EL MAPA DE SU ESPALDA

Summary

No es solo la historia de Daniel. Es la historia de quienes se atrevieron a amar y a romperse en el camino. Daniel aprendió desde niño a cargar con responsabilidades. También aprendió que el amor no viene en una sola forma. En esta novela conocerás tres de ellas: El primer amor, que enseña a construir. El segundo, que destruye en el proceso. El tercero, que reforma y reconstruye. Pero esto no es un romance al estilo Shakespeariano. Ni falta que hace. Aquí los protagonistas tienen miedos, imperfecciones y cicatrices. Y lo que descubrirás no es cómo ser perfectos, sino cómo mostrar sin miedo que no lo somos. Te invito a leer en tercera persona, la historia de quienes vivieron para recordarnos que está bien estar rotos, mientras sigamos dispuestos a recomponernos.

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo primero: Daniel y su despertar

Daniel deambulaba constantemente entre mundos de fantasías, creando realidades inexistentes que rivalizaban con películas de Hollywood. Tenía un temperamento que destacaba en medio de cualquier multitud. No era de los que andaban contando sus problemas a diestra y siniestra; por eso, podía pasar de una alegría desbordante a una tristeza profunda en menos de un minuto. Vivía con sus padres en una ciudad pequeña, en una casa humilde que olía a bienestar y respiraba un ambiente cálido.

A los 21 años, su vida parecía seguir un curso predecible: trabajo estable, amigos de la infancia y otros que surgían en el camino. Se desarrollaba con rapidez como profesional, aprendiendo con facilidad leyes, materias o cualquier conocimiento que necesitara. El mundo no parecía tener obstáculos para él; lo superaba todo, hasta que comenzó su aventura en el amor.

Su relación con Luna era su ancla. Ella tenía una fuerza de carácter tal que las discusiones eran constantes, pero la calma siempre llegaba cuando Daniel lograba sacarle una sonrisa. Iluminaba la habitación más oscura con un brillo natural, como el primer rayo del amanecer.

-Verla sonreír es más gratificante que pasar una hora frente al mar -le decía a Jorge.

-¿Pero a qué costo? -respondía Jorge cada vez que salía el tema.

-Sé que es difícil, pero no puedo evitar sentirme atraído hacia ella.

-Lo sé, amigo y lo admiro. Pero no entiendo cómo aguantas tanto.

Jorge era su amigo de la infancia. Se conocieron por casualidad, a través de alguien más, y con el tiempo se volvieron inseparables. Vivía con comodidades que le llegaban de familiares acomodados, y aunque la ostentación era su mayor debilidad, su gran corazón a veces lograba opacar sus defectos. Entre los dos existía una complicidad tan profunda que podían entenderse sin siquiera estar presentes.

Daniel y Luna llevaban ya un tiempo juntos. A pesar de las dificultades, en esos momentos en que la felicidad los dominaba, se les oía en susurros planeando la casa de sus sueños: dos hijos -un varón que llevaría el nombre del abuelo, en su memoria, y una niña con un nombre largo y hermoso, como los de las novelas que a Luna le gustaban-, la decoración del comedor, las cenas familiares, hasta la mascota: un pastor alemán llamado Káiser. No era una relación fácil. Pero había algo entre ellos, una especie de pacto silencioso, que les permitía reconstruir el amor tras cada caída.

La noticia más impactante llegó pocos meses después de empezar su relación. Llegó envuelta entre lágrimas, desconcierto y miedo a las consecuencias. Ella estaba en el baño, completamente desnuda. Daniel, desde el borde de la cama, contemplaba su cuerpo con admiración, imaginando aquella velada junto a esa piel cálida y recién perfumada. De pronto, ella pronunció las palabras que cambiarían el rumbo de sus vidas.

-¡Estoy embarazada! -susurró, pero su voz tembló de pánico.

Daniel levantó la cabeza. La miró, frunciendo el ceño.

-¿Qué?

-Que estoy embarazada -repitió con más fuerza.

-Eso no puede ser. No es posible.

