One Shot
¿Cómo decidir qué hacer cuando estás en medio de lo que deseas y amas hacer y aquello que debes hacer para vivir la rutina maldita que cada mella más en ti las ganas de sonreír y ser feliz?
Creo que a todos nos llega el momento en el que sentados con la mirada fija en el horizonte nos preguntamos ¿Acaso era esto lo que tanto deseaba? ¿Es este el lugar dónde quiero estar? ¿Es esta la vida que quiero llevar? Y la más importante de todas ¿Cómo terminé en este laberinto sin salida una vez más? Y por más que gritemos y nos movamos en círculos una vez más ninguna de esas preguntas tiene respuesta.
Al mirar atrás puedo ver miles de libros por escribir, miles de anécdotas por contar, historias felices, otras no tanto, algunas comedias y otras tragicomedias. Creíbles o increíbles pero todas ellas listas para soñar con algún día verlas plasmadas en un papel, verlas en un sitio de ventas electrónicas o quizás y si soñamos aún más grande por qué no verla convertida en una tira de televisión o en aquel canal de series y películas tan famoso.
La verdad es que viendo a mi yo de unos siete u ocho años veo a una pequeña soñadora que iba dando tumbos y golpes a lo que sea para llegar a su meta, sin miedo al éxito como dice una frase muy utilizada por la Generación X o como se los llame a los chicos de ahora y me veo ahora, sentada tras un escritorio, viviendo para trabajar, trabajando para comer y comiendo para vivir y esa es la bendita noria en la que giro constantemente, donde la monotonía y el aburrimiento son los condimentos principales de la salsa en la que me revuelco.
¿Dónde quedó mi sueño de ser cantante?¿El de ser actriz? ¿Escritora? En meros Pseudo o dizque, porque nada de eso soy realmente y durante muchos años culpé a las personas equivocadas, mi madre, mi padre que no estuvieron ni me apoyaron, mis amigos, bah, “amigos” no lo eran si se la pasaban criticando o burlándose ¿o me equivoco?.
La única culpable o no sé si llamarme culpable, la verdad aún no encuentro la palabra, era yo por dejar que todo lo que me decían me afectara de tal manera que dejé definitivamente de lado todo aquello que me gustaba hacer por unirme a la “sociedad y sus dizque está bien” estilo de vida.
Y aquí estoy, tras un escritorio, con un lápiz en la boca, dando mil vueltas a algo que por no hablar tengo que ver y aguantar a diario generando en mí la bendita pregunta “¿Y si hubiera?” creo que el suspiro que saldrá será el número un millón...
-Soñando despierta otra vez- gruñe alguien a mi espalda y mi nube vuela tan lejos como siempre.
Juro que la próxima vez que lo haga lo mato.
-¿Permiso? A modo de información estaba soñando algo bonito e importante hasta que llegaste ¿Sabías?- dije fingiendo molestia señalándolo con el lápiz.
-¿A que si? Pues por lo rojo de tus mejillas debe haber estado interesante- contesta sonriendo arrogante dejando la pila de expedientes por corregir en mi escritorio.
-¡¿En tus sueños?! Serás mal pensado tú. ¿Y esto?- pregunto antes de que la única vista que tenga de él sea su imponente espalda.
-Un presente de nuestro querido jefe, dice que para que sueñes con él más seguido- contestó con un guiño.
-Solo a su mente se le pasaría eso, apuesto mil pesos a que fuiste tu quien no quiso redactar los informes y no se te ocurrió mejor idea que molestar a tu vieja amiga- “amiga” empezaba a odiar esa palabra.
-¿Cómo me descubriste?- preguntó con una mano en el corazón.
-O es eso o no puedes estar un minuto sin verme- contesté haciendo una mueca tomando uno de los expedientes en mis manos.
Lo veo por el rabillo girarse hacia la puerta de mi oficina.
-Y sé que tú darías lo que fuera por verme más seguido- replica sin girar a verme.
-Ya quisieras tú que eso fuera verdad- mascullo sonrojada.
