pequeños traviesos ✧ heejake (ov)

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Summary

Heeseung y Jake, son una pareja muy enamorada, que enfrentan el torbellino de la paternidad con tres cachorros traviesos. ╰►heeseung + jake ❥ ╰►soft ; cute ; romance ╰►one-shot extenso ╰►omegaverse ╰►historia completamente mía © angehee

Genre
Romance
Author
Ange
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

pequeños traviesos


🌷

El silencio dentro de la casa era siempre una señal de alarma, un vacío que gritaba problemas. El omega lo sabía por instinto, uno que se había afinado tras su primer embarazo y que, con el segundo, se había convertido en una brújula para anticipar crisis. Pero aquella tarde, su instinto había fallado. O más bien, había sido saboteado por el llanto de Ni-ki, quien llevaba ya diez minutos pataleando y sollozando en sus brazos. El bebé, con apenas diez meses, estaba gruñón por el diente que le había salido hacía unos días.

—Ya, ya, mi amor —susurró, meciendo al bebé mientras estiraba el brazo hacia la nevera, desesperado por alcanzar el mordedor sin tener que soltarlo—. Ya sé que duele, papi lo entiende. Solo un segundito y...

El llanto se intensificó. Ni-ki agitaba sus puñitos, y su pelito negro, aún fino y escaso, se pegaba a su frente por el sudor. El omega lo acunaba con delicadeza, inhalando su aroma a leche y talco, incluso cuando el agotamiento le picaba en los ojos.

Jake suspiró. Llevaba puesta esa camisa blanca con flores bordadas, un regalo de Heeseung por su primer año de casados. Ahora, la prenda estaba salpicada de manchas de papilla y babeo, y su cabello rubio —usualmente peinado—, caían sobre su frente. A sus veintinueve años, con tres pequeños correteando por la casa y un alfa que se encontraba doce horas diarias en el estudio como productor musical. Había aprendido que la paciencia no era su mayor virtud, pero lograba sobrevivir siempre.

—Está bien, mi amor —cedió al fin, rodeando la isla de la cocina con el bebé ahora lloriqueando contra su hombro, su cuerpecito caliente y tembloroso—. Olvidemos el mordedor por ahora. Vamos por la manzanilla, ¿sí? Eso siempre te calma, como a tus hermanos cuando eran bebés.

Mientras preparaba la infusión tibia —un truco que su suegra le había enseñado—, el rubio lanzó una mirada al reloj de la pared. Las 15:15 p.m. Apagó la estufa, abrió un cajón con una mano, a la vez que sostenía al pequeño con la otra, y sacó la bolsita de manzanilla. Ni-ki seguía gimoteando bajito contra su cuello, inhalando sus feromonas —vainilla y almendra—, que había empezado a filtrar. Al parecer, la molestia del diente se había disipado un poco; el bebé sorbía ahora la infusión con gorgojitos satisfechos desde su biberón.

Pero la ausencia de las otras vocecitas, esas que solían discutir por un juguete o pelear por alguna cosa, no parecían estar presente. El omega se quedó inmóvil por un momento. Luego que el menor terminara, le retiró el biberón y lo cambió de posición para darle unos golpecitos suave en su espalda.

—¿Sun? —llamó, forzando un tono calmado que no delatara el nudo de pavor que se formaba en su estómago—. ¿Wonie?

Nada. Ninguno de los pequeños respondió. Solo el zumbido lejano del refrigerador y el tic-tac del reloj. Caminó con su pequeño en brazos. Ni-ki aprovechó el momento para enganchar mejor sus deditos al cuello de su padre, dejando un nuevo rastro húmedo de baba en la tela.— ¿Dónde estarán tus hermanos, mi amor? —murmuró Jake en voz baja, como si el bebé pudiera responderle.

El menor balbuceó algo inentendible y señaló hacia el pasillo con su manita, emitiendo un gorjeo juguetón.— Ay, mi corazón —rió el omega ante la ternura que le daba, besando la mejilla regordeta del pequeño antes de ajustarlo en sus brazos—. Vamos a ver qué travesura están tramando ahora.

Avanzó por el pasillo con el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. Los gemelos tenían seis años. Eran lo suficientemente grandecitos para entretenerse solos y también para meterse en líos. El pasillo en dirección a las habitaciones estaba solitario, con rayos de sol filtrándose por las cortinas entreabiertas y juguetes esparcidos. El omega olió el aire —ningún rastro de feromonas, solo el leve dulzor de su propia esencia impregnando el lugar.

—¿Chicos? —insistió, deteniéndose frente a la puerta entreabierta de su habitación. Empujó con el pie, y no había ninguno de los menores. Ni-ki pataleó emocionado, como si supiera algo que su padre ignoraba.— Pequeños traviesos —volvió a llamar, asomando la cabeza por la puerta de otra habitación—. Papi necesita que respondan ahora, o no habrá galletas después de la cena.

El omega frunció el ceño, y siguió avanzando por el pasillo con Ni-ki hipando contra su hombro. La puerta del cuarto de los gemelos estaba entreabierta, y al asomarse se encontró con un vacío. En la mesita, había un montón de dibujos frescos con témperas, unos que no estaban allí por la mañana. Témperas que Jake guardaba siempre en el estante más alto del armario, fuera del alcance de sus manos.

—No —susurró, cuando se dio cuenta de lo que ocurría—. No, no, no.

Salió de la habitación casi corriendo —teniendo cuidado por el menor en sus brazos—, con Ni-ki protestando por el movimiento brusco. Se dirigió hacia la sala de estar. En el pasillo directo a la estancia todo parecía estar normal y el recibidor también. Pero cuando prestó más atención, el mundo se detuvo.

El rubio parpadeó, intentando entender si sus ojos no le estaban jugando una mala pasada. El suelo de parquet —ese que tanto les había costado instalar el año pasado— estaba cubierto de huellas diminutas, en varios colores. Formando caminitos que iban desde la mesa del café hasta las cortinas, de las cortinas al sofá, y del sofá a la pared del fondo. Y aquella pared, cuando el omega la vio, sintió que las fuerzas le abandonaban; apoyó la espalda contra el marco de la entrada, con Ni-ki ajeno al drama, jugando con un mechón de su cabello rubio.

En la pared, los pequeños habían desplegado un gran dibujo. Un sol sonriente de color naranja que chorreaba hacia abajo como si se derritiera, una casa con ventanas torcidas y dos figuras humanas de cabezas enormes y cuerpos diminutos, claramente ellos mismos. Debajo, con letras temblorosas y cero entendibles, habían escrito: “Papi i Papa”. Jake intentó regular su respiración, inspirando hondo el aire. Soltó este mismo despacio, conteniendo la calma. El bebé, entendiendo que su padre estaba experimentando una emoción fuerte, aprovechó para meterle un dedito en la boca.

—No, cariño, ahora no —murmuró, apartándole la manita con suavidad.

Entonces, escuchó un ruido como de alguien intentando no respirar, mismo que provenía de detrás del sofá. Jake recorrió con la mirada, distinguiendo las huellas más multicolores, y allí estaban: dos pequeños traseros asomando por el respaldo —uno con pantalón de ositos, el otro con pantalón de rayas—, quietos pero sus pies delataban nerviosismo, moviéndose ligeramente sobre el suelo.

El rubio se acercó sin decir una palabra, rodeando el sofá. Al hacerlo, se topó con Sunoo y Jungwon acurrucados el uno contra el otro, sus manos llenas de pintura seca, la ropa manchada, y sus caritas untadas de rojo y azul. En sus expresiones, había orgullo por su dibujo y terror por las consecuencias.

Sunoo, el más expresivo de los dos, tenía los ojos brillantes y el labio inferior tembloroso, a punto de romper en llanto. Su cabello castaño claro, que Jake peinaba cada mañana, lucía una mancha verde en la punta. Jungwon, en cambio, mantenía una postura tranquila, pero sus manitas apretaban las de su hermano con fuerza, una acción que el omega conocía de memoria. Era su manera de pedir perdón sin palabras.

—Cachorros —dijo. Su voz sonó extraña, incluso para él. Cansada, pero intentando que su enojo no lo abordara—. ¿Qué pasó aquí?

