Ruinas de lo que fuimos
El viento de otoño se cuela entre los ventanales abiertos de la vieja estación de tren. Las hojas secas bailan a sus pies, como si celebraran un reencuentro que Jimin jamás quiso tener.
Ahí está Jungkook. Como una cicatriz que se rehúsa a sanar. Más guapo que nunca, con el cabello revuelto por la brisa y los ojos fijos en él como si aún le perteneciera.
Jimin no ha olvidado. Fingió seguir adelante, sonrió para las fotos, rió con amigos, fingió enamorarse de alguien más. Pero cada noche, cuando el mundo dormía, su corazón seguía temblando en los rincones donde Jungkook lo dejó.
—¿Por qué estás aquí? —pregunta, con la voz tan serena como el filo de una navaja.
Jungkook da un paso, vacilante, como si temiera que Jimin se desvaneciera. Como si ahora fuera él quien teme perder.
—He estado pensando en ti. Todo este tiempo. Te extraño, Jimin.
—No tienes derecho —susurra él, la garganta apretada. Su pecho arde con una mezcla de rabia y deseo—. Me dejaste cuando más te necesitaba. Y ahora… ¿ahora me extrañas?
Jungkook baja la mirada. Por primera vez, parece humano. Vulnerable. Pero Jimin no quiere compasión. Quiere justicia. Quiere que su dolor se refleje en los ojos que tanto amó.
—¿Sabes lo que soñaba cada noche? —susurra Jimin, acercándose apenas—. Soñaba con verte sufrir. Soñaba con que te doliera cada parte de ti, como a mí me dolías tú. Y ahora que estás aquí… —sus dedos rozan el borde de la chaqueta de Jungkook— …quiero verte llorar por mí.
Jungkook traga saliva. Sus labios tiemblan. Y en sus ojos —esos ojos que un día prometieron amor eterno— hay agua contenida. Dolor verdadero.
—Entonces lloro, Jimin —murmura—. Lloro por ti cada noche. Solo que llegué demasiado tarde.