Su ronca risa es lo último que oigo de él antes de oír cerrarse la puerta de mi oficina.
Es una rutina en la que estamos sumidos desde hace ya cuatro años, cuando juntos culminamos nuestros estudios en la universidad y decidimos tomar la vacante de practicante en contabilidad en una empresa automotriz.
Pablo y yo siempre hicimos este tipo de bromas, más de uno bromeaba canturreando al vernos juntos “Pablo y Lía juntos de la mano” y ya saben el resto de la canción y la mera verdad es que cualquier mujer hubiera caído por él, no sólo por su físico tan privilegiado sino por lo que él es y representa en toda su persona, calidez y bondad.
Pablo y yo somos el típico cliché de amigos, nos conocimos desde pequeños, honestamente nacimos en el mismo lugar y ahora que lo pienso jamás he salido de la ciudad en la que vivo, joder, darme cuenta de eso es un poco molesto, o sea, ¿en verdad en todos estos años no he sido capaz de pagar un boleto de autobus para salir a recorrer mi país?
Y si me preguntan no tengo la más mínima idea de cuando fue que comencé a verlo como algo más, ¿Habrá sido en la época de las hormonas rebeldes? ¿Cuándo comenzó a crecer su barba y esos ojos y esa voz dejaron de ser la de mi amigo de infancia? Es que no les puedo explicar lo que ha sido el cambio de este hombre, realmente, fue... uff.
Su mirada profunda, que junto con el negro azabache de sus ojos, su cabello castaño con un corte “sombreado”, ese cuerpo que dejó de ser el flacucho para ser uno más robusto dejando ver lo que las horas de gimnasio lo habían favorecido. Puedo pasarme horas describiendo uno por uno sus cientos de cualidades.
¡Y su voz! Joder con su voz... escalofríos y no específicamente por miedo es lo que me hace sentir, sin lugar a dudas y con el perdón de la palabra un completo moja bragas.
Es que todo Pablo es puro sex appeal andante y toda una tentación desde hace muchos años. Y la verdad es que, pues, siendo honesta, no sé él pero llevo años convenciéndome y repitiéndome hasta el cansancio de que es solamente la costumbre lo que me tiene atada a su amistad, purita y merita costumbre, nada más, no más, nada más.
-Y sigues en la misma posición en la que te deje hace más de una hora- maldita voz y cerca de mi oído.
Estoy perdida, loca perdida, no gires, no gires.
-¡Ya debes dejar de hacer eso por el amor de Dios!- grito asustada al verlo pegado a mi rostro sonriendo arrogante.
Mierda, te dije que no gires.
Ya lo sé cerebro pero en mi defensa ¿Cuándo te hice caso o al menos te he oído estando Pablo presente?
-Es que no cambias más Lía, pero hay días en los que realmente te pierdes en tus pensamientos- ríe apoyando su cuerpo sobre mi escritorio.
-Es que hay días en los que realmente me siento atrapada en esta rutina y no le veo el sentido a seguir girando en ella- digo dejándome caer por completo en mi silla.
-A ver Lía, mírame- ordena girándome con todo y silla hacia él.
Y no quiero hacerlo, no puedo hacerlo, cada vez que él me ve de esa manera creo que puede ver lo que pienso y no quiero que lo haga, tengo miedo de perderlo si lo hace. Que vea que la rutina a la que realmente me refiero no es realmente aquella de la vida sino aquella que lo tiene a él como único protagonista.
-¿Otra vez Pablo?- digo tratando de tomar un expediente.
-Otra vez Lía- replica tomando mi mano evitando que llegue a mi objetivo.
Y ahí está, esa misma sensación que me envuelve y me llena cada vez que al menos roza su mano con alguna parte de mi cuerpo. Me llena, me siento plena y deseo tanto que no me suelte que el vacío que siento al sentir que aleja su mano de la mía duele.