—Lo siento, papi —susurró Jungwon de inmediato, el menor por cinco minutos y siempre el primero en cargar con la culpa—. Fue idea mía.

—¡No! —protestó Sunoo con su vocecita chillona, sacudiendo la cabeza—. ¡Yo también! Queríamos hacer un dibujo bonito. ¡Bonito!

—¿Un dibujo? —preguntó, señalando vagamente hacia la pared con un movimiento de cabeza, mientras sus ojos se entrecerraban con curiosidad.

Los gemelos asintieron al unísono, caritas iluminadas por sonrisas radiantes, encantados con su travesura convertida en arte.

—Es familia —explicó Sunoo, animándose de golpe y poniéndose de puntillas para señalar con un dedo pintado—. Este es papá —señaló al dibujo con la cabeza más grande—, y este eres tú, papi. —pausó un momento, indicándole con entusiasmo a su padre—. ¡Y nosotros somos los pequeñitos! Pero no cabíamos, así que estamos dentro de tu barriga.

Jake parpadeó, atónito, y examinó la pared con atención. A su lobo le gustó lo que sus pequeños habían hecho, pero su parte humana, no estaba muy de acuerdo por todo el desastre. Aunque, efectivamente, la figura que había confundido con uno de los niños, era él con un bulto redondo en su torso —su vientre—, que no distinguió al inicio, tenía dos puntitos diminutos asomando como cabecitas.

—Papi nos protege —argumentó Jungwon como si fuera la verdad más obvia del universo, cruzando sus bracitos en una pose seria que era similar a Heeseung—. La señora Kang dijo que los omegas protegen a sus cachorros en la barriga. Entonces, papi nos lleva adentro para que nada nos pase. ¿Verdad, Sun?

Sunoo asintió, aplaudiendo y dejando volar motitas de pintura.— ¡Sí! ¡Y nini, es el sol!

—¿El sol? —repitió Jake, arqueando una ceja.

Los gemelos asintieron alegres.

El omega abrió la boca para seguir hablando, pero en ese preciso instante, Ni-ki, aburrido de ser ignorado, decidió retorcerse en sus brazos como un pez y lanzó un berrinche. El movimiento hizo que el omega perdiera el equilibrio y su pie izquierdo pisara una de las huellas de pintura roja.

El mundo giró y por un momento fue una mezcla de colores, el llanto del bebé, los gritos de los gemelos «“¡Papi!”», y la certeza de que iba a estrellarse contra el suelo con Ni-ki en brazos. Pero entonces, unas manos lo sujetaron por la cintura, deteniendo la caída.

—Tranquilo, mi vida —murmuró la voz de Heeseung justo contra su oído—. Te tengo.

Jake se quedó inmóvil, paralizado por el contacto: el pecho de su alfa presionado contra su espalda, sus brazos rodeándolo con firmeza sin apretarlo demasiado. El aroma del mayor lo envolvió al instante —cereza y vino.

—Alfa —exhaló, derritiéndose un poco en el abrazo antes de enderezarse—. Has vuelto temprano.

—Terminé la sesión antes de lo previsto —explicó, ayudándolo a estabilizarse con delicadeza antes de soltarle la cintura. Para luego tomar a Ni-ki en sus brazos, acunándolo contra su hombro—. Veo que llegué justo a tiempo.

El bebé, al reconocerse los brazos de su padre alfa, cortó el llanto y empezó a balbucear incoherencias, tirando del cuello de la sudadera de Heeseung con sus deditos. A sus treinta años, el alfa lucía su cabello negro, una sonrisa demasiado encantadora que arrugaba sus ojos, pantalones sueltos negros y esa sudadera holgada que olía a él. Miró a su alrededor con calma y sus ojos recorriendo el desastre de los menores.

—Vaya —dijo simplemente, arqueando una ceja mientras Ni-ki le tocaba la barbilla.

—Lo sé —respondió Jake, pasándose una mano por la cara—. Lo sé. Estaba con Riki en la cocina, los gemelos estaban en su cuarto, o eso creía, y de repente...

El pelinegro levantó una mano, deteniéndolo con gentileza.— Mi amor, respira —ordenó, y a su voz lo acompañó una ráfaga sutil de feromonas que ayudaron a calmarlo.

Y Jake respiró hondo. Porque esa era una de las cosas que más amaba de su alfa, esa capacidad de poner las cosas en orden, para no dejarse arrastrar por el pánico y, sobre todo, para hacerle sentir que, sin importar el caos a su alrededor, todo iba a salir bien al final. Heeseung se agachó con Ni-ki aún acurrucado en sus brazos y miró detrás del sofá.

—¿Y esos dos pequeños traviesos que están escondidos ahí? —preguntó con voz juguetona—. ¿Son nuestros?

Los gemelos no se movieron. El omega vio cómo Sunoo se pegaba aún más a Jungwon, sus deditos aferrándose a la camiseta de su hermano como si fuera un salvavidas. Jungwon, por su parte, apretaba la mandíbula, sus mejillas manchadas de pintura.

—Salgan de ahí, cachorros —dijo Heeseung entonces. Su voz no era tan suave, pero tampoco reflejaba enojo. Simplemente fue lo suficientemente alta para que los pequeños entendieran.

Los gemelos obedecieron, arrastrándose fuera de su escondite con la cabeza gacha. Las manos seguían llenas de pintura, las caras también, y cuando se pusieron de pie frente a su padre, parecían dos pequeños convictos esperando sentencia. El alfa los miró en silencio durante unos segundos. Jake, a su lado, aguantaba la respiración.

Entonces, sin que nadie lo viera venir, el mayor soltó una carcajada. Una risa tan alta que le arrugó los ojos hasta convertirlos en medias lunas. Ni-ki, asustado al principio por el ruido repentino, parpadeó confundido antes de sumarse a reír sin entender muy bien el porqué, agitando sus manitas en el aire. Encantado por el momento.

—¿Te estás riendo? —preguntó Jake, incrédulo, con las manos en las caderas y su semblante de enojo reflejándose—. ¿En serio, Heeseung? ¡Mira este desastre!

—Mira sus caras —sin prestarle mucha atención al semblante del omega, el alfa

respondió entre risas, señalando a los gemelos mientras Ni-ki continuaba riendo con él—. Están tan serios.

Sunoo y Jungwon se miraron de reojo, intercambiando una mirada cargada de incertidumbre. Sin saber bien cómo reaccionar ante la inesperada respuesta de su padre.

—Pero papá —se atrevió a decir Jungwon, rompiendo el silencio con su voz valiente pero temblorosa, elevando la barbilla—. Hemos pintado la pared.

—Ya lo veo.

—Y el suelo.

—También lo veo.

—Y nuestras manos.

—Por supuesto —Heeseung se acercó un poco más, examinando las manos de sus hijos—. Vaya, vaya. Menuda paleta de colores tienen ahí.

—¿No estás enfadado? —preguntó Sunoo con un hilito de voz, sus ojos grandes y brillantes fijos en su padre.

El alfa dejó de reír, suavizando su expresión. Con el bebé en un brazo, extendió el otro para acariciar la mejilla de Sunoo con su pulgar y apartó una mancha de pintura que parecía una lágrima.

—Estoy un poco decepcionado —admitió, con voz calmada—. Saben que no se pinta en las paredes. Y saben que no se cogen las pinturas sin permiso.

Los gemelos asintieron, cabizbajos, Jungwon mordiéndose el labio inferior mientras Sunoo se frotaba la nariz con el dorso de la mano.

—Pero —continuó, inclinándose un poco más para captar sus miradas—, también sé que querían hacer algo bonito. Y eso... eso no está mal. Lo que está mal es cómo lo han hecho.

Jungwon levantó la vista por fin, con un destello de curiosidad.— ¿No te gusta el dibujo? —preguntó, señalando tímidamente la pared.

Heeseung miró a Jake. Y el omega le devolvió la mirada. Por un instante, el mundo se detuvo en ese lenguaje silencioso que solo ellos compartían, forjado a lo largo de nueve años juntos.

—Vamos a ver ese dibujo —dijo el mayor, levantándose y caminando hacia la pared salpicada, Ni-ki continuaba removiéndose alegre en sus brazos—. A ver, expliquen.

