Introducción
Dos hombres de 55 años se encontraron en el reservado de un restaurante. Venían acompañados de los secretarios. Uno de ellos estaba ya en el reservado esperando cuando el otro hombre apareció. Se saludaron con cordialidad y el primero de ellos le preguntó al otro.
—¿Y tu mujer? ¿No viene contigo?
—¿Venir aquí? No pinta nada aquí. Está cumpliendo con su deber de ocuparse de la casa.
—¿En serio? —le preguntó el primer hombre con mirada de incredulidad.
—¡Por supuesto que no! JAJAJA. Me ha dicho que no pensaba venir porque cree que vamos a hacer el ridículo más absoluto y no piensa participar de esta payasada nuestra. Y que más nos valiera meternos en nuestros propios asuntos. ¿Y tu mujer?
—Pues me ha dicho más o menos lo mismo. Que estamos locos y que somos unos tontos por creer que algo así pueda funcionar ¿Crees que nos estamos equivocando?
—No, para nada. Son unas exageradas. Estos hijos nuestros necesitan que alguien los espabile y desgraciadamente nos toca a nosotros ese papel. Pero vamos a cenar primero, que tengo hambre, y luego ya hablaremos de todo esto. Señores, por favor, vayan ustedes también a cenar. Cuando los necesitemos ya los llamaremos —dijo esto último el segundo hombre mirando a los dos secretarios que se habían quedado de pie. El primer hombre asintió ante estas palabras, con lo que los dos secretarios, se despidieron con un movimiento de cabeza y se fueron al salón principal a disfrutar de su cena.
Los dos hombres, padres preocupados comieron, bebieron y rieron durante toda la velada, recordando anécdotas pasadas que habían vivido juntos y por separado.
No se habían visto en bastantes años, a pesar de saber uno del otro por las noticias y amigos comunes. Habían sido amigos en su época universitaria, pero la vida, los negocios y las familias los habían llevado en diferentes direcciones.
No fue hasta hace un par de semanas que se volvieron a encontrar en un evento gracias a un conocido común. Tras la sorpresa y los saludos iniciales, abrazo incluido, empezaron a hablar y ponerse al día respecto de cómo les había ido la vida en los últimos años. Ambos sabían del otro que tenían hijos, dos cada uno, ¡qué casualidad! Pero lo que ninguno de ellos sabía era que todos ellos estaban solteros, y para desgracia del futuro lejano de los negocios familiares todos eran gays. «Pero existe la adopción», consolaba el primero al segundo. «Cierto, pero ninguno parece tener la más mínima intención de conocer a nadie para casarse o formalizar ningún tipo de relación, lo cual es bastante desesperante». «¿Se excusan en el trabajo? ¿Que tienen mucho y no tienen tiempo libre para socializar? Porque esta es la excusa que me dan los míos». «Pues sí, lo mismo me dicen, se parecen bastante estos hijos nuestros… ¿Y qué edades has dicho que tienen?...»
De repente se les ocurrió la que podía ser la mejor idea, la idea más brillante para solucionar todas las preocupaciones que tenían los dos hombres.
—¿Cómo ves estos emparejamientos? Yo creo que por personalidad y forma de ser, son los más adecuados.
—¿Y si no lo son?
—No es nuestro problema. Que demuestren que saben solucionar problemas.
—Y en cuanto a… o sea, el tema de… Ya sabes… Las relaciones entre chicos…
—¡Oh eso! Pues no tengo ni idea, pero no creo que sea relevante, ¿no? ¿O sí? Bueno, da igual. Lo que queremos es que nos demuestren que son responsables, que se toman en serio el futuro de sus familias, que son capaces de hacer los sacrificios necesarios, y también son capaces de tener la valentía para enfrentar todas las situaciones adversas. Si demuestran que pueden salir de este embrollo sin dejar de lado el bienestar y el futuro económico de la familia, me da igual todo lo demás.
—Cierto. Han de demostrar que saben gestionar, solucionar y sacar provecho de todo aquello que en un principio puede no gustarles. Serán los responsables de nuestros negocios más pronto que tarde.
—Aunque si estuvieran aquí nuestras esposas dirían que lo más importante es el amor.
—Es importante, no lo niego, pero decir que es lo más…, pero bueno, también será cosa de ellos solucionar ese aspecto. Entonces, ¿lo tenemos claro?
—Totalmente. Llamemos a los secretarios. Tenemos mucho que planificar. Y un último brindis.
—¡Por nuestro éxito!
—Por nuestro éxito!
Aquella noche hubo cuatro hombres que sintieron un escalofrío por la espalda, a pesar de no ser una noche fría.