-¿Por qué no?

-¡Pero si siempre hemos tenido precaución! ¿Cómo es posible que estés embarazada? -Alzó la voz, perdiendo el control.

-¿Crees que lo planeé? -preguntó algo decepcionada-

-No sé si lo planeaste o no. Ahora eso no importa. ¿Cómo vamos a mantener a un bebé si ni siquiera nos mantenemos nosotros?

Dos lágrimas rodaron por las mejillas de Luna. En su rostro no había tristeza ni miedo: solo un vacío que mezclaba culpa y desconcierto. El aire en el baño se tornó amargo cuando comprendió que Daniel no recibiría aquella noticia con alegría. Ambos estaban en shock, aunque ella, habiéndolo sabido antes, ya había empezado a asimilarlo.

Daniel, que nunca imaginó una noticia así en plena carrera por sus metas profesionales, se sentó al borde de la cama. Bajó la cabeza, repasando cada noche juntos, cada instante, como si buscara en su memoria dónde había fallado. Recordó aquella vez donde estaban celebrando las fiestas del pueblo y había tomado de más. Tenían una relación de tiempo y practicaban sexo sin condones, pero Daniel tomaba precauciones para que Luna no saliera embarazada, no siendo lo suficientemente precavido.

-¿Qué vamos a hacer? -preguntó Luna, aferrándose a un hilo de esperanza.

-No sé -murmuró él, sin mirarla.

-¡Necesito que me digas algo! ¡Tú silencio lo único que hace es empeorar las cosas! -insistió, con la voz quebrada.

Mientras Luna luchaba por una respuesta, Daniel permaneció inmóvil, como si el peso de la noticia lo hubiera convertido en piedra. Ella comenzó a llorar en silencio. No necesitaba escuchar sus palabras para saber que quizás tendría que enfrentar aquella batalla sin su apoyo.

Tras varios minutos de quietud, Daniel alzó la mirada.

-Ya veremos qué hacemos. Ahora... ahora es mejor no hablar del tema.

-Pero necesito saber qué vas a hacer.

-¿Qué quieres que te diga?

-No sé... algo.

-¡No lo sé! ¿Te parece suficiente? Yo... yo no esperaba esto. ¡No soy perfecto! -gritó Daniel, apretando los puños, como si el grito pudiera volver el tiempo atrás.

Un silencio denso se instaló entre ellos. Luna no pudo terminar su baño, las lágrimas la ahogaron antes de que el agua lo hiciera. Daniel comprendió que en ese momento no había respuestas, solo gestos. Se levantó, caminó hacia ella y envolvió con sus brazos su cuerpo desnudo, ya frío. Le acarició el pelo mojado, secó sus lágrimas con el pulgar y susurró:

-Lo resolveremos. Dame tiempo. No esperaba esto. Termina de bañarte y hablamos.

Luna dejó escapar un sollozo, pero asintió. Daniel le rozó los labios con un beso breve y se alejó. Salió al portal y se sentó en el muro, observando a la gente pasar mientras trataba de encontrar calma en el ritmo indiferente de la calle. Minutos después, Luna se acercó y lo abrazó por la espalda. Sus ojos, hinchados y enrojecidos, se clavaron en los de él.

-¿Cuánto tiempo llevas así? -preguntó Daniel, intentando sonar tranquilo.

-Horas. Porque sé que no es el momento para ninguno de los dos.

-Lo sé. Me dejé llevar allá adentro. Perdón.

-No importa. Sé que me quieres, a tu manera. ¿Qué hacemos?

-Ni idea. Pero lo averiguaremos juntos, como siempre.

-¿Nos vamos a tu casa?

-Sí. Hablaremos en el camino.

Esa noche, algo se quebró entre ellos. Pero en las grietas brotó algo nuevo: la responsabilidad de construir una familia, aunque no fuera como la había imaginado. Ya no importaba si el amor entre Daniel y Luna era suficiente; lo urgente era proteger a la vida que crecía en su vientre.

