PRÓLOGO
El pueblo dormía envuelto en la oscuridad de la noche, mientras una densa neblina se deslizaba entre las casas como un velo misterioso. En la penumbra apenas iluminada por la luz de las farolas en las aceras, una figura solitaria como si estuviera escapando de algo, corría sin parar por las calles desiertas. Sus zapatos resonaban en el silencio, llenos de determinación pero también de un temor latente.
Era una noche como cualquier otra, pero algo en el aire parecía presagiar un peligro inminente. La figura se detuvo por un instante, mirando a su alrededor con nerviosismo, como si esperara que en cualquier momento algo terrible pudiera ocurrir. Sin embargo, nada rompía la quietud de la noche, excepto el sonido lejano de un caballo relinchando que se desvanecía en la distancia.
Pero bajo la aparente calma, algo siniestro se gestaba en las sombras, esperando pacientemente su momento para emerger. Y cuando lo hiciera, cambiaría el destino de aquellos que se atrevieran a adentrarse en sus intrigantes designios.
A mitad de la noche, se escuchaba nuevamente un caballo corriendo por las calles del pueblo una y otra vez, hasta que de la nada, en la lejanía se escuchaban unos gritos y sonidos de un hacha, como si se tratase de él asesinato de alguien. Al amanecer, por las calles del pueblo habían rastros de sangre hasta un agujero en la tierra en donde estaba el cuerpo de una mujer hecha trocitos. Su identidad se desconocía, por lo que las autoridades no lograron hacer más que llevar el cuerpo al cementerio y darle sepulto.