No es que el contacto con Pablo sea nulo, hasta hemos dormido juntos muchas veces, abrazados, o bueno, aquí entre nos, él ha dormido muchas veces mientras yo lo veía con embeleso grabando en mi retina y mi memoria cada detalle de su rostro, rozando apenas con mi dedo su nariz, sus labios carnosos y rosados que tanto quería probar.
Sacudí mi cabeza espabilando viéndolo nuevamente frente a mí.
-Ya déjalo estar Pablo, es sólo un lapsus, ya me pongo en marcha, sé que estos expedientes son importantes para tu ascenso- digo intentando ponerme de pie.
-Te quedas y lo hablamos, eres mi amiga y no quiero verte así- y allí está la maldita frase que me atormenta hace seis meses.
-Debes dejar de hacer esto, Raquel va molestarse nuevamente y puedo perder mi trabajo por ello y realmente necesito pagar mi alquiler y mis muchas comidas- replico forzando mi cuerpo contra sus manos en mis hombros.
-No Lía, ya basta y dime qué diablos pasa contigo de una vez- gruñe cerca de mi rostro.
¿Qué sucede conmigo? A ver, pasa que llevo enamorada de ti, digamos unos veintiocho años y no me animo a decírtelo porque me siento poca cosa a tu lado, me siento tan común y reemplazable que tengo miedo de perderte como amigo y no soportar el dolor ¡Que te amo maldito imbécil! Está bien, quitemos lo de maldito imbécil, que no lo es para nada. La imbécil soy yo por no hablar, por cobarde, por no arriesgar.
-Es mi culpa- digo suspirando rendida.
-¿Qué?- su rostro es de sorpresa.
-Que es mi culpa mi estado, yo me lo busqué y yo me lo aguanto, ¿Cuánto tiempo llevamos conociéndonos y siendo amigos?- me aventuro a preguntar.
A ver, probemos su inteligencia y capacidad de jugar adivina adivinador.
-Desde que salimos de la panza de nuestras madres y vivimos en el mismo vecindario compartiendo todo- dijo mientras ponía su mano sobre su rodilla.
-Años, necesito números niño listo- volví a atacar porque sentía que tendría un ataque verbal como no siguiera el guión que había inventado en mi mente.
-¿Años? ¿A qué viene todo esto?- pregunta extrañado pero sin separar un centímetro su rostro del mío.
-¿Hace cuánto conoces a Raquel?- eleva una ceja sin entender lo que voy a decir.
-Ocho meses, ¿Qué con eso?- vuelve a preguntar.
-Veintiocho- digo suspirando hablando más para mí misma.
-¿Qué?- ya me saca de quicio.
-Veintiocho años, dieciocho para ser más exactos desde que...- y la cobarde en mí vuelve a ganar y callo por completo.
Sin darme cuenta mi mano acaricia su incipiente barba y sonrío. Aunque la verdad es que quiero llorar, por perderlo y seguir siendo la misma cobarde de siempre y callar por miedo a perder lo último que puedo tener de él, su amistad.
Una vez más callo todo y poniéndome de pie doy por finalizada la conversación rodeando el escritorio para alcanzar la puerta, necesito alejarme de él, hoy no es un buen día, recuerdos, preguntas, no es un buen día para hablar Lía, huye.
-Ah no, así no, otra vez no- lo oigo decir mientras toma mi mano aprisionándome contra la puerta.
-¡Pablo!- mi corazón no soportará y cometerá una locura.
Me conozco, y siento mi garganta escocer de todo lo que deseo gritarle a la cara, de las ganas que traigo de besarlo hasta saciarme, de abrazarlo y perderme entre sus brazos, de amarlo sin más miedos ni dudas.
-No Lía, basta de excusas, de historias, de todo, termina lo que iniciaste, ¡Habla de una vez con un demonio!- habla tan exasperado que me sorprende.
Lo siento cernir su cuerpo sobre el mío, a pesar de estar a centímetros, escasos por cierto, siento el calor de su cuerpo abrazar el mío, su respiración y su aliento mentolado mezclarse con el mío. Joder, mi cerebro sufrirá un colapso si esto continúa de esta manera.