A la mañana siguiente, Daniel dejó a Luna frente a su trabajo sin cruzar más que dos frases. Al llegar a su trabajo, el silencio lo recibió como un puñetazo. Donde antes había risas y bromas juguetonas -Leonardo imitando a los jefes, él contando historias absurdas cotidianas-, ahora solo existía el murmullo tenso de teclados y miradas esquivas.

Leonardo, su compañero de siempre, fue el primero en notarlo. Se acercó mientras Daniel ordenaba papeles distraído y con manos torpes dejando caer los documentos en varias ocasiones.

-¿Anoche pasó algo? -preguntó, apoyando una mano en su hombro-. Parece que trajiste una tormenta contigo.

-Nada grave -murmuró Daniel, sin mirarlo.

-¿Problemas con Luna?

-Estamos bien. Solo algo cansado.

-Vale. -Leonardo retiró la mano, pero no la preocupación de su rostro-. Cuando quieras hablar, estoy aquí. Ahora, necesito que te centres. Hay que terminar el informe de la zona de alto riesgo. El jefe ya está presionando.

-Enseguida lo hago -respondió, aferrándose al trabajo como un náufrago a una balsa.

Las horas pasaron entre números y mapas, pero cada vez que Leonardo intentaba preguntar por su ánimo, Daniel desviaba la conversación con excusas. Al terminar la jornada, no dudó, fue directo a la casa de Jorge. Necesitaba un consejo que solo un amigo de toda la vida y que haya vivido su propio infierno podía darle.

-¡Jorge, tengo un grave problema! -exclamó Daniel, dejándose caer en el sofá de su amigo.

-¿Ahora qué te pasa? -preguntó Jorge sin cambiar la vista de su serie favorita, como si ya hubiera visto mil crisis de Daniel.

-Nada. Solo que mi carrera terminó.

-¿Tendrá algo que ver con un bebé en camino?

-¿¡Qué!? -Daniel se incorporó de golpe-. ¿Cómo lo sabes? ¿Luna te lo contó? ¡Esa mujer me va a matar!

-Tranquilo, amigo. Me llamó esta mañana, llorando. Dice que te pusiste ... ¿Cuál fue su palabra textual? -pensó Jorge un segundo, disimulando su sarcasmo- ¡Ah!, intenso.

-¿Y cómo quieres que me ponga? -respondió Daniel algo exaltado- ¡Si ni siquiera hablamos esto!

-Tampoco ella lo planeó y menos a tus espaldas -respondió Jorge, apagando el televisor-Fue cosa de los dos. Ahora toca asumir.

-Lo intento. Pero no es fácil. ¿O ya olvidaste cómo reaccionaste cuando Naira quedó embarazada?

-No lo olvidé -murmuró Jorge, frunciendo el ceño mientras una sonrisa burlona asomaba en sus labios.

-¡Yo tampoco! -interrumpió Naira desde la cocina, secándose las manos en un paño-. Por poco lo internan en un psiquiátrico. Juraba que él no podía embarazar a nadie.

-¡Basta! -Jorge alzó las manos-. Hoy soy yo quien da consejos, no quien los recibe.

-Vale, señor sabio -dijo Daniel, cruzando los brazos-. ¿Qué hago?

-Nada complicado: seguir adelante. -Jorge se pasó la mano por los pocos cabellos que le quedaban, un gesto que siempre hacía bajo estrés-. Meses atrás, yo temblaba cada vez que Naira vomitaba. Pero aquí estoy.

-Tranquilo, no voy a llorar como algunos -respondió Daniel, imitando el tono exagerado de su amigo-. Solo que... nadie me advirtió que sería así.

Dos semanas después, la vida se transformó en una carrera contra el tiempo. El dinero entraba y salía como agua entre los dedos: pañales, ropa, la cuna de segunda mano que Daniel barnizó con sus propias manos. Ni siquiera sabían el sexo del bebé, pero compraron todo azul y rosa, por si acaso.