Los gemelos se animaron, la culpa se evaporó ante la oportunidad de hablar. Corrieron hacia la pared —dejando nuevas huellas pintadas en el suelo, por supuesto, algo que al omega le hizo suspirar— y empezaron a señalar con sus deditos.

—¡Ese eres tú, papá! —exclamó Sunoo, saltando sobre las puntas de los pies para alcanzar la figura central, una silueta alta con una cabeza desproporcionada—. Y ese es papi —señaló al lado, una figura más esbelta—. Y nosotros estamos dentro de papi porque nos protege siempre.

Heeseung inclinó la cabeza, estudiando el dibujo. Sus labios se curvaron en una sonrisa mientras pasaba un dedo por el borde del sol.

—Ya veo. ¿Y esto? ——señaló una mancha naranja irregular al lado del sol, que parecía más un borrón que una figura.

—Eso es nini —respondió Jungwon—. Pero como lloraba mucho, no nos salía bien. Quería que fuera un pollito.

—Ah, claro. —el alfa rió bajito, revolviendo el pelo de Jungwon con su mano libre—. Ahora lo entiendo perfecto.

Jake no podía creer lo que estaba viendo. Su alfa, mantenía ahora una conversación completamente linda con sus pequeños. El omega se cruzó de brazos, una sonrisa boba escapando de sus labios mientras observaba, el corazón hinchado de amor y ternura, olvidando por instante todo el desastre ocurrido.

—¿Saben qué? —dijo Heeseung de repente, girándose hacia ellos—. Creo que esto necesita una firma.

—¿Una firma? —preguntaron los gemelos.

—Claro. Todo artista firma sus obras. ¿Dónde van a poner sus nombres?

Los gemelos se miraron, emocionados. Jungwon tomó la iniciativa, acercándose a la esquina inferior derecha del mural y escribiendo con su dedo manchado de azul: “wonie” Sunoo, no queriendo ser menos, añadió debajo “sun” y un corazón torcido.

El mayor asintió, aprobando.— Perfecto. Ahora, ¿qué me dicen si limpiamos todo esto?

La palabra limpiar no tuvo una buena acogida por los menores. Los gemelos pusieron caras largas inmediatamente.

—¿Limpiar? —repitió Sunoo con desagrado.

—Pues claro. Los artistas también limpian sus estudios cuando terminan de pintar. Y además —Heeseung bajó la voz, como compartiendo un secreto—, podemos usar las esponjas de colores.

Las esponjas de colores eran un set que Jake había comprado para la cocina y que los gemelos adoraban porque parecían juguetes. La mención fue suficiente para que sus expresiones cambiaran por completo.

—¿Podemos? —preguntó Jungwon, emocionado.

—Si papi dice que sí.

Todas las miradas se volvieron hacia el omega, quien todavía estaba procesando el giro de los acontecimientos. Diez minutos antes estaba al borde de la desesperación, y ahora su alfa estaba organizando una limpieza, de la forma más tranquila.

—Sí —dijo, rindiéndose—. Sí, podemos usar las esponjas de colores.

Los gemelos soltaron un grito de alegría y salieron corriendo hacia la cocina, dejando un rastro de huellas multicolores a su paso.

—¡No corran! —gritó el omega.

Pero fue demasiado tarde. Suspiró y se giró hacia Heeseung, quien lo miraba con una sonrisa tierna, Ni-ki ya un poco adormilado contra su hombro.

—¿Cómo es que siempre consigues arreglar todo? —preguntó, acercándose a él.

—No arreglo nada —respondió, pasándole un brazo por los hombros—. Solo... lo veo de otra manera. No son malos, amor. Solo son niños.

—Lo sé. Pero la pared...

—La pintaremos. O pondremos papel. O lo que quieras. Esto no es importante.

El rubio apoyó la cabeza contra el hombro de su pareja, sintiendo el calor y las feromonas de este, el peso del bebé contra ambos.

—Te amo.

—Yo también te amo. —se acercó y depositó un corto beso en sus labios.— Ahora, vamos a limpiar antes de que nuestros hijos inunden la casa.

Veinte minutos después, estuvieron en el salón con baldes de agua y las famosas esponjas de colores. Heeseung había dejado a Ni-ki en corral que tenían, pero el pequeño lloriqueó hasta que lo sacaron, así que terminó en el suelo, sentado lejos de la zona de limpieza pero cerca de la acción.

—Vale —anunció el pelinegro, arrodillándose junto a la pared—. Primero, mojamos la esponja. Luego, frotamos con cuidado el suelo. Así.

Los gemelos lo imitaron, sacando la lengua mientras frotaban sus respectivas secciones. Jake se encargaba de cambiar el agua cuando se ponía demasiado sucia y de evitar que Ni-ki gateara hacia donde limpiaban. Aunque en un momento de descuido, fue Ni-ki quien, consiguió llegar hasta uno de los baldes. El rubio se giró justo a tiempo para verlo chapotear con las manos en el agua, riendo con esa risa tan hermosa.

—¡Ta! —soltó, muestras salpicaba agua con su manita.

—¡Riki! —exclamó, pero ya era tarde.

El pequeño, encantado con la reacción obtenida, chapoteó de nuevo, más fuerte. Más agua voló por los aires. Heeseung, empapado, miró a Jake con una expresión de falsa indignación que pronto se transformó en risa.

—Este niño va a ser un terremoto —confesó.

—Como su padre —respondió Jake con una sonrisa.

—Oye, yo no era así.

—Claro que no. Tú eras peor. Tu madre tiene fotos.

El alfa fingió indignación, pero no pudo mantenerla. El agua continuaba siendo salpicada por todas partes, mojando a los gemelos y una buena sección del suelo ya limpio. Sunoo se echó a reír. Y Jungwon lo imitó. Y Heeseung, con la camisa empapada, levantó a Ni-ki en brazos y lo hizo girar, provocando más risas.

Jake los miró a todos. A su alfa y a sus pequeños traviesos, chorreando agua por todas partes pero disfrutando del momento. Sus ojos recorrieron la pared, ahora mucho más limpia con el dibujo plasmado en ella. El suelo, en cambio, era un auténtico campo de batalla. Por primera vez en toda la tarde, una sonrisa se iluminó su rostro, suavizando las líneas de frustración que lo habían tensado horas antes.

—Son todo un caso perdido —dijo, negando con la cabeza mientras una risa escapaba de sus labios.

—Pero nos quieres —replicó Heeseung con un guiño pícaro, pasándose una mano por su pelo empapado.

—Eso no lo discuto ni un segundo —admitió, y se arrodilló junto a ellos, tomando una esponja húmeda para unirse.🌷

La lluvia comenzó a media tarde. Un cielo que hasta hacía un momento era azul y despejado se cubrió de nubes grises en cuestión de minutos, y el agua empezó a golpear los cristales con fuerza, mismo que despertó a Ni-ki de su siesta y sobresaltó a los gemelos, quienes estaban viendo dibujos animados en la sala. El Omega había estado aprovechando el momento de tranquilidad para leer un libro en el sofá de su habitación —o más bien, para sostener un libro mientras su mente vagaba por algunos pensamientos—, levantó la vista al primer trueno.

—¡Papi! —Sunoo apareció corriendo, seguido de cerca por Jungwon—. ¡Está lloviendo!

—Ya veo, cariño —respondió Jake, cerrando el libro mientras un segundo trueno, más cercano, hacía vibrar las ventanas—. Pero no pasa nada. Es solo agua.

—¿Solo agua? —los ojos de Sunoo se abrieron—. ¡El cielo parece estar enojado!

—El cielo no se enoja —explicó Jungwon con tranquilidad—. Papá lo dice siempre.

—Prefiero pensar que está enojado —replicó su hermano mientras voltea sus ojos con desdén—. Es más bonito.

El omega sonrió por los comentarios de sus pequeños, pero no pudo responder porque en ese momento Ni-ki empezó a llorar desde su habitación. El bebé odiaba los truenos.

—Voy con su hermano —dijo, levantándose—. Ustedes quédese en la sala, ¿vale? No hagan nada.

—¿Nada? —preguntó Jungwon, ladeando la cabeza con inocencia.

—Ya saben... ninguna travesura. En un momento bajo con su hermanito.

