y obsceno, perfectos para morder y devorar, y un peinado corto que caía en un bob asimétrico, con el flequillo largo cubriéndole casi todo el rostro y dejando solo entrever el brillo peligroso de sus ojos.

Pero a pesar de haber logrado todo esto, ella aún deseaba algo más. Venganza, y la conseguiría.

La mañana del cinco de octubre Luna se paró en el balcón de su apartamento en San Francisco, solo llevaba un sexy conjunto, un bra y una tanga morada que luchaba por contener sus glúteos descomunales. Tenía una extraña jeringa blanca en la mano izquierda y su celular en la derecha. Hizo una llamada a Valeria, la cual se encontraba en otro país en ese momento.

—Hola cariño, voy a hacerlo. Dentro de poco me verás en las noticias —dijo Luna mientras se reía.

Valeria sabía muy bien a qué se refería su pareja.

—Muy bien, cariño. Diviértete, pero sin propasarte mucho, ¿ok? —respondió Valeria.

—Lo intentaré —mintió—. Te amo.

—También te amo.

Luna cerró la llamada y al instante se inyectó el contenido de la jeringa en el cuello. Un tipo de suero experimental hecho de nanomáquinas y compuestos sintéticos, algunos capaces de provocar mutaciones en las células.

El cuerpo de Luna empezó a calentarse, a crecer y a expandirse. Y ella lo disfrutaba. Un calor húmedo y eléctrico le recorrió la piel, haciendo que cada nervio cantara de placer. Todo en ella se hizo más grande, sus pechos se hincharon y pesaron como dos planetas calientes, sus curvas se volvieron obscenas, y su pene creció con un latido carnoso y doloroso, engrosándose, alargándose, llenándose de venas gruesas y palpitantes. El bra y la tanga morada se tensaron al límite, la tela elástica crujiendo y clavándose en su carne voluptuosa, pero resistieron, marcando cada pliegue y cada curva como una segunda piel obscena. El edificio donde vivía cedió ante la imparable transformación de aquella mujer. Hormigón y acero gimieron y se partieron con sonidos secos y húmedos mientras Luna rompía el techo con la cabeza, riendo entre jadeos.

La ciudad se detuvo y miró al cielo mientras una gigantesca sombra se cernía sobre ellos. Vecindarios y calles enteras eran arrasadas por un par de pies que pertenecían a una diosa en crecimiento. El pavimento se hundía como mantequilla bajo sus plantas, dejando cráteres profundos donde antes había gente corriendo, gritando, rezando. Todo era caos hasta que se detuvo. Luna abrió los ojos y la ciudad parecía una diminuta maqueta. Según sus cálculos ella ahora medía más de 1000 metros de altura. Una gigantesca diosa capaz de hacer lo que le plazca. Aunque hubieron efectos secundarios, su miembro ahora era colosal, gordo y lleno de venas, un mastodonte largo y erecto que sobrepasaba el tamaño de todos los edificios de la ciudad.

—Oh, esto no me lo esperaba —susurró Luna, con la voz grave y temblorosa de placer.

Colocó ambas manos sobre su miembro colosal y al frotarlo una sola gota de semen escapó de la punta hinchada. Aquella pequeña gota blanquecina descendió como un meteorito ardiente en una concurrida zona comercial de Union Square, dejando un rastro humeante en el aire.

Al tocar el suelo sucedió lo impensable.

El líquido ya no era semen. Era un ácido vivo, corrosivo, hambriento. Impactó con un sonido húmedo y siseante, como carne arrojada a aceite hirviendo. La primera ola de personas, turistas, oficinistas, familias enteras, fue bañada al instante. Al principio se ahogaron en aquella sustancia espesa y caliente que les llenó la boca, la nariz y los pulmones, quemándoles la garganta como lava. Luego vino el verdadero horror: la piel empezó a burbujear y desprenderse en tiras humeantes, revelando músculo rojo y brillante que se licuaba al segundo siguiente. Brazos se derritieron hasta el hueso, caras se desfiguraron en máscaras derretidas, ojos explotaron y corrieron como clara de huevo cocida. Los cuerpos se desplomaron retorciéndose, convertidos en charcos de carne semilíquida y huesos blanquecinos que flotaban como restos de un naufragio. El pavimento mismo se ablandó y burbujeó, tragándose a quienes aún intentaban huir; los edificios cercanos gimieron cuando sus fachadas se combaron y se fundieron como chocolate bajo un soplete, dejando escapar ríos de vidrio y acero derretido.

