Linea 7

Summary

Cada noche, en el último vagón de la línea 7, Bada siente la presencia del mismo chico de cabello menta oculto bajo una capucha. Nunca sabe cuándo aparecerá detrás de ella… solo reconoce el aroma dulce que anuncia su llegada y la tensión que le deja temblando las piernas. Lo que comienza como miradas robadas y roces “accidentales” en el metro, pronto se transforma en un juego peligroso de deseo, secretos y obsesión silenciosa entre dos desconocidos que parecen existir únicamente cuando las puertas del vagón se cierran. Pero mientras más se acerca a Yoongi, más descubre que él disfruta empujarla al límite… justo frente a los ojos de todos, sin que nadie note nada.

Status
Complete
Chapters
5
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

1


El último vagón del metro de la línea 7 iba silencioso. Era tarde y todos volvían de sus trabajos a casa, con los oídos cubiertos por audífonos, miradas fijas en sus teléfonos, algunos leyendo, pero, en sí, todos evadiendo sus propias realidades.

Bada volvía de clases del instituto. Se quedaba a reforzamiento de matemáticas. Debía destacar ya que, en unos meses más, tendría el gran examen de admisión universitaria y no deseaba fracasar.

Llevaba sus fonos puestos, música clásica para relajarse. Se afirmaba contra uno de los pasamanos mirando hacia la vía contraria, hacia lo oscuro del túnel, hasta que notó una presencia tras ella.

Lo había visto antes en el vagón. Siempre se sentaba al fondo y jugueteaba con los anillos de sus dedos. Usaba la capucha de su hoodie ocultando su rostro, pero no podía obviar su cabello color menta, algo deslavado con los días.

Su piel era pálida y sus labios tenían un tono rosado melocotón que Bada no pudo evitar apreciar. Era lo único que podía ver, ya que su rostro siempre estaba oculto tras esa capucha.

Esta vez iba detrás de ella a pesar de que el asiento de siempre estuviera vacío.

La gente bajó en la estación anunciada por el altoparlante, dejando el vagón cada vez más vacío. Sin embargo, ella aún no llegaba a destino y, al parecer, él tampoco.

La presencia de ese chico tras ella la hizo temblar. Podía sentir un olor dulce en el ambiente y no era ella.

¿Era posible que ese aroma le perteneciera a él?

A través del reflejo de la ventana podía notar que seguía detrás de ella, cada vez más cerca, al punto de que sus cuerpos parecían rozarse sin provocar incomodidad.

Bada tragó saliva lentamente.

El traqueteo del metro hacía vibrar el piso bajo sus zapatillas y, por alguna razón, era demasiado consciente de la respiración ajena a su espalda.

Él no hablaba.

Nunca hablaba.

Pero esta vez levantó apenas una mano y sujetó el pasamanos por encima de la cabeza de ella, encerrándola involuntariamente entre su cuerpo y la barra metálica.

Bada contuvo el aire.

No estaba asustada.

Y eso era precisamente lo que más la desconcertaba.

El reflejo le permitió verlo inclinar apenas la cabeza, como si intentara leer la canción que sonaba en sus audífonos. El movimiento hizo que un mechón color menta escapara de la capucha.

Bonito.

Ridículamente bonito.

El metro volvió a detenerse y un grupo pequeño de personas bajó rápidamente. Las puertas se cerraron otra vez, dejando el vagón casi vacío.

Demasiado vacío.

Bada se quitó uno de los audífonos lentamente.

Entonces él habló por primera vez, con una voz grave y suave que contrastaba demasiado con su apariencia descuidada.

— Siempre escuchas música clásica cuando estudias — murmuró.

Ella giró apenas el rostro, sorprendida.

— ¿Me estabas observando?

Él soltó una risa baja, apenas audible.

— Un poco.

Y aunque la respuesta debió incomodarla, sintió un calor extraño subirle por el cuello.

Porque él seguía allí.

Cerca.

Demasiado cerca.

Y porque, incluso ahora, Bada podía jurar que si se inclinaba apenas hacia atrás terminaría chocando directamente contra su pecho.

Bada no respondió de inmediato.

Sentía el corazón demasiado rápido para alguien que solo estaba compartiendo un vagón con un desconocido.

O quizá ya no era tan desconocido.

Porque ahora que lo pensaba, llevaba semanas viéndolo en la misma línea, a la misma hora. A veces sentado al fondo. A veces apoyado cerca de las puertas. Siempre silencioso. Siempre observando sin parecer invasivo.

Y siempre con esa capucha puesta.

— ¿Entonces sí me estabas mirando? — preguntó al fin, intentando sonar tranquila.

El chico ladeó apenas la cabeza.

— Tú también me mirabas.

Bada abrió la boca, pero no encontró cómo negarlo.

El metro entró en otro túnel y las luces del vagón parpadearon apenas un segundo. Lo suficiente para que el reflejo de ambos en la ventana pareciera más íntimo de lo que realmente era.

Él seguía detrás de ella, sosteniendo el pasamanos por encima de su cabeza.

Demasiado cerca.

Su perfume dulce se mezclaba con el olor metálico del tren y con el shampoo de Bada hasta crear algo mareante.

— Nunca te sientas — comentó a ella para romper el silencio.

— Nunca me gusta bajar la guardia.

La respuesta la hizo mirarlo otra vez a través del reflejo.

Había algo raro en él.

No peligroso.

Solo… intenso.

Como si incluso estando quieto contuviera demasiadas cosas debajo de la piel.

— ¿Y ahora tampoco? — preguntó.

Él sonrió apenas. Esta vez Bada logró verlo mejor: la curva lenta de sus labios, la forma en que sus dedos llenos de anillos golpeaban suavemente la barra metálica.

— Ahora estoy entretenido.

La garganta de Bada se secó.

El tren volvió a sacudirse y ella perdió ligeramente el equilibrio. Apenas un segundo. Pero fue suficiente para que la mano libre de él se apoyara en su cintura para sostenerla.

Caliente.

Su mano estaba absurdamente caliente.

Bada levantó la mirada de golpe hacia el reflejo y notó que él también la estaba mirando ahora.

Directamente.

No había burla en su expresión.

Ni descaro.

Eso lo empeoraba todo.

Porque parecía genuinamente atento a ella.

Su mano permaneció en su cintura un segundo más de lo necesario antes de apartarse despacio.

— Gracias… — murmuró ella.

Él no respondió enseguida.

Solo bajó la mirada hacia los labios de Bada, como si hubiera sido un acto involuntario.

Uno breve.

Pero imposible de ignorar.

El altoparlante anunció la próxima estación.

La de ella.

Y, por primera vez en toda la noche, Bada sintió unas ganas irracionales de que el metro siguiera avanzando un poco más.

—¿Te veo otro día?

— Si, claro

Bada bajó del vagón mirando hacia atrás mientras las puertas se cerraran y los separaran. Definitivamente ya no odiaba venir tan tarde del instituto.