Nuevas Generaciones
Dieron las diez de la noche cuando George, un adulto de unos cuarenta años, entró al bar "El Trébol", un conocido bar de Ciudad Neón en el Distrito 14. George vestía un largo tapado marrón, un pantalón de jean oscuro y unos zapatos ideales para el frío. Tenía la barba desprolija y el pelo largo tirado hacia atrás. Dio pasos lentos hasta llegar a la barra. Se sentó y pidió lo de siempre.
- El mismo whisky barato, ¿verdad?- bromeó Bob, el cantinero amigo.
- No le des tantas vueltas. Nada ha cambiado en estos días- respondió George con una voz ronca y cansada.
El whisky se sirvió despacio.
George sacó su celular, le echó un vistazo al fondo de pantalla de una niñita de bonitos ojos y cabello morado. Entonces lo guardó y levantó la vista.
- No le has escrito- dijo Bob.
- ¿Por qué dices eso?- preguntó George ahora con los ojos puestos en el vaso.
- Bueno... Has dicho que nada cambió- dijo antes de agregar-. George, nada cambiará si no quieres que lo haga. Deberías escribirle. Sabes lo que pienso.
Silencio de pocos segundos.
- No es tan fácil...- terminó asomando una mirada triste que poco duró.
Al final de la barra, tres jóvenes gritaban eufóricos apoyando al campeón local que debutaba en un cuadrilátero de primera.
El bar mantenía su aura. Luces bajas, rostros apenas iluminados por la luz de neón de distintos tonos y la enorme pantalla transmitiendo deporte.
Afuera nevaba. Época fría.
- Vamos, no hagan tanto ruido. Algunos queremos sufrir en paz- dijo George dirigiéndose a los jóvenes con su dura y ronca voz.
Los tres muchachos giraron la cabeza y le lanzaron una mirada soberbia y desafiante.
- Cierra la boca, anciano. ¿No sabes quién está peleando?- dijo el del medio, que tenía pintas de ser el líder.
George levantó la vista con pesadez y vio la pelea por unos segundos antes de apartar la vista otra vez. En la pantalla, dos boxeadores luchaban como gladiadores por el título de campeón de la región sur. En una esquina el campeón indiscutido, ganador de tres desafíos por el título; del otro lado estaba Kevin Gochimpa, el peleador oriundo de Distrito 14, criado por sus abuelos después de perder a sus padres. Toda una celebridad en los barrios bajos.
- Mírale la cara. Tu "campeón" está en problemas- dijo George con un tono burlón que a nadie le cayó bien.
Los jóvenes intentaron ignorarlo, pero el de la izquierda, tal vez el más joven, giró y se dirigió a George con clara molestia.
- No fue fácil, pero ahí está nuestro campeón. Tiene corazón y eso le dará la victoria. Así que mira y cierra la boca, viejo estúpido.
George sonrío por primera vez en la noche.
- Las peleas no se ganan con corazón, se ganan con técnica, habilidad y un estilo claro- contestó George antes de voltearse en dirección a los chicos-. No necesito ver más para decirte que a tu campeón le tiemblan las piernas y le falla la estrategia. Lanzó tres veces el mismo golpe, como si esa fuera su única opción de victoria. El otro esquivó bien y respondió con mayor velocidad y poder. Es cuestión de segundos. Le doy un asalto más a tu... "campeón"- terminó con ironía.
Se oyeron murmullos, vasos apoyarse y algunas bocinas provenientes de la avenida.
- Cayó, señores. ¡Cayó Gochimpa! Y comienza el conteo...- sonó a toda voz el comentarista proveniente de la pantalla.
Todos, excepto George, voltearon en dirección a la pantalla.
-...2, 1. ¡Se acabó!, ¡hasta aquí llega el sueño de Gochimpa!
Otra vez un silencio incómodo. Algunas bocas abiertas.
- Tú te lo buscaste, hijo de...- dijo el más alto de los jóvenes, que se sentaba a la derecha, levantándose y caminando en dirección a George.
Bob, el cantinero, interrumpió con un gesto de mano y mostrando la empuñadura de una antidisturbios que siempre tiene a la mano.
El joven se detuvo, lanzó una mirada de odio y se unió al resto que se iban del bar
- Esto no se quedará así, anciano- dijo el líder y cerró la puerta de entrada.
Una incómoda paz inundó el lugar. George pidió otro whisky y la noche siguió su rumbo.
- No arreglarás nunca tu vida si sigues metiéndote en un nuevo problema antes de salir del anterior- le aconsejó Bob mientras secaba un vaso.
- Olvídalo. Estos chicos de hoy necesitan saber que la realidad es dura y que la vida puede ser una mierda. A veces hay cosas que no se pueden evitar. Aunque no nos guste, hay vidas que no pueden arreglarse- sentenció George acompañado de un largo trago.
Dieron las tres de la mañana.
- ¿Estarás bien?- preguntó Bob sin poder dejar el bar lleno de clientes.
- No te preocupes, he estado más ebrio antes- contestó George antes de salir por la puerta trasera de camino al estacionamiento.
Caminó entre mareos y la fría nieve. Buscó su camioneta por todo el estacionamiento hasta dar con ella al final de la fila.
Intentó abrir la puerta pero el alcohol no se lo permitió y hasta le hizo tirar las llaves. Se agachó, las recogió y se levantó sólo para encontrarse con un huesudo puño directo en la nariz.
El mundo le dio vueltas. Cayó al suelo de espaldas. Aturdido. Sintió la sangre escurrirse por su nariz.
- ¿Qué pasa, anciano, no vas a hablar ahora?- dijo el líder de los jóvenes con los que discutió horas atrás-. Responde- terminó acompañado de una patada a las costillas de George.
Lastimado, asustado y aturdido, George se arrastró cuanto pudo antes de que el más joven lo levantara del suelo y lo sostuviera como bolsa de boxeo. Y así, mientras el tercero hacía de campana, el líder lo golpeó y lo golpeó.
- ¡Habla ahora, anciano bocón!- dijo sin dejar de golpear- ¡Quiero oírte, hijo de perra!
George sintió cada golpe hasta que ya no pudo sentir más dolor. Su cara hinchada y la sangre pasaron a segundo plano. De pronto todo se oscureció y se encontró parado en medio de la nada. Frente a él, y rodeados de una silenciosa oscuridad, una niña apareció de pie.
- Prometiste volver y entrenarme- dijo la niña de ojos bonitos y cabello morado-. Lo prometiste.
- Sí, es cierto. No fue mi intención desaparecer tanto tiempo, mi amor. Papá no puede volver todavía. Primero debe limpiar su apellido... Nuestro apellido- dijo George mientras las lágrimas lo invadían.
- No te creo. Ya son ocho años.
- Lo sé. Papá te extraña, mi amor. Lo juro- las lágrimas cayeron por su mejilla.
- Entonces despierta.
- ¿Qué?- preguntó confundido.
- Despierta. No te rindas y cumple tu promesa- terminó la niña mirándolo a los ojos.
George abrió los ojos con dificultad. Desde el suelo, mojado por la fría nieve. Levantó la vista. Frente a él, un joven encapuchado se enfrentaba a los atacantes.
El líder de los agresores sacó un cuchillo.
- Veamos si eres tan rudo ahora, pendejo- dijo finalmente.

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