Su mano haciendo presión sobre la mía y su pecho subiendo y bajando agitado me nublan la vista o eso creía hasta que comprendí que eran mis lágrimas las culpables de eso. Y una vez más lloraba, me ganaba la ansiedad explotando en mil pedazos en lugar de decir aquello que la provocaba.
-No puedo Pablo, yo no...-
Y lo más increíble, lo largamente soñado y anhelado ocurre en el momento menos esperado. Sus labios, aquellos sonrientes y cálidos labios posándose sobre los míos, callando mis palabras, bebiendo mi aliento, llevándose todos mis sentimientos de una sola vez.
Un sutil pero perceptible gemido abandonó sus labios al tomar mi cintura para acercarme más a él a lo que respondí enredando mis manos en su cabello para profundizar el beso. Entiéndanme, no sabía si volvería a repetirse, tenía que aprovechar.
Más sorpresivo fue sentir un pequeño mordisco en mi labio haciendo que mi boca siendo una invitación a que su lengua buscara la mía para terminar de volverme loca por completo. Porque eso es lo que siento, desde la primera vez que lo vi en el grupo de los populares, rodeado de todos pero ajeno a ellos, desde ese día me propuse ser su amiga, su cómplice, su compañera y cuidarlo mientras pudiera.
Con más reticencia de la que creía fuimos separándonos lentamente, mayor fue mi reacción al abrir los ojos al darme cuenta que él en ningún momento había cerrado los suyos. Allí estaban mirándome, con detenimiento, midiendo cualquier mínima reacción.
-No puedo respirar- es lo único que puedo decir al separarnos.
Él simplemente rio negando sin despegar su mirada de la mía.
-Sólo hay una cosa que debes saber- susurró.
Ay no, que ya tan pronto se arrepintió.
-¿Qué?- contesté del mismo modo pero con el miedo recorriendo mi columna.
-Te amo- dice sin más con su frente apoyada en la mía.
¿Qué? Ok es ahora o nunca Lía, ya suéltalo.
-Te amo- contesto lento y quedo abrazando su cintura.
¡Eso es! Así se hace, al fin.
Ya basta cerebro no es momento de burlas.
Y allí extasiados en el silencio de mi oficina y aun siendo la cobarde de los dos dejé salir todo lo que guardé en mi corazón, en mi mente y en miles y miles de páginas de diarios, cuadernos, documentos de Word y páginas de escritores amateurs bajo uno que otro seudónimo barato.
-¿Desde cuándo?- pregunto curiosa.
-¿Acaso importa?- ríe separándose y llevándome de la mano hasta el sofá que hay en la oficina.
Elevo una ceja mientras él limpia una lágrima traicionera que caía en mi mejilla.
-Secundaria, primer día, entre todos esos pijos que habían a mi alrededor hablando de quién había viajado más lejos y gastado más te vi, lidiando con tu pequeña bolsa que se había soltado en el mejor momento- comentó acomodando un mechón tras mi oreja.
-Imposible...- susurré.
-Era imposible no verte, hablando sola y suplicando al lazo de tu bolso que se quedara en el lugar y dejara de hacerte pasar vergüenza frente a los pijos de la clase- sonrió colocándome de espaldas entre sus piernas.
Y fue así, recuerdo ese bendito bolso y lo oportuno fue rompiéndose en ese instante. Si bien Pablo y yo seguíamos siendo amigos hubo un tiempo en el que mi autoestima baja y otros problemas que ni al caso vienen ahorita me alejaron de él, pero él siempre terminaba buscándome, volviendo a mí.
Terminé recostando mi cabeza en su pecho y luego de que la vorágine de sentimientos pasara y la realidad llegara como un ventarrón helado me pregunté ¿Y ahora qué?
-Nada, comenzaré a vivir lo que siempre quise vivir- dijo mientras sentía su pecho vibrar.
