Prólogo: Harry Styles - Fine Line
"Aunque los días sean oscuros y los corazones pesados, nos aferramos a la esperanza de que la vida pueda traer un destello de luz, incluso en los momentos más sombríos."
El sonido de los gritos eran tan fuertes que me aturdieron. Cada cosa que decía estaba cargada de rabia; eran palabras que buscaban hacerme daño y dejarme mal. No había espacio para explicaciones ni para que yo respondiera. Todo lo que salía de su boca era para aplastarme, para dejar claro que no tenía derecho a decir nada.
Su enojo resonaba en toda la casa, como si cada rincón ya estuviera acostumbrado a ese ambiente. Me tomó del cabello con tanta fuerza que me mareé. Solo sentí cómo me jalaba sin ningún cuidado, como si yo no importara en absoluto, como si fuera un objeto que podía mover como quisiera. El dolor era intenso, pero lo que más pesaba era la forma en que me trataba, sin respeto, sin humanidad. Su cara estaba totalmente deformada, rígida por el enojo, y sus ojos... ya no parecían los de una madre. Estaban vacíos, sin ningún rastro de cercanía o cariño, como si ya no quedara nada de la persona que se suponía debía protegerme.
—¡Eres una maldita estúpida! —soltó, tirando aún más fuerte.
—¡Por favor, suéltame! —grité, con la voz quebrada, tratando de zafarme. Pero fue inútil, no escuchaba. Mi dolor no existía para ella.
Cuando finalmente me soltó, caí al suelo, llevándome las manos a la cabeza. El cuero cabelludo me ardía y sus palabras seguían zumbando en mis oídos. No quise mirarla. Mirarla a los ojos sería demasiado. No quería ver el odio reflejado en ellos, ni confirmar lo que ya sabía: para ella no valía nada.
Apreté los dientes y me pellizqué el brazo con fuerza, torpemente, intentando distraerme del temblor que recorría mi cuerpo. Sabía que si me derrumbaba ahí, frente a ella, sería peor. Me volvería a golpear, y esta vez, más fuerte.
Me levanté tambaleándome y corrí al baño empujándola, cerrando la puerta de golpe, haciéndola vibrar. Me apoyé contra la madera y me deslicé hasta quedar sentada en el suelo frío.
—Ya no puedo, ya no quiero estar aquí... — susurré, sintiendo como las lágrimas caían.
—¡Dame el dinero! —gritó desde afuera, golpeando la puerta con fuerza.
Sabía a qué se refería: mi mesada. Lo único que tenía para comprar los antidepresivos que me mantenían en pie. Si se lo daba, estaría perdida. Pero si no lo hacía... probablemente terminaría con mi vida.
Me cubrí los oídos y cerré los ojos, intentando bloquear su voz, pero seguía ahí, perforándome la cabeza. La ansiedad subió hasta mi pecho; mi corazón latía tan rápido que pensé que se saldría del cuerpo.
Esperé hasta que volvió el silencio, pero sabía que solo era temporal. Abrí la puerta con cuidado, la casa estaba en calma, pero era esa clase de calma que me ponía los pelos de punta, como si algo fuera a explotar.
Subí corriendo las escaleras, pero al abrir la puerta de mi habitación me quedé helada.
Todo estaba revuelto. Cajones vacíos, ropa esparcida, el colchón arrancado de su lugar, sábanas tiradas como si alguien las hubiera arrancado con enojo.
Corrí hacia mi colchón, buscando mi escondite. Nada. Ni una maldita moneda.
—No... no, no, no... —murmuré. —¡Por Dios, no!
Mis manos temblaron. Era todo lo que tenía, y ahora también me lo había arrebatado.
Alex apareció en la puerta. Su rostro, normalmente tranquilo, ahora estaba lleno de preocupación.
—¿Qué mierda...? —preguntó, entrando rápido, mirando todo el desastre.
Entre sollozos le conté todo: mamá me había golpeado por no comprarle su maldito alcohol y, al negarle el dinero, destrozó mi habitación y se robó mis ahorros.
Alex respiró hondo, controlando el enojo. Su voz salió firme:
—Empaca tus cosas. Nos vamos.
—¿Qué? ¿Adónde? —pregunté, confundida.
—Lejos. No importa dónde. Aquí no podemos quedarnos.
No discutí. Su tono no dejaba espacio para preguntas. Corrí al armario y empecé a meter ropa de cualquier manera. No sabía a dónde íbamos, pero cualquier lugar era mejor que este infierno.
Media hora después, Alex volvió con su mochila y unos papeles en la mano. Solo me miró y asintió.
Bajamos las escaleras en silencio. Justo cuando estábamos por cruzar la puerta, su voz nos detuvo:
—¡Malditos malagradecidos! ¡Ojalá nunca hubieran nacido!
Nos giramos. Allí estaba ella, con los ojos rojos, y el rostro deformado por la furia.
—¡Hubiera sido mejor si hubieran muerto en vez de su padre! —escupió.
—¡Ya cállate mamá! —gritó Alex de pronto.
Me quedé paralizada cuando ella levantó la mano y lo golpeó en la cara.
Alex no dijo nada. Ni la miró. Solo me tomó de la mano y me arrastró hacia la puerta.
—Jamás volverás a saber de nosotros —dijo, con una voz fría que me recorrió el cuerpo.
Salimos de esa casa sin mirar atrás. Aunque no sabía qué nos esperaba afuera, tenía fe de que la vida mejorara