Los gemelos asintieron, sus cabecitas moviéndose. Pero el omega —con su instinto—, sabía que aquello solo duraría unos segundos. Sin embargo, no tenía opción. El llanto del bebé rasgaba el aire desde la habitación contigua, necesitaba el consuelo y tranquilidad, de su padre omega.

Salió de la habitación y se dirigió hacia donde se encontraba su pequeño. Al entrar, lo vio incorporado en su cuna, con la carita enrojecida por el esfuerzo, lágrimas rodando por sus mejillas regordetas y los puñitos cerrados.

—¡Ta-ta! —lloriqueó, estirando los bracitos con desesperación, sus ojos grandes y acuosos fijos en su padre.

—Ya, mi amor, tranquilo —susurró antes de acercarse, lo levantó y apretó contra su pecho. Sintió cómo su cuerpecito tembloroso se relajaba ante él contacto, el aroma lechoso del bebé se mezcló con sus propias feromonas—. Solo es la tormenta. No te va a hacer daño, mi amor.

—¿Da? —un poco más tranquilo. Balbuceó contra su hombro, su vocecita amortiguada por la camiseta de Jake.

—No, no está “Da” —respondió con una sonrisa, aunque un pinchazo de nostalgia lo invadió al pensar en Heeseung—. Papá está trabajando, pero volverá pronto y te dará todos los mimos del mundo.

Otro trueno, este más fuerte que los anteriores, hizo que Ni-ki se aferrara a su cuello con una fuerza sorprendente para un bebé de diez meses, sus deditos clavándose en la piel del omega. Jake comenzó a mecerlo pausadamente, tarareando una canción antigua que su propia madre le cantaba en noches como esta.

Abajo, en la sala, los gemelos observaban el exterior a través de las cortinas entreabiertas, acurrucados en el sofá como dos gatitos asustados.

—Wonie —susurró Sunoo en voz baja, apretando la mano de su hermano—. ¿Los truenos pueden romper la casa?

—No —respondió con convicción, enderezando la espalda—. Las casas están hechas para aguantar. Papá lo dijo. Él sabe de todo.

—Papá dice muchas cosas —replicó, rodando los ojos.

—Por eso sabemos cosas —insistió, soltando la mano de su hermano y cruzando sus brazos.

Sunoo reflexionó sobre esto por un momento, mordisqueando su labio inferior mientras otro trueno retumbaba afuera, haciendo temblar las luces. Luego, con cierta lógica y una grandiosa idea, sus ojos se iluminaron como estrellas en medio de la noche.

—Podríamos hacer una guarida —propuso, saltando del sofá con entusiasmo.

—¿Guarida? —Jungwon ladeó la cabeza, intrigado, aunque fingía escepticismo para mantener su rol de “hermano responsable”.

—¡Sí! Para protegernos de los truenos.

El menor consideró la propuesta. A su mente infantil le encantaban las construcciones, proyectos y, sobre todo, la diversión. Una guarida sonaba como el plan perfecto.

—Vale —dijo, una sonrisa curvando sus labios—. ¿Con qué la hacemos?

—¡Mantas! —Sunoo ya estaba en movimiento, trepando al respaldo del sofá y señalando—. ¡Cojines! Y la mesa. ¡Será la guarida!

Lo que siguió fue una operación de construcción que, de haber sido supervisada por un adulto, probablemente habría sido detenida por razones de seguridad. Pero a los menores pareció no importales mucho, y con su padre omega aún en la habitación consolando al bebé, tenían vía libre para desplegar su creatividad.

Media hora después. El rubio se acercó con Ni-ki finalmente dormido contra su hombro, su cuerpecito pesado y cálido exhalando respiraciones suaves. El aroma de su bebé lo envolvía, pero al entrar en la sala, se detuvo. El panorama frente a él, era todo un caos. El sofá había sido despojado por completo de sus cojines, que ahora formaban una muralla alrededor de la mesa del comedor. Sobre esta, habían varias mantas —“¿De dónde habían sacado mantas?”, pensó Jake, seguro de haberlas guardado todas en el armario del pasillo— formaban un techo improvisado, sujetas en las esquinas por libros. Desde el interior de la estructura, asomaban dos cabecitas, con mechones alborotados y mejillas sonrosadas. Ambos lo miraban con orgullo.

—¿Qué es esto? —preguntó, demasiado cansado para procesar completamente el desastre.

—¡Guarida! —anunció Sunoo con entusiasmo—. Para protegernos de los truenos.

—¿Y por qué necesitan una guarida? —Jake se acercó, todavía con Ni-ki dormido—. La casa ya nos protege.

—Pero la guarida protege más —explicó Jungwon—. Es como una casa dentro de la casa. Doble protección.

—Ya veo —el omega examinó la estructura. Sorprendentemente, no parecía a punto de derrumbarse. Los gemelos habían estado muy ocupados, aunque les dijo que no hicieran nada—. Les quedó muy linda.

Los ojos de los niños se iluminaron por sus palabras.

—¿Papi, vas a entrar con nosotros? —preguntó Sunoo, tirando del pantalón de su padre con entusiasmo.

—Por supuesto, mi amor —respondió con una sonrisa cómplice—. Pero con una condición. Riki sigue durmiendo, así que tenemos que estar en silencio. ¿Trato hecho?

—Podemos —comentó Jungwon con alegría, tapándose la boca con las manos para enfatizar su compromiso, aunque sus ojos brillaban de emoción.

Jake se arrodilló con cuidado, gateando hacia el interior de la guarida. No era estrecho como imaginó, en sí, era espacioso. Las mantas ocultaban todo lo exterior y los cojines se hundían bajo sus rodillas. Con Ni-ki aún dormido, resultaba un poco más manejable, pero cuando se acostó, los gemelos se apretaron contra él —Sunoo acurrucándose en su regazo y Jungwon apoyando la cabeza en su brazo—, sintió que todo el esfuerzo de su día valía la pena. El calor de sus cuerpecitos, el latido acelerado de sus corazoncitos y el sonido amortiguado de la tormenta creaban un entorno perfecto.

—Es acogedor —admitió—. Buen trabajo.

—¡Sí! —dijo Sunoo con orgullo—. Somos buenos constructores.

En el exterior, la tormenta seguía. Los truenos retumbaban y la lluvia golpeaba. Pero dentro de la guarida, iluminada tenuemente por la luz que se filtraba a través de las mantas, el mundo parecía más pequeño, seguro y cálido.

—Papá —susurró Sunoo después de un rato—. ¿Tú crees que los truenos nos tienen miedo?

—¿Miedo? —el omega parpadeó confundido—. ¿Por qué iban a tenernos miedo los truenos?

—Porque somos muchos —razonó—. Wonie, yo, nini, papi y papá. Los truenos son solo uno.

—Los truenos no son uno —corrigió su hermano—. Son muchos.

—Pero nosotros somos más.

Jake rió bajito.— ¿Sabes qué, mi amor? Creo que tienes razón. Los truenos deberían tenernos miedo. Porque juntos, somos fuertes.

Sunoo sonrió, satisfecho por la respuesta de su padre. Jungwon, siempre más práctico, preguntó: —Papi, ¿cuándo vuelve papá?

—Cuando termine de trabajar —respondió—. Pero con esta tormenta, igual tarda un poco más. Los coches van más despacio con lluvia.

—¿Estará bien? —la voz de Jungwon tenía un dejo de preocupación que enterneció al omega.

—Estará bien. Papá es muy cuidadoso. Y además —añadió con una sonrisa y una caricia en su cabecita—, tiene muchas ganas de volver con nosotros. Eso le da fuerzas.

Los niños parecieron conformarse con esa explicación. El silencio se instaló por unos segundos. Ni-ki se movió en sueños, emitiendo un pequeño quejido, pero no llegó a despertarse. Jake lo acomodó mejor contra su pecho, acariciando suavemente su espalda.

—Papi —dijo Sunoo de repente—. ¿Me cuentas un cuento?

—¿Ahora?

—Sí. De los de antes. De cuando eras pequeño.

El mayor soltó una risita baja. Sus hijos amaban las historias de su infancia, esa etapa anterior a ellos, cuando el mundo era diferente.

—Esta bien, bebé —dijo—. Pero uno corto, que luego tenemos que preparar la cena.

—¡Sí!