-Volví a pensar en voz alta- ahorita se le ocurre aparecer a la costumbre, unos años antes hubiera estado mejor.
-La misma costumbre de siempre-
-Pues para ser de siempre se tardo en soltarte lo que sentía- dije haciendo un puchero.
Y su risa ronca, aquella que tanto amo llenó la estancia y me sentí más feliz y completa que nunca, aclaro, no es que mi vida esté completa sólo por tenerlo en mi vida pero ayuda un poco.
-Cuando me leerás aquella historia- preguntó besando mi hombro.
-¿Qué historia?- dije girando sorprendida.
-Anda LonelyStar que creías que no sabría y eras tú- sonrió arrogante.
Mis ojos desorbitados hicieron que volviera a reír con fuerza. Ese era uno de mis tantos seudónimos baratos de los que les hablé antes.
-Acaso me stalkeabas Pablo- acusé.
-Tanto como tú querías para saber que me amabas tanto como yo a ti- besó mi nariz entre risas.
-Siempre tú ¿No?- dije
-Solamente tú- replicó para luego abrazarnos y besarnos como tantas veces soñé.
Después de tantos años creo que estaría bueno un “vivieron felices y comieron perdices” pero esos finales son de telenovela y a decir verdad, la mía recién empieza y no tengo idea ni ganas de pensar en un futuro, solo quiero vivir cada bendito segundo y disfrutar del tiempo que tengo a partir de hoy junto a Pablo, aunque...
-Pequeño detalle...- susurré llamando su atención.
-¿Qué sucede?- dijo acomodándose.
-¿Cómo que qué sucede? Olvidas un gran detalle...- dije viéndolo.
Quedó expectante de lo que diría a continuación y yo exasperada esperando que reaccionara. Moví las manos mientras me levantaba de su lado pasando las manos por mi cabello nerviosa. Comencé a caminar en círculos mientras el me veía desde su lugar sin inmutarse siquiera y juro que esa bendita sonrisa estaba colmando toda mi paciencia.
Puse mis brazos en jarra dispuesta a cantarle los detalles cuando lo vi levantarse lentamente dejando ver mis escasos centímetros aún más escasos frente a los suyos haciendo que mi cabeza se vuelva hacia atrás para verlo mejor.
-Deja de dar vueltas, sé a lo que te refieres- dijo acariciando mi mejilla.
Ya pueden pasar a juntarme que me derretí con ese gesto.
-¿Ah si? A ver, ilumíname- susurré.
-Te refieres a lo nuestro con Raquel- dijo él a lo que simplemente asentí.
-Raquel extrañamente tiene mis mismos gustos- dijo sonriendo.
-No aclares que oscureces mi amigo- dije intentando soltarme.
-Raquel es lesbiana mujer- dijo tomando mi rostro entre sus manos.
¿Cuál es la reacción que creen que tuve? Exactamente esa, fiel a mi manera de arruinar el momento, reírme a carcajadas al estilo Peppa Pig.
-¿Es broma?- pregunte intentando sonar seria.
-No lo es- contestó.
-Pero ustedes...-
-Nosotros simplemente nos ayudamos...-
-Continúa...-
-Su familia no sabe de su reciente orientación sexual e intentaban emparejarla con un socio de la empresa, fue durante una discusión en la que me vi metido por casualidad donde ella para salir del mal momento dijo a su padre que era mi pareja que por ese motivo no podía tener nada con nadie más- explicó negando con diversión.
-Entonces...-
-Pues luego de hablarlo decidí ayudarla a alejar candidatos de su padre mientras ella me ayudaba a darte celos y así lograr lo que obviamente quería que pasara...- dijo riendo.
-¡Serás mamón!- dije golpeando su pecho.
-Bien que te derretiste en brazos del mamón- sonrió sosteniendo mi mano.
-Y lo seguiré haciendo, ahorita con más razón- dije tomando su rostro estampando mis labios en los suyos.
-Solamente tú Lía- susurró.
-Sí Pablo, siempre tú- susurré antes de volver a besarlo.