HUMANTY

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Summary

Por: Julio César Navarro Gómez ​"Nadie te perdonará la vida, ni la luz, ni el agua... pero quizás, al final del abismo, puedas perdonarte a ti mismo." ​Nacemos empujados hacia un abismo que no pedimos, aterrados de soltarnos del marco de la puerta. A partir de ahí, la vida es una caída libre. Nos exigen estar enteros mientras dejamos nuestras migajas en el suelo; nos obligan a madurar con químicos mientras nos castigan por perder la inocencia; nos dicen que el universo es un plan perfecto, hasta que una lluvia de flechas de fuego nos demuestra que todo es un absurdo accidente. ​Humanity no es un libro de cuentos con finales felices. Es un viaje de disección psicológica y filosófica. A través de estos espejos negros, conocerás a un hombre de jengibre asfixiado por los pedazos de los demás, a un oráculo frustrado porque la muerte lo ignora, a un "Súper Cop" doblegado por el sistema, y a un hombre que descubre que la única forma de sobrevivir al colapso de su propia cueva es aprender a gatear. ​Esta es una obra sobre la condena del pulso, la hipocresía del dogma y el doloroso peaje de la esperanza. Un festín sangriento donde los restos de la cocina se cobran la factura de nuestra energía, y donde el 1% de la fe es lo único que nos mantiene colgados sobre el vacío. ​No busques aquí consuelo barato. Entra bajo tu propio riesgo. Descubre si tienes la madera para resistir el impacto o

Status
Complete
Chapters
23
Rating
n/a
Age Rating
18+

El abismo que me tragó

Era un hermoso atardecer, el cielo se encontraba despejado. Ahí estaba yo, de pie, con expresión de orgullo y paz, erguido y feliz sobre un paisaje de piedra muerta y árida. Estaba al borde del acantilado, respirando un aire cálido veraniego y admirando la belleza e inmensidad del mundo. Me sentía libre y feliz, no importaba que frente a mí estuviera el vacío: una garganta negra que parecía latir, devolviéndome la mirada. Estaba hipnotizado por aquel hermoso atardecer, en silencio, hasta que sentí el frío fantasmagórico.

Fueron dos manos. Heladas, rígidas, casi cadavéricas, presionando mi espalda baja. No hubo pasos, no hubo respiración. Solo el impacto seco que me arrebató el suelo de debajo de los pies.

—¡¿Por qué?! —grité, pero mi voz fue devorada por el viento.

Nadie respondió. La figura simplemente se desvaneció en el borde mientras yo me precipitaba hacia la oscuridad.

El aire se volvió una lija contra mi piel. Entré en pánico. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el cráneo. Empecé a manotear, a lanzar golpes ciegos contra el aire, intentando agarrarme de una nada que me caía encima. Mis articulaciones crujían por la fuerza de mis propios movimientos erráticos. Mis ojos no encontraban el horizonte; todo daba vueltas.

Me pregunté por qué me habrían empujado... ¿Acaso he hecho algo malo? ¿Qué pudo haber de malo en estar de pie, sintiendo la brisa y observando el atardecer en paz? Repasé cada decisión y camino tomado, pero todo lo hecho me llevó a la paz y la luz; no hubo daño ni perjuicio, o razón para que alguien me hubiera empujado.

Sin embargo, aquí estoy, cayendo en caída libre de manera indefinida.

De la bruma surgieron formas. No eran simples aves de colores y plumas hermosas; eran como gorriones que emanaban sonidos bellos y esperanzadores. Se abalanzaron sobre mí intentando sujetarme. Pero el terror me gobernaba, mis brazos volaban como aspas. Sentí cómo mis nudillos se partían contra sus cráneos. La sangre, roja y espesa, me salpicó la cara. Las criaturas chillaron con un sonido que me perforó los tímpanos y se alejaron, dejándome arañazos profundos en los brazos.

No me pude percatar en qué momento se alejaron de mí. Seguía girando de forma desorbitada, gritaba, y mi mente no me dejaba pensar con claridad... No sé por cuánto tiempo he estado cayendo, ¿será acaso que han pasado tres minutos, dos horas, un día? No lo sé. Lo que sí sé es que es una caída de la cual no veo el final...

No me dieron tregua. Una horda de murciélagos, con piel coriácea, se cruzó en mi caída. No sé si querían atraparme o devorarme, pero mi cuerpo reaccionó solo. Repartí patadas y puñetazos, desgarrando alas y rompiendo dientes. Huyeron en la oscuridad, gruñendo de furia.