El omega pensó por un momento, repasando el archivo de recuerdos de su propia niñez.— Cuando era pequeño —empezó—, también había tormentas. Y yo también les tenía un poco de miedo.

—¿Tú? —Sunoo se incorporó ligeramente, incrédulo—. ¿Tú tenías miedo?

—Todos tenemos miedo a veces, cariño. No pasa nada por tener miedo. Lo importante es lo que haces con ese miedo.

—¿Y tú qué hacías?

—Mi papá —el abuelo de los niños, a quien veían solamente por videollamada pero adoraban— me enseñó un truco. Me decía que contara los segundos entre el relámpago y el trueno. Cada segundo era un kilómetro de distancia. Así sabía si la tormenta se acercaba o se alejaba.

—¿Y funcionaba? —preguntó Jungwon con interés.

—Funcionaba. Porque cuando sabes lo que está pasando, el miedo se hace más pequeño. Lo desconocido da miedo. Lo conocido, no tanto.

Los niños procesaron aquella información. En el exterior, un relámpago iluminó brevemente la habitación a través de las mantas. Todos contuvieron la respiración, esperando. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. El trueno llegó, y un poco lejano.

—¡Cinco! —exclamó Sunoo en susurro— ¡Cinco kilo...! —intento recordar que era lo que seguía.

—Kilómetro, mi amor.

—Sí, eso. —su sonrisa se agrandó, acunando sus ojitos.

—Se está alejando —concluyó Jungwon con satisfacción.

—Ven. Nada que temer.

La tormenta se fue alejando gradualmente, y con ella, la tensión en los cuerpecitos de los gemelos. Ambos se relajaron contra su padre omega, más por las feromonas que él había filtrado para darles confort y cariño.

Así los encontró Heeseung cuarenta minutos después, cuando por fin pudo llegar a casa. El alfa entró silenciosamente, empapado un poco a pesar del paraguas, y siguió el rastro de voces hasta la sala. Allí se detuvo, procesando la escena con una sonrisa que le iluminó todo el rostro. La sala junto al comedor estaba patas arriba. Habían sábanas y unos cuantos cojines debajo de la mesa, incluso unos libros usados como pesos. Y en medio de todo, asomando una estructura improvisada, de dónde provenían unas vocecitas infantiles y la voz de su pareja.

—¿Hay sitio para uno más? —preguntó en voz baja, en el momento que se asomó.

Tres pares de ojos se giraron hacia él. Los gemelos se iluminaron como si hubieran visto al mismísimo sol entrar en la habitación.

—¡Papá! —gritaron al mismo tiempo y se acercaron al pelinegro, olvidando por completo la consigna de silencio. El mayor les acarició sus cabecitas y les sonrió.

El bebé se sobresaltó en brazos de Jake, parpadeó confuso, estuvo apunto de llorar pero al ver a su padre, su carita pasó del desconcierto a la alegría.

—¡Da! —exclamó, moviéndose y estirando sus bracitos.

Heeseung se arrodilló junto a la entrada de la guarida.

—Hola, mis amores —dijo, y su voz era terciopelo—. ¿Qué tenemos aquí?

—¡Una guarida! —explicó Sunoo—. Para los truenos. Pero ya se fueron.

—Ya veo —Heeseung observó la construcción con admiración—. Es la guarida más impresionante que he visto en mi vida.

—La hicimos nosotros solos —dijo Jungwon, y aunque su tono era neutro, Jake percibió el orgullo en sus palabras.

—Son unos arquitectos increíbles. ¿Puedo pasar?

Los niños se apretujaron para hacerle sitio a su papá, una hazaña que al inicio parecía imposible, pero lograron reorganizarse. Heeseung se acomodó como pudo, gateando con cuidado bajo el techo de la mesa, y de inmediato tomó a Ni-ki en sus brazos, quien estaba desesperado por estar con él. Se acostó con el menor, quién se removió solo un instante antes de acurrucarse contra su pecho, reconociendo ese aroma que lo calmaba.

—Menudo día —suspiró Heeseung, besando la coronilla de Ni-ki mientras su feromonas inundaban el aire, mezclándose con las de su omega—. El estudio era un caos total, la tormenta ha paralizado media ciudad... y yo solo quería estar aquí con ustedes.

—Aquí estamos —dijo el omega con voz suave, estirando un brazo para que el alfa tomara su mano. Sus dedos se entrelazaron de inmediato, un contacto que envió una oleada de calidez a través de él.

—Sí, mi amor —murmuró, apretando esa mano con devoción antes de inclinarse para besar las cabecitas alborotadas de los gemelos, quienes estaban junto a él—. Me alegra estar con ustedes.

🌷

El domingo amaneció con esa luz especial que sólo tienen los días de descanso. Jake lo sabía. Por eso, cuando sonó el despertador a las ocho de la mañana, ya llevaba veinte minutos despierto, escuchando los primeros sonidos del día. Ni-ki había empezado a gimotear en su cuna a las siete y media, exactamente a la misma hora que todos los días. Lo había cogido, lo había alimentado en la mecedora mientras el cielo clareaba, y lo había vuelto a dejar en la cuna con la esperanza de que volviera a dormirse. Algo que no hizo.

A las ocho y cuarto, los gemelos comenzaron a moverse en su habitación. Jake los oyó a través del monitor. Había iniciado con murmullos, luego unas risitas, después el sonido de algo cayendo al suelo. Probablemente el libro de cuentos que siempre dejaban en el borde de la cama.

A las ocho y media, Heeseung seguía dormido. El omega lo miró desde la puerta del baño, donde estaba cepillándose los dientes. Su alfa estaba estirado boca abajo en la cama, con un brazo colgando y el otro debajo de la almohada. El cabello negro le cubría media cara, y respiraba con tranquilidad. Heeseung había llegado a casa pasada la una de la madrugada, después de una sesión de grabación que se había alargado más de la cuenta. Se había colado en la cama con sigilo, pero Jake, que dormía siempre con un oído alerta, lo había notado en seguida y se había acurrucado contra su espalda sin abrir los ojos.

Ahora, mirándolo dormir, el omega sintió esa punzada de ternura que le atravesaba el pecho cada vez que veía a su alfa dormir. Heeseung era un hombre grande con una presencia imponente, pero en la cama, con el pijama arrugado y la boca entreabierta, parecía un cachorro más.

—Que duermas un poco más —murmuró, escupiendo la pasta de dientes—. Yo me encargo de los cachorros.

Salió del dormitorio con cuidado, cerrando la puerta sin hacer ruido, y se enfrentó al pasillo. Del cuarto de los gemelos salían voces cada vez más altas. De la habitación de Ni-ki, protestas cada vez más insistentes. Jake inspiró hondo. Otro día comenzaba.

—¡Papi! —Sunoo apareció en la puerta de su cuarto, el pijama de ositos desabrochado y el pelo hecho un nido—. ¡Wonie dice que es domingo pero es lunes y él dice que no!

Jungwon asomó la cabeza por detrás de su hermano, con una expresión cansada y soñolienta.— Es domingo. Lo sé porque hoy papá no va a trabajar.

—Papá siempre trabaja —insistió Sunoo, frunciendo el ceño.

—No trabaja los domingos.

—Sí trabaja.

—No.

—Sí.

—¡Papi! —gritaron al mismo tiempo.

El omega se llevó un dedo a los labios.

—Papá está durmiendo —susurró—. Anoche trabajó mucho y necesita descansar. Así que ustedes van a ser muy buenos y muy callados, ¿sí?

Los gemelos asintieron.

—Y es domingo —confirmó, acariciando el cabello de Sunoo—. Wonie tiene razón.

Sunoo hizo un puchero, pero antes de que pudiera quejarse, el llanto de Ni-ki se intensificó, reclamando atención. Queriendo a su padre omega con él.

—Vengan —el rubio cogió una mano de cada gemelo—. Vamos por Riki y luego desayunamos. Hoy saldremos.

—¿Salir? —preguntó Jungwon, con los ojos brillando de interés.

—Iremos a hacer la compra semanal.

El entusiasmo de los gemelos fue inmediato. Sunoo empezó a saltar en el sitio, olvidando por completo la discusión sobre los días de la semana. Jungwon, más contenido, apretó los labios en una sonrisa que no podía disimular.

—¿Vamos al súper grande? —preguntó—. ¿El que tiene carritos?