Cientos de personas murieron en menos de diez segundos, sus gritos convertidos en gorgoteos ahogados y estertores húmedos mientras sus órganos internos se cocinaban y se derramaban fuera de ellos en una sopa roja y blanca. El olor que subió hasta Luna era denso, dulzón y repugnante: carne quemada, semen ácido y miedo puro.

—Se lo merecen —dijo Luna complacida, lamiéndose los labios púrpura mientras observaba el cráter humeante que había dejado su pequeña gota.

De un solo paso pisó a miles de inocentes que trataban de huir. El impacto fue brutal: los cuerpos explotaron bajo la presión con un chapoteo carnoso y repugnante, convirtiéndose en una pasta roja y viscosa que salpicó hasta sus tobillos. Huesos crujieron como ramitas secas, cráneos reventaron con un pop húmedo, intestinos se desenrollaron y quedaron pegados a su piel como guirnaldas sangrientas. Las pisadas de Luna daban nacimiento a terremotos que luego dejaban colosales cráteres en el suelo, cráteres llenos de sangre, trozos de carne y metal retorcido, donde el aire aún vibraba con los últimos gritos ahogados.

Luna se agachó lentamente, con una sonrisa oscura asomando entre su flequillo morado. El simple movimiento hizo que su gigantesco miembro descendiera como un obelisco de carne viva sobre el centro de San Francisco. El glande hinchado y venoso aplastó cientos de edificios en un solo instante: rascacielos enteros se doblaron y se hundieron con un crujido metálico ensordecedor, convertidos en ruinas retorcidas bajo el peso caliente y palpitante de su polla colosal. Gente que corría por las avenidas desapareció bajo la sombra de aquel monstruo de carne, aplastados contra el asfalto en una fina capa roja antes de que el miembro siquiera los tocara.

Luego extendió sus manos enormes. Con cada una arrancó dos secciones enteras de la ciudad como si estuviera arrancando trozos de pastel. Edificios enteros: escuelas, bancos, hoteles y centros comerciales fueron levantados del suelo con un rugido de hormigón y acero desgarrado. Miles de personas quedaron atrapadas dentro de aquellos bloques que ahora flotaban entre sus dedos.

Luna los elevó sobre su boca abierta, los labios púrpura brillando de saliva.

—Hora de comer… —susurró con voz grave y ronca.

Empezó a molerlos.

Los edificios descendían uno tras otro hacia su boca cavernosa. Los dientes perfectos y blancos se cerraron sobre ellos con un crunch húmedo y repugnante. Cristal, acero y hormigón se rompieron como galletas, mezclándose con carne humana. Miles de hombres, mujeres y niños fueron triturados vivos entre sus muelas: sus cuerpos estallaron en chorros de sangre y vísceras que se derramaron por las comisuras de sus labios. Algunos quedaron atrapados entre los dientes, pataleando débilmente mientras eran aplastados lentamente, convirtiéndose en una pasta roja y viscosa que Luna tragaba con placer evidente. Se oían gritos ahogados, huesos rompiéndose en cadena y el sonido húmedo de carne siendo masticada como si fuera carne cruda.

Pero eso no era lo peor.

Muchos tuvieron la desgracia de caer sobre la punta del colosal miembro de Luna. El glande caliente y goteante los recibió como un altar de carne. El precum espeso y corrosivo los bañó al instante. Sus ropas se disolvieron, su piel empezó a burbujear y derretirse con un siseo repugnante. Gritaban mientras la carne se desprendía de sus huesos en tiras humeantes, los ojos se les licuaban y corrían por sus mejillas derretidas. Algunos intentaban arrastrarse, pero solo lograban pegarse más al frenillo hinchado, donde el líquido blanquecino los devoraba vivos, cocinándolos desde dentro. Sus cuerpos se reducían a masas informes de carne semilíquida y huesos blanquecinos que resbalaban lentamente por la superficie venosa del miembro, dejando un rastro rojo y blanco.

