Annia

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Summary

Hoy, Día de la Madre, publico este relato. “Annia” no es solo una historia sobre una transición de género. Es una historia sobre lo que significa ser madre cuando el mundo da miedo, cuando el futuro es incierto y cuando amar implica aprender, adaptarse y volver a mirar a tu hijo… o a tu hija, con otros ojos. Habla del apoyo incondicional, de la culpa, del miedo a no saber si estás haciendo lo correcto… y, aun así, estar. Siempre estar. De esas conversaciones que cambian una vida. De las decisiones que duelen, pero liberan. Y del amor que no entiende de etiquetas, solo de verdad. Pero también forma parte de algo más grande. Este relato pertenece a Diario de una disidente, mi primer libro, que estará disponible el próximo 22 de mayo. Un libro compuesto por historias como esta: algunas autobiográficas, otras no; algunas escritas hace años, otras nacidas ahora. Un conjunto imperfecto, a veces incómodo, a veces caótico. Pero necesario. Porque hay realidades que no siempre se cuentan. Porque hay historias que incomodan. Y precisamente por eso… necesitan ser leídas. Ojalá este relato abrace a quien lo necesite hoy. 🖤

Genre
Lgbtq
Author
Annia
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Annia


Nunca olvidaré aquel día en la plaza de Tirso de Molina. El bullicio de Madrid me resultaba más pesado de lo habitual. Yo estaba llena de dudas: pensaba demasiado en si debía irme o quedarme. A mi edad una ya empieza a pensar en el futuro como quien dobla con cuidado la ropa para guardarla en el armario. Quería irme a un sitio más pequeño, más barato, más tranquilo. Pero estaba él. Siempre estaba él en mis pensamientos.

Porque, aunque parecía que por fin estaba mejor —comiendo mejor, yendo a terapia, trabajando— yo sabía, como solo una madre puede saberlo, que la herida seguía ahí. Que una depresión no se va como quien se sacude el polvo del abrigo. Y yo tenía miedo de dejarlo solo.

Por eso fui a aquella cafetería. Era nuestra cafetería. Donde hablábamos de todo y de nada. Pero últimamente hablábamos menos de lo que yo querría. Vivíamos a diez minutos uno del otro, pero nos veíamos menos. Él estaba volcado en su trabajo, en su terapia, intentando hacer las cosas por sí solo. Y yo, aunque lo entendía, sentía esa punzada de culpa y distancia.

Cuando llegó, me fijé en sus ojeras, en su abrigo mal doblado sobre la silla. Sonreí, intentando que pareciera todo normal.

—Bueno, Antuan, dime: ¿cómo estás? Pero cómo estás de verdad, no el “bien” de siempre.

—Bien, mamá. De verdad. Estoy trabajando mucho, ya sabes. Y voy a terapia.

—¿Y la medicación? ¿Comes?

—Sí, sí. Tranquila.

—Sabes que puedes contarme lo que sea ¿verdad? —le dije. Y no pude evitar añadir—. ¿Y yo? ¿No me vas a preguntar cómo estoy yo?

Sonrió, un poco incómodo.

—¿Y tú? ¿Cómo estás?

Suspiré.

—Pues… como siempre. Un poco cansada. Ya sabes que estoy pensando en irme. Cambiar de ciudad. Vivir más tranquila.

Él frunció el ceño, pero luego me mira con seriedad.

—Mamá… —dijo en voz más baja, con un temblor que intentaba contener— si te tienes que ir, vete.

—No digas eso… —intenté protestar.

Pero él negó con la cabeza, con los ojos húmedos.

—De verdad, mamá. Tienes derecho a empezar tu vida ya. Te lo mereces. Has estado aquí por mí todo este tiempo. Ya bastante te he hecho pasar.

Me tembló la barbilla.

—Antuan…

—No quiero que sigas atada por mi culpa. Si te hace feliz, hazlo. Yo te voy a apoyar en todo.

Lo tomé de la mano sobre la mesa. Él no me apartó la suya.

—Eres lo más importante para mí —susurré.

Él me apretó los dedos con cuidado.

Hubo un silencio, pero no incómodo. Era como si por fin nos escucháramos de verdad.

Fue entonces cuando bajó la voz, como si de pronto recordara por qué estábamos allí.

