Mi voz en tu silencio

All Rights Reserved ©

Summary

Ben Rushford creció bajo las normas de una religión cristiana sumamente conservadora. Desde que recordaba, el mundo que creyó conocer se sustentaba bajo el amparo de una fe ciega e inquebrantable; pero todas esas bases, las cuales consideraba absolutas e incuestionables, se hicieron pedazos cuando conoció a Jacob Marsden. Ya que él le permitiría entender a lo largo de un difícil camino de auto descubrimiento que Dios, pese a obrar de formas misteriosas, parecía tener un plan específico para todos. "Dios te trajo a mi por alguna razón: y yo no soy nadie para ir contra sus designios." Historia beteada por: Danny Salc. Portada realizada por: HS.

Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Prefacio

“A Dios clamé estando en angustia...y él me respondió”

Ben ignoró la incomoda sensación que le causaba el tener la ropa y los zapatos empapados, ya que el camino hasta allá debió realizarlo a toda prisa, aunque no sin algunas dificultades.

Pero eso poco le importaba, aun si corría grandes probabilidades de atrapar más que un resfriado gracias a la espantosa brisa gélida que seguía golpeándolo desde aquel ángulo sin ninguna clase de consideración ni piedad. Tenía frío: sus manos y pies helados se negaban a entrar en calor tras pasar casi una hora sentado ahí, a merced de la lluvia, que caía sobre todo Santa Rosa desde esa mañana.

¿Qué más daba?

Ben frunció el ceño, mortificado. Aquella noche no debió haber dicho ni hecho demasiadas cosas, sin embargo, a semejantes alturas ya no podía cambiar lo sucedido. Tampoco quería y, por primera vez, estaba dispuesto a enfrentar las consecuencias de sus propios actos sin tener que recurrir a alguien más para escudarse o encontrar alguna excusa como un cobarde.

Cierto, refugiarse ahí tampoco resultó ser una de sus ideas más brillantes, pero la desesperación le jugó en contra motivándolo a dirigirse al último sitio donde se sintió verdaderamente a salvo aun cuando sabía que ese sería el primer lugar donde comenzarían a buscarlo. Además, su intempestiva llegada pudo haber alertado a algún vecino, quien no dudaría en llamar a la policía; tratándose de un pueblo tan pequeño, seguramente un oficial local acudiría con el único propósito de hacerlo entrar en razón y regresarlo a su casa.

Ben no quería volver a poner un pie ahí otra vez. No cuando todo terminó desmoronándose igual que un frágil castillo de naipes, luego de reunir el valor suficiente para expresar en voz alta la verdad. Su verdad. Y se atrevió a tomar tal riesgo porque no tenía nada más.

Ya solo le quedaba Jacob.

A tales instancias, Ben tenía la sensación de que las horas pasaron igual que un borrón que recién hasta ese instante comenzaba a discernir, permitiéndole ser consciente acerca de la importante decisión que tomó tras mucho meditar y preguntarse si sería lo más sensato dadas las circunstancias. Al final, pese a ser un camino por el cual no podría volver, valía toda la pena del mundo transitarlo con tal de intentar ser libre.

Aunque la libertad fuese un simple eufemismo.

A pesar de todo, jamás se arrepentiría. No tras enfrentar a su propia madre de un modo tan arrolladoramente firme, al grado de ganarse su repudio para siempre. Todo por pensar y sentir de manera diferente. Por amar de una forma que, según los principios y doctrina que ambos conocían a la perfección, terminaría llevándole directo y sin escalas al mismísimo infierno.

Afligido, Ben contuvo un sollozo; aunque esto nada tuvo que ver con el fuerte escozor proveniente de su mejilla derecha, donde muy seguramente ya debería tener rastros visibles de haber recibido un golpe con bastante fuerza.

Sí, reconocía que en un momento el dolor físico le causó tanto impacto, que logró hacerlo explotar tal cual si se tratara de una olla de alta presión, pues sus padres jamás fueron partidarios de usar la violencia o los castigos físicos como métodos correctivos. Ellos creían que podían imponer autoridad y encausar las mala conducta a través de otros métodos más efectivos. Quizá por eso le sorprendió tanto que su madre actuara del modo en que lo hizo.

Y exactamente, por esa razón, dolió dos veces más.

Ben jamás había enfrentado una situación parecida, por ende, tenía el corazón destrozado. A pesar de ello, su mente seguía clara, firme, decidida a seguir por esa senda de autodescubrimiento sin detenerse a mirar atrás, aun cuando todo pudiera tornarse todavía más oscuro y lúgubre.

Aferrándose al crucifijo de plata que pendía de su cuello, Ben siguió preguntándose por qué era necesario elegir así; tener una crisis de fe justo en ese momento de su vida debía ser una cruel broma a la que no le encontraba ninguna gracia. Incluso comenzaba a pensar que quizá nunca nadie podría brindarle una respuesta apropiada, pues tal vez este era el verdadero significado del “libre albedrío”, que a la larga se convertiría en un arma de doble filo muy peligrosa.

El concepto de amor resultaba ser bastante curioso, pensó derrotado. La biblia hablaba sobre ese sentimiento tan profundo plasmándolo de una manera desinteresada, filial, honesta y transparente. Según Corintios el amor era paciente, bondadoso, no envidiaba, tampoco se jactaba ni era orgulloso; no se comportaba con rudeza ya que nunca era egoísta, ni se enojaba fácilmente y mucho menos guardaba rencor.

¿Entonces por qué? ¿Por qué se consideraba pecado profesar esa clase de amor a alguien fuera del estándar establecido por Dios? ¿Quién establecía las verdaderas reglas? ¿Ese ser superior o el hombre con sus inagotables prejuicios?

