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La Rectora (GL +18)

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Summary

Qué pasa cuando en una noche de copas te metes con la persona equivocada. Valentina tendrá que cargar con las consecuencias, de que una noche de copas se convirtió en el encuentro más peligroso de su vida, al enterarse que despertó en la cama de la Rectora de la Universidad

Status
Complete
Chapters
67
Rating
5.0 (3 reviews)
Age Rating
18+

Prólogo

Los primeros rayos de sol se filtraban por la ventana, no con la amabilidad de un nuevo día, sino como cuchillas de luz que atravesaban las pesadas cortinas de lino. Para Valentina, sentir esa luz fue una agresión, un intruso impertinente en la oscuridad confortable de su inconsciencia. Su cabeza se sentía como un yunque cada pulso era un martillazo rítmico que amenazaba con partirle el cráneo en dos.

Al rodar sobre el colchón, buscando refugio en el lado más oscuro de la cama, su cuerpo se topó con algo. Algo caliente y suave. Un calor que definitivamente no era el suyo.

Un olor distinto, embriagador, ajeno, invadió sus sentidos, cortando la resaca. No era el aroma a cerveza y pizza fría de una fiesta universitaria. Era algo más adictivo, fresas y vainilla, no la esencia sintética de los ambientadores baratos, todo ello anclado por una nota de sándalo.

Un perfume caro. El perfume de mujer.

—Mierda, la luz... —susurró, su voz sonando rasposa y ajena en la quietud de la habitación.

El esfuerzo de hablar fue suficiente para forzar a sus párpados a abrirse, parpadeó, herida por la claridad, y el mundo se enfocó con lentitud.

El calor suave y cálido no era un algo, era un alguien.

A su lado, de espaldas a ella, yacía una mujer. Su piel, un lienzo de tono apiñonado, brillaba con un resplandor saludable incluso en la penumbra, una cascada de cabello castaño, salpicado de audaces mechas cobrizas y una ocasional hebra de plata, se derramaba sobre la almohada.

Valentina contuvo el aliento. Aquello no era una chica. Era una mujer en la plenitud de su vida, durmiendo con la serenidad de quien posee el mundo y no teme que nadie se lo arrebate mientras descansa.

El pánico, le recorrió la espina dorsal.

—Mierda, mierda... ¿qué pasó?

Su mente era un mosaico roto. Las piezas del recuerdo estaban ahí, esparcidas y desordenadas, negándose a encajar solo recordaba entrar a un bar caro, un lugar llamado Aura donde los cócteles costaban más que su cena de toda la semana. Había sido arrastrada allí, por supuesto, por la única persona capaz de hacerlo. Tania, su mejor amiga.

La música había sido un jazz suave y sensual envolviéndose alrededor de los muebles y las mesas. El aire olía a dinero y a promesas.

—Vamos, Valentina, vive un poco —el zumbido excitado de Tania resonó en su memoria—. Además, mi sugar está aquí, no te preocupes por nada. Él paga.

Valentina había rodado los ojos, sintiéndose tan fuera de lugar como un libro de bolsillo en una biblioteca de volúmenes encuadernados en piel.

—Tania, ¿sabes lo que cuesta una copa aquí? —había susurrado Valentina, observando a un camarero deslizarse con una bandeja de copas de champán—. Soy una estudiante de filosofía, no la hija de Carlos Slim.

Tania rio, un sonido cristalino que hizo girar algunas cabezas, radiante en un vestido plateado que probablemente equivalía a la matrícula del semestre de Valentina.

—Vamos, Valentina, él paga todo, te lo he dicho. Relájate. No sé por qué a tus veintiún años sigues soltera y... bueno, ya sabes.

Valentina sintió la habitual punzada de irritación mezclada con vergüenza.

—Tania, sabes que nunca me he sentido atraída por nadie de esa manera. No me avergüenza ser virgen... Simplemente no ha pasado.

—¡Porque no dejas que pase! —exclamó Tania, tirando de ella hacia la pista—. Necesitas un catalizador. Una chispa. ¡Vamos a bailar!

Y bailaron. O más bien, Tania bailó y Valentina se movió torpemente, sintiendo las miradas de hombres con trajes caros y mujeres con joyas deslumbrantes, sintiéndose un fraude. Entonces, entre trago y trago de un whisky que bajaba por su garganta, la vio.

Sentada sola en un reservado, observándola con la calma de una pantera, estaba ella. Esa mujer de piel cálida, con el cabello castaño y toques cobrizos que captaban la luz como llamas contenidas. No miraba a nadie en particular, su mirada se deslizaba con un aire de aburrida superioridad, hasta que sus ojos se encontraron con los de Valentina.

Y se detuvieron.

No apartó la mirada. En lugar de eso, una leve sonrisa jugó en sus labios. No era una mirada era una tasación, una posesión preliminar. Valentina sintió un escalofrío, una mezcla de miedo y una extraña excitación que jamás había experimentado.

—Vamos, Valentina —la voz de Tania la sacó del trance—. Mira a aquella mujer, te come con la mirada. Tal vez esta sea tu noche.

—No lo sé, Tania, tal vez... —Valentina se giró hacia la barra, buscando valor líquido—. Un shot de tequila, por favor.

Justo cuando lo pedía, una sombra se cernió a su lado. El perfume a fresas y vainilla la envolvió antes de que pudiera girarse.

—¿Y te gusta el tequila? ¿De mi boca o del caballito? —dijo aquella mujer.