Por insistencia de los padres de Daniel, decidieron vivir juntos en la casa familiar, para tener mayor espacio. Ella, antes independiente y altiva, ahora se aferraba a Daniel como si el embarazo le hubiera arrancado el equilibrio. Las hormonas la convertían en una extraña: un minuto reía por un comentario tonto, al siguiente lloraba porque él no le había preguntado cómo le había ido en el médico o como había pasado el día.

Daniel, sin embargo, había adoptado su rol de padre con una serenidad sorprendente. Hablaba del bebé con cualquiera -en el trabajo, en el supermercado-, menos con Luna. Ella, entre náuseas y sospechas, comenzó a murmurar a sus espaldas: “Dice que no le importa, que anda con otra... Si ni siquiera me ayuda a elegir el nombre”. Sus amigas le recordaban que él pintaba la habitación del bebé hasta altas horas, pero Luna solo veía las veces que Daniel llegaba tarde.

Solo cuando él cruzaba la puerta principal, con una bolsa de frutas o un libro de cuentos para leer al bebé, el mundo de Luna volvía a tener sentido.

-¡Al fin llegaste! -exclamó Luna, corriendo a abrazarlo-. Te extrañé mucho.

-Ya estoy en casa -murmuró él, acariciándole el pelo con suavidad.

Una semana después, en una noche como cualquier otra, el aire olía a tormenta. Luna había recibido esa tarde a su madre, Susan: una mujer de sonrisa afilada y consejos cargados de cicatrices propias. Ahora, con las manos temblorosas sobre la mesa del comedor, evitaba mirar a Daniel.

-Mi mamá estuvo aquí -dijo, casi en un susurro.

-¿Y qué quería ahora? -respondió él, con un tono que delataba que ya presentía los problemas.

-Me preguntó cuándo nos íbamos a casar.

Luna bajó la cabeza, fingiendo vergüenza, pero sus dedos apretaban el borde de la mesa con firmeza. Daniel soltó una risa seca -como siempre hacía cuando preparaba el terreno para algo difícil- y alzó la mirada hacia ella.

-Yo no me voy a casar -dijo, sin titubear.

-¿Cómo? -Luna retrocedió un paso, como si la hubieran abofeteado-. ¿Acaso no me amas lo suficiente?

-No es por ti. Es por mí. -Se pasó las manos por el pelo, buscando las palabras-. No entiendo por qué un hijo nos obligaría a hacer un circo: iglesias, trajes, promesas que nadie cumple...

-¿¡Circo!? -Interrumpió ella, con los ojos brillantes-. ¡Somos responsables de una vida! ¿Crees que esto es un juego?

-¡Claro que no! Pero tú no me obligaste a nada -replicó Daniel, conteniendo la voz-. Y yo tampoco te obligo a que me perdones por pensar distinto.

El silencio se espesó. Luna apretó los puños, y cuando habló, su voz era un filo:

-¿Sabes qué? Bastante disfrutaste de acostarte conmigo para ahora negarte a darle un hogar a tu hijo o hija.

Daniel sintió el golpe. Sabía que un paso en falso los hundiría. Respiró profundo, tratando de no alzar la voz:

-No voy a casarme porque tu madre venga a imponernos su guion. Si quieres hablar de esto, hablemos... pero no me amenaces con sus fantasmas.

Luna lo miró fijamente. Sus cejas se fruncieron como puñales, las mejillas se tensaron y los labios se apretaron hasta desaparecer.

-Está bien -dijo, forzando la calma-. Dejemos el tema. No quiero dormir molesta... y tú sabes que no debo estresarme -añadió, acariciando su vientre con un gesto calculado- A veces parece que te olvidas de que llevo a tu hijo aquí adentro.

Daniel tragó saliva. Sabía que cualquier palabra podría incendiar la noche. Se rascó la nuca, esa vieja costumbre que lo traicionaba cuando mentía, y esbozó una sonrisa cansada.

-No se me olvida. Tú te encargas de recordármelo cada día.

-Entonces... ¿qué le digo a mi madre?

-Le dices que no me casaré por una orden suya -respondió, con una voz que sonaba a puerta cerrada-. Fin de la conversación.