Debajo de los cerezos
Sano Shinichiro. Ese atolondrado muchacho de mirada profunda y peinado ridículo que parecía tener vida propia. A sus quince años, jamás había tenido una novia. Ni siquiera una cita. Su torpeza era casi legendaria entre sus amigos, y su fama de romántico empedernido no lo ayudaba demasiado. Pero aquel día, el “día blanco”, Shinichiro se había levantado decidido a cambiar su destino.
Ese día sería distinto. Tenía que serlo.
Desde que amaneció, el nerviosismo le recorrió el cuerpo como una corriente eléctrica. Se peinó tres veces el tupé hasta dejarlo impecable —o eso creía él—, se miró al espejo intentando convencerse de que podía hacerlo. Que podía hablarle a Wada Naoko, la chica más popular de todo el instituto, la que hacía que incluso los profesores parecieran más amables cuando ella entraba al aula.
A sus ojos, Naoko era la representación misma de la perfección. Su cabello, siempre brillante, olía a flores dulces y jabón recién abierto; su sonrisa era delicada, casi celestial; su voz, una melodía que flotaba entre los pasillos como si el viento la arrullara. Tenía modales de una dama de sociedad y elegancia en cada movimiento, y aun así, nunca se mostraba altiva. Era amable, atenta, y por si fuera poco, la que marcaba tendencia entre las chicas. En los ojos de Shinichiro, era como si todo el instituto girara en torno a ella.
Durante todo el día, ideó mil formas de acercarse. Pensó en tropezarse “accidentalmente” con ella, en pedirle un cuaderno, en confesarle directamente lo que sentía, pero cada idea terminaba pareciéndole ridícula. Por más que lo intentara, el simple pensamiento de verla sonreír lo dejaba sin aire.
Por suerte, tenía a sus dos mejores amigos: Arashi Keizo e Imaushi Wakasa. Dos personalidades tan distintas como la noche y el día, pero inseparables. Aquella tarde, los tres se encontraban ocultos entre los casilleros, observando discretamente a Naoko, que conversaba con sus amigas mientras reían como un coro de pequeños pajarillos.
—Vamos, Shin —dijo Keizo con una sonrisa de aliento, dándole una palmada en la espalda—. Es tu oportunidad. Solo ve y dile que quieres hablar con ella.
Shinichiro se tensó. Su cuerpo entero parecía rechazar la idea de moverse.
—No puedo… —murmuró con voz temblorosa—. Es que mírala, Keizo. Es perfecta. ¿Qué podría ver en mí? Soy un idiota...
—Eso sí, en eso tienes razón —respondió Wakasa con indiferencia, sin apartar los ojos del reflejo de su chicle—. Eres un idiota y apestas con las chicas. Tampoco es tan difícil, solo te acercas y hablas.
Keizo bufó, cruzándose de brazos. Que Wakasa dijera eso resultaba casi insultante. Nació con una cara de muñeco y una voz tan tranquila que hacía que las chicas se derritieran con solo escucharlo decir “hola”. No necesitaba intentar nada; las chicas parecían gravitar hacia él sin esfuerzo.
—Claro, fácil para ti, modelo de revista —gruñó Keizo.
Shinichiro, en cambio, se hundía cada vez más en su inseguridad.
—Es nuestro último año de escuela media… seguro ella irá a una preparatoria prestigiosa y encontrará un novio perfecto. Alguien que no sea un vago como yo —susurró, resignado.
—Vamos, Shin, la tercera es la vencida —insistió Keizo, pero el intento de ánimo solo pareció empeorar las cosas.
Wakasa soltó un suspiro, rodando los ojos.
—Dios, qué fastidio —murmuró, y antes de que sus amigos pudieran detenerlo, salió del escondite con las manos en los bolsillos—. ¡Wada!
Las chicas se giraron hacia él. Naoko lo reconoció al instante, inclinando la cabeza con una sonrisa cortés. Su elegancia era tan natural que incluso Shinichiro, que observaba desde el fondo del pasillo, sintió que el aire se volvía más liviano.