Luna gemía de placer con cada bocado, su lengua recorriendo los restos de edificios y personas que aún quedaban pegados a sus labios. Un hilo de saliva mezclada con sangre le corría por la barbilla.

—Tan… deliciosos… —murmuró, mientras sus dedos seguían arrancando más trozos de la ciudad para alimentarse.

Luego de saciarse, Luna se puso de pie con lentitud, dejando que los restos de edificios y carne humana cayeran de sus labios como migajas. Se limpió la boca con el dorso de la mano, dejando un rastro brillante de saliva y sangre. Sin prisa, comenzó a caminar por la ciudad que tanto la había odiado, sin importar la destrucción que sus pisadas provocaban.

Cada paso era un cataclismo. Sus pies colosales aplastaban barrios enteros, convirtiendo calles en cráteres profundos llenos de sangre y metal retorcido. Autos, casas y personas desaparecían bajo sus plantas con sonidos húmedos y repugnantes: cuerpos que reventaban como uvas maduras, huesos que crujían en cadena y vísceras que salpicaban hasta sus tobillos. La misma ciudad que le había dado la espalda, que la había humillado y roto durante años, ahora temblaba bajo su peso como un juguete frágil.

Entonces tuvo una idea. Una idea muy maliciosa, oscura y deliciosamente cruel. Una que definitivamente le conseguiría un lugar asegurado en el infierno.

Caminó hacia su antigua escuela, uno de los símbolos más dolorosos de su sufrimiento. El edificio que una vez le pareció enorme ahora era ridículamente pequeño y diminuto entre sus dedos. Con dos de sus enormes dedos lo levantó del suelo con facilidad, como quien levanta una caja de fósforos. Podía escuchar los miles de gritos infantiles que salían de las ventanas, mezclados con los chillidos aterrorizados de los maestros. Maestros que nunca hicieron nada para defenderla. Niños que posiblemente eran descendientes de aquellos que la habían golpeado, escupido y llamado monstruo.

Sus ojos, ocultos tras el flequillo morado, observaban el pequeño edificio como quien mira un escondite de insectos.

—Hola, niños —dijo con voz grave, sensual y retumbante—. La siguiente clase es bastante sencilla.

Su voz hizo estallar todas las ventanas de la escuela en una lluvia de vidrio.

—Solo tienen que medir y calcular el tamaño de mi trasero.

La cruel mujer enganchó dos dedos en el elástico de su tanga morada, estirándolo con lentitud. La tela se separó de su piel, revelando la oscuridad profunda y caliente entre sus nalgas colosales: dos montañas de carne gorda, blanda y gigantesca que temblaban ligeramente, sudadas y calientes por el esfuerzo de su crecimiento.

Sin piedad, lanzó la diminuta escuela hacia esa oscuridad.

El edificio entero desapareció entre sus glúteos descomunales. La tanga volvió a su lugar con un chasquido elástico, atrapando la escuela contra su carne caliente y sudorosa. Dentro de aquella prisión de carne blanda y pesada, el caos fue inmediato y horrible. Los pasillos se doblaron y se aplastaron contra las paredes calientes de su trasero. Niños y maestros fueron aplastados lentamente entre la carne blanda y el hormigón que aún resistía. Algunos quedaron pegados a su piel húmeda, ahogándose en el sudor ácido y caliente mientras sus huesos se rompían uno por uno con crujidos húmedos. Otros fueron triturados contra las paredes de la escuela cuando sus nalgas se apretaron ligeramente, convirtiendo cuerpos enteros en una pasta roja y viscosa que se filtraba entre sus pliegues.

Luna soltó una risa baja y ronca, sintiendo las pequeñas vibraciones y movimientos desesperados dentro de su trasero.

—Mmm… no sean tan traviesos, chicos. La maestra Luna no tiene mucha paciencia —murmuró, mientras apretaba sus glúteos con fuerza una sola vez.

Otros desgraciados se ahogaban en el sudor espeso y caliente que corría por los pliegues de sus glúteos, tosiendo y vomitando mientras su piel empezaba a irritarse y enrojecerse como si les hubieran echado ácido suave.

