Capitul1. Laila.
Eran las 7 am cuando sonó el despertador de Laila. Cuando abrió los ojos, la mujer se percató de los rayos solares que entraban por la ventana de su habitación con cierto desespero. Y eso que era todavía muy temprano. Se imaginó cuando fuera al mediodía el calor abrasante que haría ese día, lo que le faltaba.
Mientras se desperezaba en la cama, pensó que no eran normales esas temperaturas en pleno septiembre, casi entrando en el mes de octubre. Igualmente en el sur de España las altas temperaturas se presentaban con más asiduidad que en el norte. Ella amaba el carácter alegre, dicharachero y vivo de los andaluces debido al tiempo típico de esa parte de España. No se imaginaba viviendo en el norte, por eso mismo. Su carácter era demasiado alegre como para opacarse por las lluvias constantes y el frío que hacía en otras ciudades de la península. Pero lo que más amaba Laila era su Sevilla natal. Era sevillana de los pies a la cabeza, y en su acento andaluz lo dejaba entrever. La sonrisa siempre la acompañaba en su precioso rostro. Y sus ojos verdes destellaban al igual que los rayos se asomaban en su dormitorio. Así pues, la alegría siempre la acompañaba, y ese día no iba a ser diferente, pensó ella de forma fugaz. No se esperaba ni por asomo lo que estaba por llegar.
Por fin se levantó de la cama, apartando cuidadosamente a Matiz, un gato desnutrido y famélico que se encontró abandonado en la calle hacía ya más de un año y al que quiso darle todo el amor del mundo. Si por ella fuera, tendría su loft lleno de animales abandonados. Pero tenía todo su hogar lleno de pinturas, pinceles y lienzos y no era cuestión de tener a los animales llenos de pintura. Sabía que esa no era vida para ellos. Además de que podrían destrozarle sus futuras famosas pinturas.
Laila amaba pintar por encima de todo. Cuando era muy pequeña tenía claro que estudiaría bellas artes y sería una artista famosa y consagrada. Y todo el dinero que sacara de dicha fama, lo invertiría en los más necesitados. Pero parte de todo ese pensamiento infantil quedó en un triste sueño. Sólo consiguió estudiar bellas artes, y sí se dedicaba a ayudar a los más desfavorecidos, pero invirtiendo su tiempo, no su dinero, porque no se había hecho rica como había pensado de niña. Justo le llegaba para pagar el alquiler del loft donde vivía y para pagar todo lo que necesitaba para pintar. Igualmente era una mujer feliz, que conseguía sacar lo mejor de todas las personas que la rodeaban. Por eso dejaba huella en todos los que la conocían. Ella tenía claro que los sueños se hacían realidad, y más si lo que soñabas era recurrente y lo deseabas con mucha fuerza. Nunca tiraría la toalla y tenía la esperanza de que algún día sus pinturas se expondrían en Nueva York. Por qué no.
Cuando salió de la habitación, Matiz decidió seguirla a la cocina. Laila le preparó la comida a su compañero y éste pasó amorosamente entre las piernas desnudas de la mujer agradeciéndole que le diera de comer.
A Laila lo que más le llamó la atención del minino, cuando se lo encontró en un contenedor de basura, fue el color de ojos que tenía. Eran muy similares a los de ella. Pero debía reconocer que sus ojos eran más típicos en un gato que en una persona. Eran de un color verde casi transparente haciéndole una mirada muy llamativa y especial a la vez, porque además sus ojos eran bastante grandes, acompañados de unas espesas pestañas y un color de tez moreno, típico en la mujer sevillana, que contrastaba notablemente con el verde de sus ojos.
Después de alimentar a Matiz, se dispuso a desayunar algo ligero, acompañado de un buen café. El olor a café era su aroma preferido. Tenía el poder de revivirla en caso de estar en las últimas. De sólo pensarlo se reía para sus adentros. ¿Qué sería de ella sin el café y sin los colores?
Laila se fue a duchar, seguida de Matiz. No la dejaba ni a sol ni a sombra. Allá donde iba ella, el gato iba pegado a sus piernas.
La mujer se quitó una vieja camiseta de tirantes que usaba para dormir y también las bragas. Cuando se miró completamente desnuda en el espejo, se quedó algo pensativa. Llevaba un tiempo que tenía dolor abdominal y de espalda, como también se sentía llena comiendo las mismas cantidades de siempre, se cansaba más de lo normal, aunque a decir verdad era una mujer que no paraba desde que se levantaba hasta que se acostaba, y para colmo dormía poco. Pero sí notó cierto cambio en su físico. Estaba segura de que había adelgazado porque podía ver perfectamente las costillas marcarse bajo su piel morena, como también los huesos prominentes de las caderas. Sus pechos no se quedaron atrás y se habían reducido de tamaño considerablemente. Recordó que por dicho cansancio había pedido cita con su médico de cabecera y éste le había mandado hacer unos análisis. Igualmente intentó no darle más importancia, porque su médico terminaría llamándola para decirle que todo estaba en orden. Se llevaba muy bien con él y tenían cierta confianza el uno con el otro, porque el hombre, al igual que Laila, amaba también el arte.
Cuando se había duchado, se puso una camiseta algo escotada y lisa, y unos jeans bastante raídos y estropeados. Si su madre la viera así, seguramente ella misma le compraría los jeans sin ningún tipo de agujero. Luego se calzó unas converse cuyo estado era similar a los jeans que llevaba puestos.
Antes de salir de casa, se maquilló como hacía todas las mañanas. Simplemente se ponía un poco de labial y se pintaba algo los ojos para resaltar el precioso verde de éstos. En todo lo que abarcaba su vida, el color era completamente necesario. Antes de salir del baño, se volvió a mirar en el espejo y sonrió mostrando una dentadura blanquísima y muy bonita.
Laila se despidió de Matiz acercando su rostro al del gato, y éste recibió dicho acercamiento alegremente. Se llevaban a las mil maravillas, además de necesitarse mutuamente. Antes de salir de su casa, cogió de la nevera un par de tuppers llenos de comida. Se los iba a llevar a su vecina, una mujer anciana que se encontraba en una situación económica muy precaria, además de encontrarse muy sola, puesto que sus dos hijos vivían en el extranjero y hacían su vida sin preocuparse de ella. Laila se había acostado muy tarde por haber preparado dicha comida a la mujer. La ayudaba en todo lo que podía, la intentaba acompañar en los largos períodos de soledad que hacían parte de su vida, porque para Laila, era una mujer con una bondad incalculable y no se merecía estar en la situación en la que se encontraba. De hecho, para la mujer esa anciana era la abuela que nunca tuvo. Se apreciaban y se querían mutuamente. La anciana, cuando veía a Laila aparecer por la puerta, le cambiaba radicalmente su expresión facial y era imposible no sonreírle a esa preciosa y bondadosa mujer.