—Sí —respondió, abriendo la puerta de la habitación de Ni-ki—. Al que tiene carritos.

—¡Ta! —El pequeño bebé, al ver entrar a su padre, dejó de llorar y extendió los brazos con esa desesperación. El omega lo levantó, lo olió, y confirmó sus sospechas.

—Necesitas cambio de pañal, pequeño monstruo —anunció—. Y luego desayuno. ¿Me esperan en su habitación mientras tanto?

—Yo quiero ayudar —dijo Sunoo, plantándose en medio de la habitación.

—Yo también —añadió Jungwon.

Jake los miró. Luego miró a Ni-ki, que ya empezaba a retorcerse impaciente. Luego pensó el pañal sucio esperando ser cambiado.

—Vale —cedió—. Wonie, tráeme el pañal limpio de debajo del cambiador. Sun, busca las toallitas. Sin correr.

Los gemelos obedecieron emocionados por participar en algo que consideraban importante. En menos de dos minutos, Jake tenía todo lo necesario, con sus dos pequeños ayudantes mirando fascinados el proceso como si fuera la primera vez que lo veían.

—¿A los bebés les duele cuando les cambian el pañal? —preguntó Sunoo, con curiosidad.

—No, cariño. Solo si no lo haces bien.

—¿A nosotros nos cambiabas el pañal?

—Bastantes veces —respondió con una sonrisa, limpiando a Ni-ki delicadamente—. Eran dos. Menos mal que papá ayudaba mucho.

—¿Papá sabe cambiar pañales? —preguntó Jungwon, incrédulo.

—Claro que sí, mi amor.

Los gemelos intercambiaron una mirada que Jake no supo interpretar, pero que intuyó que significaba que su imagen de Heeseung como ser todopoderoso se consolidaba más.

Con Ni-ki limpio, vestido y algo más calmado, todos se trasladaron a la cocina. El rubio sentó al bebé en su trona mientras los gemelos trepaban a sus sillas.

—¿Qué quieren desayunar? —preguntó, abriendo la nevera.

—¡Galletas! —gritó Sunoo.

—No.

—¡Zumo!

—Después.

—¡Cereales!

—También después. —revisó los alimentos que habían en la nevera y en el mesón—. Bueno, un poco de yogurt con mango y huevitos revueltos, ¿están de acuerdo?

Sunoo suspiró no tan emocionado pero asintió, solamente porque amaba el mango. Jungwon, más pragmático, ya estaba colocando su plato y su taza. Esperando a que su padre omega le diera los alimentos. El desayuno transcurrió con calma. Los gemelos comieron sin demasiada protesta, Ni-ki se embadurnó la cara con puré de pera, y Jake logró beberse un café.

Eran casi las diez cuando Heeseung apareció en la cocina, con el pelo mojado de la ducha y una camiseta blanca con pantalones gris sueltos. Los gemelos, al verlo, abandonaron la mesa y corrieron hacia él.

—¡Papá!

—¡Buenos días!

—¡Da!

Heeseung se agachó para recibir a sus pequeños terremotos, riendo mientras los dos menores se colgaban de su cuello.

—Buenos días, monstruitos. ¿Han despertado a papi muy temprano?

—¡No! —protestó Sunoo—. Nosotros somos buenos.

—Somos buenos —repitió Jungwon, asintiendo.

Heeseung miró a Jake por encima de sus cabezas, una ceja arqueada en clara pregunta. El omega se encogió de hombros, sonriendo.— Han sido razonablemente buenos —confirmó—. No han roto nada.

—Un diez sobre diez, entonces.

Heeseung se acercó a Jake, quien estaba recogiendo los platos del desayuno, y le dio un beso en la coronilla. El omega se relajó contra él un momento, antes de que Ni-ki empezara a reclamar atención.

—Hueles increíble —murmuró Heeseung contra su pelo y luego bajó a su cuello.— Me encantas.

—Tú también hueles bien —respondió.

—Para ti.

—Mentira. Es porque sabes que hoy vamos a salir y quieres estar guapo para las cajeras. —rodeó los ojos, y se alejó un poco. Aunque justo a tiempo, antes de alejarse más, el pelinegro lo trajo a su pecho y lo abrazó fuertemente.

—Solo me interesas tú, mi vida. —le besó las mejillas y acarició con la yema de sus dedos su cintura.— Además, las cajeras ni me miran. Solo me miran los omegas.

—Peor aún.

Ambos rieron. Luego, Ni-ki empezó a reclamar atención, y el alfa dejó un corto beso en los labios de su parejas, para después tomar en brazos a su cachorro más pequeño.

La mañana continuó. Jake hizo una lista de las compras en una libreta que tenía imantada en la nevera, consultando los cajones para ver qué faltaba. Heeseung se encargó de vestir a los gemelos, lo que resultó en Jungwon con los calcetines cambiados y Sunoo con la camiseta al revés, pero ambos felices y, lo más importante, vestidos. Aunque al final, el omega tuvo ajustar sus vestimenta correctamente. Ni-ki fue el último en estar listo. Jake lo vistió con un mono café claro que le hacía juego con los ojos, y le puso un gorrito para protegerse del leve frío, que aunque no era elevado, sí molestaba.

Salieron de casa pasadas las once. Heeseung llevaba de la mano a los gemelos. Mientras, Jake llevaba a Ni-ki en su portabebés. En la calle, el paisaje reflejaba el otoño. Hojas secas crujían bajo los pies, y el sol, aunque pálido, conseguía calentar un poco. Caminaron hasta el vehículo, dónde el alfa subió a los menores en sus asientos correspondientes. Después, procedió abrir la puerta para que su omega subiera junto al bebé y cuando ya estaban todos, procedió a subir en el asiento del conductor para empezar a andar hacia su destino.

—Papá —dijo Jungwon de repente, mirando por la ventana—. ¿Por qué las hojas se caen?

—Porque el invierno está por llegar—respondió—. Los árboles se preparan para el frío.

—¿Y les duele?

—No, creo que no. Es como si se mudaran de ropa.

—Ah —Jungwon asintió, procesando la información—. Como cuando nosotros nos cambiamos de camiseta.

—Exacto.

Así continuaron conversando, hasta que llegaron al supermercado. El alfa estacionó el vehículo y con cuidado ayudó a bajar a los gemelos. Para después ayudar a su omega con Ni-ki. Los domingos por la mañana, el lugar solía llenarse un poco. Así que no fue sorpresa al ingresar y ver a varios padres con niños en los carritos, parejas jóvenes discutiendo sobre marcas, ancianos que aprovechaban para pasear y comprar. Heeseung cogió un carrito grande, de esos que tienen un asiento para niños. Los gemelos, al verlo, empezaron a saltar emocionados.

—¡Yo quiero! —gritó Sunoo.

—Yo también —dijo Jungwon.

—Nos turnamos —intervino Jake con autoridad—. Primero Jungwon, luego Sunoo.

Los gemelos aceptaron, Jungwon con ayuda de su padre alfa fue subido al asiento. Sunoo se conformó con caminar, agarrando la mano de su padre y así pudo hacerle varias preguntas cada dos segundos.

Ni-ki iba junto Jake, murmurando cosas incomprensibles pero que al omega le encantaba presenciar. Desde esa posición el menor veía todo y que, por experiencia, garantizaba al menos veinte minutos de tranquilidad antes de que empezara a quejarse.

—Vale —dijo Jake, desplegando la lista—. Primero, fruta y verdura.

La sección de frutas y verduras era, para los gemelos, una sección favorita. Jungwon señalaba cada cosa preguntando su nombre, y Heeseung respondía con paciencia mientras el omega seleccionaba fresas, mangos, manzanas y peras. Sunoo, desde su lugar, estiraba el cuello para verlo todo, y cuando identificaba algo conocido, gritaba su nombre como si hubiera descubierto un tesoro.

—¡Tomates! —gritó—. ¡Los odio!

—No se odia la comida, mi amor —corrigió Jake—. Se dice “no me gustan mucho”.

—No me gustan mucho —repitió el menor—. Pero los odio.

Heeseung rió, y Jake no pudo evitar sonreír. El niño tenía bastante personalidad.