Luna podía sentir cada pequeño movimiento desesperado. Cada pataleo, cada puño golpeando inútilmente contra su carne, cada grito ahogado que vibraba contra sus nalgas.

El edificio crujió peligrosamente. Varias aulas se deformaron, aplastando a varios niños contra las paredes de carne caliente. Se escucharon gritos agudos que se convirtieron en gorgoteos cuando el peso de su trasero les exprimió el aire de los pulmones. Algunos cuerpos quedaron incrustados en la superficie blanda de sus nalgas, medio enterrados en la carne sudorosa, pataleando débilmente mientras se cocinaban vivos por el calor y la humedad.

Luna cerró los ojos un momento, disfrutando la sensación. Un escalofrío de placer le recorrió la espalda al sentir aquellas diminutas vidas luchando inútilmente dentro de su trasero, convertidas en juguetes vivos atrapados entre sus glúteos descomunales. La tanga morada se humedeció con una mezcla de sudor, sangre y fluidos corporales que empezaban a filtrarse desde dentro.

Apretó de nuevo, muy suavemente, solo para recordarles que ella controlaba cada segundo de su agonía. Dentro de su trasero, la escuela crujió una vez más. Un coro de gritos infantiles y adultos se elevó, desesperado y roto, mientras la carne caliente y pesada de Luna los mantenía vivos… solo para seguir torturándolos.

—Primera clase aprobada —susurró con sadismo—. Ahora… ¿quién quiere la segunda?

La universidad era su siguiente objetivo.

Mientras tanto, en otra parte del mundo, lejos del caos y la destrucción, Valeria se encontraba reclinada en la enorme cama de su suite en Dubái. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por el resplandor azul de la enorme pantalla de televisión que ocupaba casi toda una pared.

Allí, en vivo y en directo, las noticias mostraban el infierno que Luna estaba desatando en San Francisco.

Valeria tenía las piernas abiertas, completamente desnuda salvo por un fino collar dorado. Su miembro erguido, grueso y venoso, palpitaba con fuerza entre sus dedos mientras se masturbaba lentamente. Cada imagen que aparecía en la pantalla la hacía gemir más profundo.

Vio cómo Luna se agachaba y su colosal polla aplastaba el centro financiero. Vio la gota de semen corrosivo derritiendo a cientos de personas. Y ahora, en este preciso momento, la cámara temblorosa captaba cómo Luna mantenía la antigua escuela atrapada entre sus glúteos gigantes, torturándolos lentamente.

—Dios… mírate, mi amor —susurró Valeria con voz ronca, acelerando el movimiento de su mano sobre su miembro hinchado.

Sus pechos enormes subían y bajaban con la respiración agitada. Sus ojos brillaban de excitación y orgullo sádico mientras veía a su pareja dominar la ciudad como una diosa cruel y voluptuosa. Cada grito lejano que captaba el micrófono de los reporteros, cada crujido de edificios y cada mancha roja que se extendía por el asfalto la ponían más húmeda y más dura.

Imaginaba perfectamente lo que estaba sintiendo Luna: el calor de su propio trasero, los diminutos cuerpos retorciéndose contra su piel, los gritos ahogados vibrando entre sus nalgas gordas y pesadas.

—Sigue… —jadeó Valeria, mordiéndose el labio inferior mientras su mano subía y bajaba más rápido por su polla—. Hazles sufrir. Haz que paguen todo lo que nos hicieron.

Un grueso hilo de precum le corría por los dedos. Su miembro palpitaba con fuerza, hinchado y sensible, mientras en la pantalla Luna apretaba ligeramente sus glúteos una vez más, provocando un nuevo coro de gritos desesperados desde dentro de su trasero.

Valeria arqueó la espalda, gimiendo con placer profundo y oscuro. Su mano libre apretaba uno de sus pechos hinchados, pellizcando el pezón con fuerza mientras seguía masturbándose sin apartar la vista de la televisión.

El orgasmo se acercaba rápido. Valeria no apartaba los ojos de la pantalla, completamente hipnotizada y excitada por la masacre que su amada estaba cometiendo al otro lado del mundo.