La voz de la mujer era grave, melódica, con un matiz ronco que vibró directamente en el centro de Valentina, se giró y la tuvo de frente, era aún más imponente de cerca. Más alta de lo que parecía, con pómulos marcados y unos ojos oscuros, casi negros, que parecían saber cada secreto que Valentina ni siquiera sabía que guardaba.

Su cerebro, ya nublado por el whisky y champán, solo pudo formular una respuesta estúpida y audaz.

—Bueno el primero de mi mano, el segundo lo tomo de donde me lo den.

Una sonrisa floreció en el rostro de la desconocida, transformando su belleza en algo peligroso. Levantó una mano con elegancia, sin siquiera mirar al barman, y su sola presencia pareció detener el tiempo.

—Una botella de tequila añejo. Y dos copas.

Entre shots que sabían a agave y caramelo, roces de manos que se prolongaban más de lo necesario y conversaciones susurradas cuyo contenido se había borrado, Valentina había perdido no solo la memoria y la batalla contra su propia timidez.

Sino también su virginidad.

El recuerdo fragmentado se desvaneció, dejando a Valentina de nuevo en la cama ajena, con el corazón martilleando contra sus costillas. Con un cuidado, como si se moviera por un campo minado, salió poco a poco de las sábanas. El frío del suelo fue un shock contra las plantas de sus pies.

Su vestido, una prenda barata, estaba tirado en el suelo como una piel desechada, a su lado, su brasier, sus manos temblorosas recogieron las prendas y se vistió con una prisa, sintiendo la tela sintética como una lija contra su piel ahora hipersensible. Faltaba algo.

—¿Dónde diablos están mis bragas? —susurró al vacío.

Buscó frenéticamente a su alrededor, debajo de la cama, junto al sillón. Nada. Desaparecidas. Una parte de ella, infantil y aterrorizada, quería llorar por esa estúpida pieza de algodón perdida.

De pronto, un sonido le heló la sangre. Un suspiro. Un movimiento bajo las sábanas. Vio cómo aquella desconocida se movía, girándose en la cama. No podía arriesgarme a que despertara y la viera allí, con resaca, patética y asustada.

De inmediato, dejó las bragas por perdidas como un recuerdo no deseado, un tributo involuntario a la noche. Caminó de puntillas hacia la salida del dormitorio, y fue entonces, en su desesperada carrera hacia la libertad, cuando realmente vio dónde estaba.

No era solo un apartamento de lujo. Era un santuario de poder y soledad.

El dormitorio se abría a una sala vasta y minimalista. Una de las paredes era un ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad al amanecer. Los edificios parecían juguetes desde esa altura. Los muebles eran imponentes, un sofá de cuero blanco, una mesa de centro de cristal y acero flotando sobre una alfombra. En las paredes no había fotografías familiares, solo grandes lienzos de arte abstracto, trazos violentos que hablaban de una mente compleja y apasionada.

En una esquina, un piano de cola negro reflejaba la luz naciente, a su lado, una estantería repleta de libros.

Su huida la llevó a través de una cocina que parecía un laboratorio de acero inoxidable y mármol negro, impecable salvo por una botella de vino tinto abierta y dos copas en la encimera, testigos mudos de la noche anterior. Todo el lugar gritaba control, disciplina y un gusto exquisito.

Pero también había frialdad, una impersonalidad que le provocó un escalofrío. Era el hogar de alguien que no necesitaba a nadie.

Llegó a la puerta principal. Giró el pomo con cuidado y salió al pasillo, pulsando el botón del ascensor mientras rezaba para que llegara rápido.

El viaje hacia abajo fue silencioso y mirarse de reojo en los espejos fue una tortura, Valentina no se atrevió a mirarse. No quería ver a la chica que le devolvería el reflejo. Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, el portero ni siquiera levantó la vista.

Ella era invisible. Una insignificancia que había profanado brevemente el olimpo.

Salió a la calle. El aire frío de la mañana fue una bofetada que la devolvió de golpe a su realidad. La ciudad despertaba con el ruido del tráfico y el olor a asfalto mojado.

Comenzó a caminar sin rumbo fijo, con el eco de una voz grave y el sabor del tequila todavía en sus labios. No solo había perdido su virginidad. Se dio cuenta de que había dejado algo más que unas bragas en esa cama.

Había dejado atrás a la Valentina que era ayer. Y no tenía ni la más remota idea de en quién se había convertido esta mañana, ni de la tormenta que acababa de desatar sobre su pequeña y ordenada vida de estudiante de filosofía.

⚠️ ADVERTENCIAS ⚠️

Esta historia está dirigida exclusivamente a mayores de 18 años.

La Rectora contiene temas que pueden resultar sensibles o incómodos para algunos lectores, entre ellos:

🔞 Romance adulto. 🖤 Romance oscuro. ❤️‍🔥 Relaciones intensas y obsesivas. 🧠 Manipulación psicológica. ⚠️ Relaciones de poder y autoridad. 💔 Celos y posesividad. 🔥 Situaciones sugerentes. 😶 Lenguaje explícito. 🖤 Personajes moralmente cuestionables.

⚠️ Situaciones que no deben romantizarse ni replicarse en la vida real.

Esta obra es ficción. Los personajes, situaciones y acontecimientos han sido creados únicamente con fines narrativos y de entretenimiento.

🚫 Si alguno de estos temas te causa incomodidad, se recomienda discreción o evitar la lectura.

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