Pasaron por la sección de lácteos, donde Ni-ki se emocionó al ver los yogures y empezó a patalear con fuerza, exigiendo que le dieran uno. Jake lo calmó prometiéndole que en casa, y el bebé aceptó con un gruñido que resultó tan gracioso que una señora mayor que pasaba por allí se detuvo a mirarlos.

—Qué bonita familia —dijo, sonriendo—. Y qué niños tan lindos.

—Gracias —respondió Heeseung educadamente, acompañando su comentario con una sonrisa.

—Son gemelos, ¿verdad? —señaló a Sunoo y Jungwon—. Se nota.

—Sí, tienen seis años.

La señora asintió, como si hubiera confirmado algo importante.— ¿Y ese pequeñín todo guapo?

—Tiene diez meses.

La mujer sonrió. El pequeño Ni-ki era todo un cachorro encantador y querido, por cualquier persona que lo conociera.

—Cuídelos mucho —dijo, dirigiéndose al alfa—. Tienes una familia hermosa. Los niños crecen muy rápido.

Ambos padres asintieron y se despidieron de la mujer. Y se fue, dejando tras de sí un pequeño silencio que el rubio rompió cogiendo una caja de leche.— La gente siempre nos dice eso.

—Porque es verdad —respondió Heeseung—. Mira a estos dos —señaló a los gemelos—. Parece que fue ayer cuando gateaban y ahora no paran de hablar.

—Yo no gateaba —protestó Jungwon—. Yo siempre caminé.

—No es cierto —dijo Sunoo—. Tú gateabas, yo te vi.

—¡No!

—¡Sí!

—¡Que no!

—¡Que sí!

—Chicos —intervino Jake—. Miren, galletas.

La distracción funcionó. Los gemelos olvidaron inmediatamente la discusión para centrarse en la sección de galletas, donde Jake les permitió elegir una caja cada uno con la condición de que fueran de las que no tenían chocolate ni demasiado azúcar. Sunoo eligió unas de leche con forma de animalitos. En cambio, Jungwon unas de avena que a Jake le parecían demasiado rara para un niño de seis años, pero que a él le encantaban, entonces no importaba.

—Son como las que come papá —explicó Jungwon, enseñándole la caja al alfa.

—Exactamente —confirmó—. Son mis favoritas.

Jungwon sonrió con orgullo y timidez que le salía cuando hacía algo que relacionaba con su papá. Jake sintió que el corazón se le derretía un poco.

La compra continuó: pasta, arroz, legumbres y conservas. En la sección de limpieza, los gemelos se aburrieron, así que Heeseung se entretuvo haciéndoles preguntas sobre los colores de los envases para mantenerlos distraídos. Ni-ki, mientras tanto, empezaba a dar señales de cansancio, frotándose los ojos contra el pecho de Jake y gimoteando bajito.

—Ya casi terminamos, mi amor —dijo Jake, mientras veía la lista y acariciaba la espalda de su pequeño—. Sólo falta la carne y el pescado.

—Yo voy a por la carne y pescado —ofreció Heeseung—. Tú quédate aquí con Riki. Yo iré con los gemelos. Nos vemos en la sección de embutidos.

Se separaron unos minutos, un breve momento que Jake aprovechó para cambiar a Ni-ki de posición en sus brazos, acomodándolo mejor contra su pecho. El bebé, balbuceó en un jadeo suave mientras Jake le acercaba el biberón a los labios. Un chorrito de agua fresca calmó su llantito, y Ni-ki succionó con avidez, sus ojos entrecerrados luchando tenazmente contra el sueño que lo reclamaba.

—Ta... —llamó bajito, luego de terminar su agua. Sus ojitos estaban todo brillantes y un puchero adorable se formó en sus labios.

—¿Qué ocurre, mi amor? ¿Tienes sueño? —murmuró, deteniéndose para observarlo con una sonrisa enternecida. Acarició su cabecita cubierta de mechones suaves y oscuros, sintiendo el calor de su piel bajo las yemas de los dedos—. ¿Quieres que papi te acaricie la cabeza?

—¡Ta! —rió de pronto, dejando a la vista un pequeño diente, como un granito de arroz. Jake sintió que su corazón se derretía por completo. La ternura lo invadió, mientras seguía acariciándolo con amor.

—Eres todo un consentido, ¿eh? —susurró, inclinándose para besar su cabecita, inhalando ese aroma único a talco y leche que lo envolvía todo. Ni-ki se acurrucó más contra él, satisfecho, y reanudaron su andar.

Cuando se reencontraron en la sección de embutidos, Heeseung traía el carrito con los gemelos ya cambiado de los asientos, ahora era Jungwon quien caminaba de la mano junto al alfa y Sunoo, iba sentado en el carrito.

—He encontrado pollo en oferta —anunció—. Y carne picada para hacer albóndigas.

—¿Albóndigas? —los ojos de Sunoo se iluminaron—. ¿Hay albóndigas hoy?

—No, bebé —respondió Jake—. Vamos a cenar fuera, ¿recuerdan?

Los gemelos se quedaron en blanco por un momento, y luego la emoción los golpeó, ya que habían olvidado esa información. Soltaron un grito de alegría que hizo que varios clientes del supermercado se giraran a mirarlos.

—Hay que portarse bien —advirtió Heeseung—. No estén gritando.

Rápidamente los menores pararon de gritar.

—Nos portaremos bien —prometió Jungwon.

—Yo también —dijo Sunoo, aunque su tono era menos convincente.

Terminaron la compra con los gemelos en un estado de felicidad creciente que Jake sabía que acabaría en cansancio antes de la cena, pero decidió no preocuparse por eso todavía. En la caja, primero bajaron a Sunoo del carrito, luego mientras Heeseung pagaba, él guardaba las bolsas. Ni-ki se durmió por fin, vencido por el sueño y el movimiento constante.

—Dormido —susurró Jake, señalando al bebé.

Heeseung asintió, bajando también la voz.— Menos mal. Le hacía falta.

Salieron del supermercado con cuatro bolsas enormes que Heeseung se empeñó en cargar él solo. Jake llevaba a Ni-ki en el portabebés y una sonrisa de satisfacción por haber completado la compra sin incidentes graves. El mayor dejó las bolsas en la parte trasera del vehículo, para después ayudar a los gemelos a subir y sentarse en sus asientos. Nuevamente, ayudó a su omega a subir, pero en esta ocasión, Jake le pidió que le ayudara quitando el portabebés, porque quería llevar a Ni-ki en sus brazos. Entonces con cuidado de no perturbar el sueño del menor, lograron quitar el objeto y recostar al bebé contra el pecho cálido de su padre.

El camino de vuelta fue más lento. Los gemelos, después de la euforia inicial, empezaban a dar muestras de cansancio. Sunoo se quejaba del sueño. Jungwon bostezaba cada dos minutos, aunque negaba estar cansado.

—Cuando lleguemos a casa —dijo Heeseung—, almuerzan y tendrán una siesta.

—¿Siesta? —protestó Sunoo—. Yo no quiero siesta.

—Yo tampoco —secundó Jungwon.

—La necesitarán —indicó Heeseung con una calma—. Pues quién no quiera siesta se quedará conmigo recogiendo la compra y ayudando a preparar la comida.

Los gemelos se miraron, procesando las palabras de su padre. Recoger las compras y guardar sonaba aburrido. Preparar la comida sonaba interesante. Pero dormir era para bebés.

—Yo ayudo —decidió Jungwon.

—Yo también —dijo Sunoo, aunque con menos convicción.

Jake sonrió para sus adentros. Heeseung conocía bien a sus hijos.

En casa, la rutina se desplegó. Jake acostó a Ni-ki en su cuna mientras Heeseung repartía las bolsas en la cocina y los gemelos, fieles a su palabra, ayudaban sacando cosas de las bolsas y dejándolas en su sitio. La comida fue rápida, pollo al curry que los gemelos devoraron con un apetito feroz, producto del gasto energético de la mañana. Ni-ki, recién despertado de su minisiesta, comió su puré con la ayuda de Jake, que alternaba cucharadas con bocados de su propio plato.