—Yo también siempre estaré a tu lado mamá. Eres lo más importante para mí. Nunca podré agradecerte todo lo que has hecho por mí durante estos años y sobre todo estos meses tan duros. Pero creo Mamá, que tras la pandemia y todo lo que hemos vivido, es el momento de que por fin empecemos a vivir después de tanta lucha. Y por eso he quedado contigo hoy, porque necesito hablar contigo.

Se me encogió el corazón. Hay frases que dan miedo. “Necesito hablar contigo” es una de ellas. Me preparé para lo peor. Intenté sonreír.

—Claro, dime, Antuan.

Vi el miedo en su mirada. Sus manos temblaban ligeramente. Y entonces me lo dijo, con la voz rota y los ojos cargados de algo muy profundo:

—Quiero empezar mi transición de género.

El mundo se detuvo. Fue como si en la terraza, de pronto, todo el ruido desapareciera. Lo miré. Quise responder algo enseguida, pero no pude. Tenía mil cosas en la cabeza.

Por supuesto que lo sabía. Siempre lo había sabido. No era una sorpresa del todo. Pero oírlo de su boca, con esa determinación, era distinto.

Sentí dos cosas a la vez. Una alegría inmensa —porque por fin era capaz de decirlo, de nombrarlo— y un miedo atroz. Miedo de madre. Miedo de saber el mundo en el que vivimos. Miedo de pensar en todo lo que ya había sufrido. Miedo de verlo romperse otra vez.

—¿Estás seguro? —le pregunté al fin. No porque dudara de su identidad, sino porque me aterraba pensar que no pudiera con otro golpe.

Fue entonces cuando algo cambió. Me miró fijo y me contestó con una convicción que me dejó sin aliento:

—Nunca he estado tan segura de nada en mi vida mamá.

Empezó a hablar de sí misma en femenino. Lo dijo de forma natural, como quien deja caer una verdad demasiado tiempo escondida. Yo me di cuenta. Me tembló la voz, pero decidí acompañarla. Empecé a hablarle en femenino también. Fue más fácil de lo que pensé.

—No quiero morirme siendo quien no soy mamá —me dijo.

Esas palabras me atravesaron el pecho. Porque yo sabía. Sabía lo cerca que había estado de morir. Lo había visto. Lo había vivido. Me vino a la mente aquella noche de junio de 2018, la peor de nuestras vidas...

—Te apoyaré en todo —le dije, llorando. No podía dejar de llorar. Sentí orgullo. Sentí un amor tan grande que dolía.

Entonces me miró con esos ojos suyos que siempre parecían pedirme algo sin atreverse.

—Pero para empezar este camino, te necesito. Quiero que tú elijas mi nombre.

Me quedé sin aire. La miré con incredulidad.

—Pero… ¿por qué yo?

—Pues porque eres la persona más importante de mi vida. Porque tú me has salvado. Porque tú me has enseñado a ser libre.

Me eché a llorar. No pude evitarlo. Sentí un honor inmenso, como si me estuviera regalando algo sagrado. Cerré los ojos y pensé. No podía elegir cualquier nombre. Tenía que ser suyo. Tenía que ser nuestro.

Quise que no olvidara nunca de dónde venía, que llevara la A de Antonio para honrar todo lo que había sido y todo lo que había superado. Y pensé en mi padre. En sus raíces catalanas, en aquellos nombres con dos enes tan suyos.

Quise rendirle homenaje también a él.

—Quiero que te llames Annia —le dije al fin.

Vi su sonrisa. Una sonrisa que era alivio y renacimiento. La abracé fuerte. La llamé Annia por primera vez y sentí que me nacía otra hija en los brazos.

Claro que tenía miedo. El miedo no se va. Sé que el mundo puede ser cruel, sobre todo con las personas trans. Y sé que ella es frágil. Pero también sé que es valiente. Que es fuerte.

Que no se rendirá nunca.

Y pienso ahora que aquel intento de suicidio no fue solo una tragedia, sino el fin de algo. Antonio murió aquel día. Y yo me quedé para verla renacer.

Ahora era la madre de Annia.

Y no podría estar más orgullosa de ser su madre y de ver en la mujer que se había convertido.