Para este punto... me intenté abrazar e intenté callar mis gritos. Pensaba que tal vez, si atrapaba mis brazos y callaba mi voz, encontraría tranquilidad...

Entonces, el cielo pareció rasgarse. Una luz cegadora y estéril bajó en picada. Mis ojos, cegados por aquella luz, lentamente recobraron la vista. Era un ángel luminoso, o algo que se hacía llamar así. Un ser de alas de plumas blancas y de ojos penetrantes que me miraban sin compasión. Extendió una mano perfecta y gélida hacia mí. Yo, aún cegado por la luz, sordo por el viento, estaba consumido por el instinto animal de supervivencia. Cuando me tocó, sentí que me quemaba vivo. Lancé un puñetazo, golpeando una de sus alas perfectas con un sonido a cristal roto.

El ser celestial se detuvo en seco. Sus ojos se clavaron en mí con una severidad absoluta.

—Te ofrezco la salvación y respondes con la barbarie humana —su voz no era sonido, era una presión dentro de mi cabeza—. Dios no gasta su misericordia en animales que muerden la mano que los levanta. Cae. No habrá redención para ti.

Me abandonó. Y el viento volvió a ser mi único compañero.

Más abajo, la temperatura subió de golpe. El aire olía a azufre y carne quemada. Las paredes del abismo se abrieron como heridas infectadas y de ellas brotaron demonios. Seres de piel desollada, envueltos en alambres de púas y metal oxidado. Me rodearon, riendo con voces rasposas, extendiendo ganchos y garras para arrastrarme a su tormento.

Mi pánico era puro, ciego y violento. Giré sobre mí mismo, soltando codazos y golpes que impactaron contra carne putrefacta y hierro. Les rompí los dedos, les aplasté los rostros sanguinolentos.

Uno de ellos, con la mandíbula colgando por un hilo de músculo, me miró con odio puro.

—Maldita sabandija —escupió ácido al hablar—. Si te crees tan fuerte para rechazarnos, entonces tu infierno no será el fuego. Será esto. Seguirás cayendo hacia la nada. Este es tu castigo maldito.

Desaparecieron entre las grietas, dejándome completamente solo en la inmensidad de la caída.

Y entonces, en medio de la velocidad desgarradora, mientras mis oídos sangraban por la presión, me quebré. Las lágrimas salieron de mis ojos, cortando mi rostro sucio antes de volar hacia arriba.

Me abracé a mí mismo, encogiendo las piernas, mirando la oscuridad infinita.

—¿Pero qué he hecho yo? —sollocé, con la voz ahogada en la garganta—. No quería lastimarlos... no quería golpear a nadie. Yo no elegí saltar. Me empujaron. ¡Me empujaron!

Me juzgaron. El ángel me juzgó por hereje, los demonios me juzgaron por rebelde. Las aves y los murciélagos huyeron sin preguntar ni comprender; ellos podían volar, ellos tenían estabilidad... Pero ninguno, ni uno solo, cayó a mi lado para preguntarme por qué agitaba los brazos. Nadie entendió que yo solo estaba aterrorizado.

Yo no soy el villano, pensé, sintiendo una claridad dolorosa en mi mente. La gravedad es una fuerza de la naturaleza. El pánico es una fuerza de la naturaleza. Solo soy un cuerpo reaccionando al abismo. ¿Por qué tengo que pagar por los golpes que di mientras intentaba no morir? Soy una víctima de quien me empujó.

Cerré los ojos con fuerza. Me dolió en el pecho, más que los rasguños, más que los huesos rotos de mis manos. Me dolió no entender por qué lo hizo. Si esa persona asomara la cabeza por el borde y me gritara "lo siento", tal vez, solo tal vez, podría dejar de tener tanto miedo.

Pero no hubo disculpas. Solo el sonido del viento cortante.

Hasta que el suelo de piedra negra se estrelló contra mí.

Y de la nada, un epitafio emergió...

A veces las circunstancias solo son fuerzas de la naturaleza... ¿Acaso un tifón es culpa tuya? ¿El terremoto tú lo causas? Si un día despiertas en un lugar que se ve pacífico, pero resulta ser el ojo del huracán, ¿habrás sido tú quien se puso ahí? ¿Tú controlas el huracán? ¿Tú controlas las tormentas, las inundaciones, los incendios, las muertes, la naturaleza de la vida...? No. Tú no controlas nada... A veces solo eres una víctima más de esta fuerza ingobernable, y esto no es culpa tuya... Perdónate por castigarte tanto...