Después de comer, los gemelos se fueron a su habitación a jugar y Heeseung se quedó con Ni-ki, ya que el menor estaba bastante concentrado viendo televisión con su padre. Mientras, Jake se quedó en la cocina lavando los platos y arreglando algunas cosas. Luego de varios minutos, los gemelos, cayeron en una siesta como troncos durante dos horas. Ni-ki hizo lo mismo en el pecho de su padre alfa. Aunque luego, lo llevó a su habitación y fue recostado en su cuna. Dejando a Jake y Heeseung, tumbados en el sofá, disfrutaron del pequeño momento que tenían para ambos.

—¿A qué restaurante vamos? —preguntó Jake, con la cabeza apoyada en el hombro del alfa.

—Al italiano ese que te gusta.

—¿El del centro?

—Sí, mi amor.

El rubio sonrió, acurrucándose más contra él.

—Lo has planeado todo.

—Siempre lo planeo todo. Soy un alfa previsor.

—Y uno sensible.

—También. Pero no sé lo digas a nadie.

Pasaron la tarde en esa calma, viendo una película en el sofá con el volumen bajo, atendiendo a los niños cuando se despertaban escalonadamente. A las seis, Jake empezó a prepararlos para la salida. No sin antes estar listo él.

La ducha de los gemelos requirió la intervención de Heeseung para evitar que el baño acabara inundado. Jungwon se dejó lavar el cabello y Sunoo puso el grito en el cielo cuando el champú le rozó un ojo, y pasaron cinco minutos consolándolo.

Vestirlos fue otra aventura. Jake había preparado ropa bonita pero cómoda: jerséis de colores suaves y pantalones vaqueros. Sunoo se empeñó en llevar su camiseta favorita de dinosaurios debajo del jersey, y Jake cedió porque no se veía y porque no merecía la pena la batalla. Jungwon aceptó su atuendo sin discusión, pero exigió llevar su reloj de juguete, ese que le había regalado su padre y que no marcaba la hora pero que él adoraba.

Ni-ki fue el más fácil, un mono de terciopelo granate que le había regalado la abuela, y unos patucos calentitos. Cuando Jake lo tuvo listo, parecía un muñeco, con sus mejillas sonrosadas y sus ojos brillantes.

Heeseung fue el último en prepararse. Salió del dormitorio con una camisa oscura y vaqueros, el pelo todavía húmedo peinado hacia atrás. Jake lo miró y sintió ese cosquilleo que todavía le recorría el estómago después de nueve años juntos.

—Estás guapo —dijo, y movió sutilmente sus pestañas, porque sabía que a su alfa le gustaba.

—Tú también —respondió, y Jake supo que lo decía de verdad.

Salieron de casa a las siete y media. El restaurante estaba un poco lejos, así que decidieron volver a coger el vehículo para llegar rápido y sin problema. En el vehículo, los gemelos iban en sus sillas, discutiendo sobre qué iban a pedir. Sunoo quería pizza. Jungwon quería pasta. Discutieron durante todo el trayecto, hasta que Heeseung propuso que pidieran ambas, y así los dos comerían de todo.

—Eso es buena idea —dijo Jungwon, aprobando.

—Sí —aceptó Sunoo—. Pero yo quiero más pizza.

—No, más pasta.

—¡Papá!

—Compartan —sentenció Heeseung—. O no hay postre.

El silencio fue inmediato. Ambos solo optaron por asentir y Jake rió por la situación. El restaurante era acogedor, con luces cálidas y paredes de ladrillo visto. Olía a tomate y a albahaca, a pan con ajo y a esa mezcla de especias. El dueño, un italiano de mediana edad llamado Marco, los reconoció en seguida y les preparó su mesa habitual.

—Siempre tan considerado —dijo Jake, sentándose con Ni-ki en brazos.

—Para ustedes, todo —respondió Marco con su acento cantarín—. Y estos pequeños —señaló a los gemelos—, ¿qué van a comer hoy?

—¡Pizza! —gritó Sunoo.

—¡Pasta! —gritó Jungwon.

Marco rió, una risa sonora que llenó el rincón.

—Ambas opciones —comentó Heeseung.— De mi parte, también pasta ¿Y tú mi amor?

El omega pensó mientras leía el menú.—Ravioles rellenos y, ¿tienen puré de calabaza? —Marco asintió—. Entonces, también.

El beta asintió y se alejó. Heeseung ayudó a Jake a instalar a Ni-ki en la trona, un artefacto alto con bandeja que el pequeño inspeccionó con desconfianza antes de aceptar su destino. Jake le puso el babero y le dio un trozo de pan para que se entretuviera mientras llegaba la comida.

El restaurante se fue llenando poco a poco. Familias, parejas y grupos de amigos. El ruido de fondo era agradable, ese murmullo de conversaciones y risas que hace que cenar fuera sea especial. Los gemelos, fascinados, miraban todo. Las lámparas de hierro forjado, los cuadros de paisajes italianos y los camareros moviéndose con bandejas.

—¿Por qué hay tantas velas? —preguntó Jungwon, señalando las de su mesa.

—Porque dan ambiente —respondió Heeseung.

—¿Qué es ambiente?

—Es... cómo decirlo... hace que todo sea más bonito.

Jungwon asintió, pero Jake vio en su cara que no había entendido nada, algo que le causó gracia.

Llegó la comida. Una pizza margarita gigante, cortada en porciones, y un plato de spaghetti a la carbonara que olía de maravilla. Heeseung sirvió a los gemelos en sus platos, vigilando que no se quemaran. Sunoo atacó la pizza con entusiasmo, manchándose la cara casi inmediatamente. Jungwon, más meticuloso, enredó los spaghetti en el tenedor una y otra vez hasta conseguir un bocado perfecto.

Ni-ki, desde su trona, quería también comer, así que tiraba manotazos y gruñidos.— ¡Ta! —Jake le dio un poco del puré, que el bebé aceptó con avidez. Encantado por el sabor.

—Menudo espectáculo —murmuró Heeseung, mientras comía un poco de spaghetti de su plato.

—Somos la atracción principal —respondió Jake, limpiando la boca de Ni-ki con una servilleta.

—Una familia encantadora.

Jake lo miró, sorprendido por su comentario.

—¿Encantadora?

—Sí —afirmó Heeseung—. Porque es nuestra.

Y Jake no supo qué decir a eso, así que se inclinó sobre la mesa y le dio un beso, corto pero lleno de todo lo que no necesitaba palabras.

—Qué asco —dijo Sunoo con la boca llena de pizza—. Papi y papá se dan besos.

—Tú también darás besos cuando seas grande —inquirió juguetón Heeseung.

—Yo no. Los besos tienen babas.

—Tu tienes mucha baba —apuntó Jungwon.

—¡Mi baba no cuentan!

La cena continuó entre risas, más comida de la que podían terminar, y la constante vigilancia de Ni-ki, que amenazaba con tirar todo lo que estaba a su alcance. Jake logró interceptar un vaso de agua a punto de volcarse, y Heeseung atrapó al vuelo un trozo de pan que el pequeño había lanzado.

Cuando llegó el momento del postre, los gemelos estaban tan cansados que apenas podían mantener los ojos abiertos. Aun así, pidieron panna cotta para ambos y tiramisú para los mayores. Ni-ki, vencido por el sueño, fue sacado de la trona y se quedó dormido en brazos de Jake, su cabeza apoyada contra su pecho, la boca entreabierta y las manos formando puñitos.

—Deberíamos irnos —dijo Jake en voz baja.

—Sí —asintió Heeseung, haciendo señas al camarero para pedir la cuenta.

Pagaron, recogieron, abrigaron a los niños y salieron del restaurante. En el vehículo, los gemelos se durmieron antes de salir del aparcamiento, sus cabezas inclinadas en ángulos no tan cómodos contra los reposacabezas de sus sillas.

El viaje de vuelta fue silencioso. Jake, con Ni-ki todavía dormido en brazos, miró por la ventana las luces de la ciudad, los escaparates iluminados y la gente paseando.

—¿En qué piensas? —preguntó el pelinegro, sin apartar la vista de la carretera.

—En que tenemos suerte.

—¿Suerte?

—Sí. De tener esto. Esta familia.

Heeseung sonrió, esa sonrisa tranquila que Jake conocía tan bien. El alfa extendió una mano y Jake la tomó, entrelazando sus dedos por encima del cambio de marchas. Así, cogidos de la mano, llegaron a casa.