—Shinichiro quiere hablar contigo hoy después de clase —dijo Wakasa con total calma—. Dice que si pueden verse frente al cerezo del gimnasio.
El corazón de Shinichiro dejó de latir por un instante.
—¿Sano quiere verme? —preguntó Naoko, con una curiosidad sincera y amable—. Claro, estaré ahí después de la clase de economía doméstica.
Cuando ella sonrió, el alma le regresó al cuerpo. Keizo lo zarandeó con una risa contenida, y Shinichiro apenas pudo procesar lo que acababa de pasar. Ella había dicho que sí.
Durante el resto del día, el tiempo se estiró cruelmente. Cada minuto parecía durar una eternidad. Las palabras de los profesores rebotaban en su cabeza como un eco lejano; solo podía pensar en Naoko, en su respuesta, en lo que diría, en cómo sonreiría cuando él le confesara lo que sentía. Imaginaba su rostro iluminado bajo el sol de la tarde, y el simple pensamiento le hacía sonreír como un tonto.
Antes de la cita, pasó al baño a arreglar su peinado extravagante. Se observó en el espejo y, aunque sabía que su tupé le daba pinta de pandillero, sonrió satisfecho. Así soy yo, pensó. Y hoy será suficiente.
Decidió salir corriendo al family market más cercano para comprar un pequeño ramo de gerberas blancas y un chocolate KitKat de fresa. Gastó toda su mesada sin dudarlo. Si tenía que regresar caminando a casa durante el resto del mes, valía la pena. Todo valía la pena si aquella confesión resultaba bien.
Llegó primero al cerezo del gimnasio. El sol se estaba tiñendo de naranja, y el viento jugaba con los pétalos rosados que caían suavemente sobre el suelo. Se aseguró de oler bien, de que el lazo del ramo estuviera recto y de que el chocolate no se derritiera en su mano nerviosa.
Poco después, Naoko apareció. Caminaba con paso ligero, su bolso colgando de un hombro, el cabello brillando bajo la luz del atardecer. Levantó la mano para saludar, y Shinichiro sintió que el corazón le temblaba en el pecho.
—Wa... Wada... qué bueno que viniste —balbuceó, sin poder ocultar su temblor.
Ella sonrió. Olía a galletas de mantequilla y chocolate, probablemente recién horneadas en la clase de economía doméstica.
—No podía dejarte plantado, no sería muy educado de mi parte —respondió con amabilidad—. ¿Para qué querías verme?
Shinichiro tragó saliva. Sentía que el mundo se detenía.
—Yo... es que... —dijo con voz entrecortada, y finalmente extendió el pequeño ramo y el chocolate—. Sal... sal conmigo, por favor.
El silencio cayó como un peso invisible. La sonrisa de Naoko se desvaneció, y por un momento, él creyó ver en sus ojos un destello de compasión.
—Sano... —comenzó con suavidad—. Ni siquiera te conozco bien, y... eres un delincuente. No puedo salir contigo. Lo lamento, pero no.
Hizo una leve reverencia, con la misma elegancia que siempre, y se marchó sin aceptar los obsequios.
Shinichiro se quedó quieto, mirando el ramo que comenzaba a temblar en sus manos. El viento movía los pétalos del cerezo, y uno de ellos cayó sobre el KitKat, como si la primavera misma se burlara de él.
Bajó los brazos lentamente y apretó los puños. Las flores se aplastaron, el chocolate se rompió, y algo dentro de él también. Había idealizado a una chica a la que ni siquiera conocía, y se había enamorado de una idea más que de una persona.
Era un idiota.
Se consideraba el peor de todos. Porque al final, ¿por qué alguien como ella saldría con un perdedor como él? Un vago, un soñador torpe con el corazón demasiado grande.
Las palabras de su abuelo resonaron en su mente como un eco amargo:
“Los chicos como tú solo sirven para meterse en problemas.”
Y sin embargo, mientras el viento agitaba su cabello rebelde, Shinichiro levantó la vista hacia el cielo cubierto de pétalos.
Sonrió, aunque dolía.
Porque, de alguna manera, incluso en el rechazo, sentía que algo dentro de él acababa de florecer.