Prólogo
—¡Laura, ábreme la puerta!
Me sobresalté. El sonido de los nudillos de Sergio golpeando la madera con violencia retumbaba en las paredes de mi salón, rompiendo el poco silencio que me quedaba. No era la primera vez que venía a suplicar, ni sería la última si yo no ponía un punto final drástico.
—Ya no quiero estar contigo, Sergio. Te lo he dicho mil veces... ¡vete, por favor! —mi voz sonó quebrada, agotada por la enésima repetición de la misma frase.
—No puedo vivir sin ti, y tú tampoco sin mí. ¡Lo nuestro es para siempre! —gritó entre sollozos.
Escucharlo me producía una mezcla de lástima y repugnancia. Estaba harta de sus chantajes emocionales, de su incapacidad para aceptar que el hilo que nos unía se había podrido hacía años.
—¡Vete de mi casa de una puñetera vez o llamaré a la policía! —amenacé, apretando el teléfono contra mi pecho con las manos temblorosas. No era un farol; estaba al límite.
Hubo un silencio tenso al otro lado. Luego, sus pasos alejándose por el rellano y una última advertencia que me heló la sangre por su tono de locura:
—Me voy, pero un día te arrepentirás de esto y vendrás a buscarme. Lo sé.
Me dejé caer en el sofá, cubriéndome la cara con las manos. Había desperdiciado casi diez años de mi vida al lado de un hombre del que jamás estuve enamorada. Diez años de complacencia, de ceder ante una presión invisible. Mi madre no paraba de llamarme para decirme que Sergio era “un buen chico”, mis amigos repetían que no encontraría a nadie mejor... Todos se creían con el derecho de decidir qué hacer con mi corazón.
¿Por qué nadie entendía que simplemente no lo amaba?
Me miré en el espejo del pasillo y apenas me reconocí. Tenía treinta y tres años y me sentía como una extraña habitando mi propio cuerpo. Necesitaba huir. No unas vacaciones, sino una fuga de la realidad gris que era mi vida. De pronto, un recuerdo fugaz de la universidad en Santander cruzó mi mente; la única época en la que sentí que era dueña de mis pasos.
Hice la maleta en un tiempo récord. Cogí solo lo imprescindible, las llaves y mi pasaporte. Ya en la calle, camino a la estación de autobuses, el tono de mi madre empezó a sonar. Suspiré.
—Hola, mamá —dije con desgana.
—¿A ti te parece normal lo que estás haciendo? Sergio me ha llamado destrozado. Estás tirando tu futuro por la borda.
—Mira, mamá... ya está bien —corté, sorprendiéndome por mi firmeza—. Me voy de la ciudad. No quiero que me vuelvas a llamar. Necesito ser yo. Ya te llamaré cuando esté preparada.
—¡Pero, Laura... no puedes ser tan egoísta! —alcanzó a decir antes de que yo colgara.
Apagué el móvil antes de subir al autobús hacia Santander. Me acomodé junto a la ventanilla con varios libros sobre el regazo, pero mis ojos no podían enfocar las letras. ¿Cómo había permitido que mi vida tomara un camino tan equivocado? Durante el trayecto, mirar al pasado era como asomarse a un abismo. Había sido una marioneta de mi madre desde que nací, mi propia voz se había acallado durante décadas. Era el momento de recuperar el timón.
Dos horas y media después, el autobús se detuvo en un área de servicio. El olor a gasoil y café quemado impregnaba el ambiente. Bajé para estirar las piernas y pedir algo de comer; con las prisas, ni siquiera había desayunado. Me sentí, por primera vez, un fantasma anónimo, libre de juicios.
Antes de retomar la marcha, decidí pasar por el aseo. El baño estaba al fondo de un pasillo mal iluminado. Entré en uno de los cubículos y, al intentar salir, la puerta se atascó. Era una hoja de madera vieja, pesada, que abría hacia dentro. Tiré del pomo con frustración. Nada. Al tercer intento, puse todas mis fuerzas en un tirón desesperado.
La puerta cedió de golpe hacia mí, rebotando con una violencia inesperada que no pude esquivar. El impacto del canto de madera me dio de lleno en la cara.
El mundo dio una vuelta de campana. Sentí cómo mi cuerpo salía despedido hacia atrás por el golpe, perdiendo el equilibrio. Mi nuca golpeó el borde de cerámica de la taza del váter con un sonido seco, sordo.
Un dolor punzante, como una descarga eléctrica, recorrió mi columna y estalló en mi cráneo. Intenté abrir los ojos, aferrarme a la luz de los fluorescentes, pero el suelo empezó a sentirse como agua. La realidad se desvaneció, arrastrando mis recuerdos, mis miedos y mis planes hacia un vacío absoluto.
Y por primera vez en mucho tiempo… mi mente quedó en silencio.