Ya comenzaba a cansarse de seguir castigándose a sí mismo. A pesar de ello, aunque eso le costara una eternidad fuera del cielo tras su efímero tránsito terrenal, no daría marcha atrás.

Ben cerró los ojos sintiéndose perdido y exhausto, pero mantuvo una resolución tan inmensa dentro de su pecho, que le pareció ajena. Y se prometió que ya no huiría más de sus sentimientos escudándose tras una fe que, pese a seguir manteniendo bajo otra perspectiva muy diferente, no lo representaba como individuo. Y comenzó a preguntarse qué hubiera ocurrido de haberse dado cuenta antes. ¿Todas las personas que le importaban seguirían ahí?

No lo sabría nunca.

En ese momento se estremeció, pues alcanzó a escuchar pasos acercándose. Curioso, levantó la cabeza para ver de quién se trataba, y unos desgastados converse respondieron por sí mismos. Era él: Jacob finalmente había regresado.

—¿Ben? —Le escuchó llamarlo por sobre el sonido de la lluvia. Y en su voz tan cálida y familiar pudo percibir un claro tono de preocupación—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué ocurrió? —quiso saber, tras arrodillarse a su lado.

Y a gran diferencia de muchas otras veces en el pasado, fue Ben quien se permitió iniciar un primer acercamiento; tal comportamiento atípico instó a Jacob a inclinarse un poco para verle mejor la cara, sin grandes resultados. Aun así, al cabo de un par de segundos vio el entendimiento en su rostro, y no necesitó preguntar para saber con exactitud qué ocurrió. Además, si tomaba en consideración el gran bolso deportivo que yacía junto a ambos, la historia prácticamente se contaba sola.

—Huí —murmuró con la voz entrecortada y fue todo cuanto se atrevió a confesar al respecto—. No podía seguir ahí. No después de...

Jacob frunció el ceño mientras pensaba a toda velocidad. Ben era un chico sumamente apegado a sus padres, a sus costumbres y a su hogar. ¿Acaso perdió la cabeza cuando decidió escapar? Aunque todavía era joven, Jacob sabía perfectamente bien cómo era estar solo, cuan duro podía ser aprender a valerse por cuenta propia e intentar sobrevivir en un mundo donde las injusticias no eran benevolentes con nadie.

Pero Ben no. Sintiéndose responsable porque aquello en parte era culpa suya, sin saber qué decir, procedió a quitarse la chaqueta para cubrir a Ben del mal clima; la temperatura comenzaba a descender y podía notar que temblaba, aunque no sabía si debido al frío a lo sucedido.

Y si bien sus sentimientos inte taron sobreponerse, Jacob se obligó a pensar con frialdad.

¿Alguien más sabría que Ben estaba ahí? Si lo encontraban con él seguro tergiversarían las cosas, eso seguro. Meterse en problemas no lo asustaba en absoluto, estaba acostumbrado a intentar resolverlos por cuenta propia. Antes bien, le preocupaba que Ben sufriera las consecuencias aun sin ser suya la culpa.

A tales instancias, ya tenían bastante clara cuál era la situación entre ambos: gruesas cadenas seguían atándolos y quizá nunca desaparecerían. Aun con el peso de los grilletes que se traducían en deber moral, algo que Jacob jamás se molestó en profesar hacia alguien más, estaba tan contento de verlo que todo cuanto deseaba hacer en esos momentos era estrecharlo entre sus brazos y no soltarlo nunca.

—Tienes que volver —pidió, hablándole con una suavidad que Ben echó mucho de menos.

Y se negó a mover un solo dedo ante la ridícula petición, antes bien, se encogió contra el agradable calor que desprendía la chaqueta que ahora yacía sobre sus hombros.

—No lo haré.

—No seas terco —Le riñó exasperado—. ¿Qué puedes obtener aquí? —intentó disuadirle—. Se razonable: si te quedas conmigo arruinarás el futuro que un vago como yo jamás podría brindarte.

Ben sonrió en un gesto de dolorosa comprensión: aquellas eran palabras de su madre, podría reconocerlas en cualquier sitio.

—¿De qué serviría ese futuro si estoy vacío por dentro? —quiso saber, tomándole las manos entre las propias.

Jacob, demasiado sorprendido para responder algo coherente, lo miró sin comprender.

—¿Perdiste la cabeza? Es demasiado peligroso que estés aquí, lo sabes —intentó hacerlo entrar en razón, aunque sin éxito.

—No. Por primera vez veo todo con claridad —reconoció al borde de las lágrimas.

—¿De qué rayos hablas?

—De qué no sé si fue casualidad, el destino o Dios quien nos permitió encontrarnos, pero de algo estoy seguro —En los ojos verdes de Jacob pudo encontrar mil emociones distintas, las cuales leyó tal cual si fueran un libro abierto—: encontré el cielo aquí en la tierra, contigo. Y mi vida solo puede ser grandiosa si estás en ella para compartirla.

Sin tener idea qué decir, Jacob creyó que las palabras sobraban y solo se limitó a abrazar a Ben, sosteniéndolo como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier instante. Aliviado, Ben también se aferró a él con fuerza inaudita. Y los dos, aún a merced de la incertidumbre, evitaron pensar en cualquier otra cosa que no tuviera relación con ese instante, con ese momento efímero y tal vez robado que a final de cuentas les pertenecía, aun si todavía les quedaba un largo camino por delante.

Y por primera vez en semanas, ninguno de los dos volvió a sufrir la terrible frialdad que la soledad traía consigo durante las noches, fuesen o no de tormenta.