Alas de Espinas en una Corte de Fuego

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Summary

Bienvenido al brutal y elitista mundo de la Academia Imperial. Violeto Pentadragón, de veinte años, solo quería quedarse en su pueblito leyendo libros para convertirse en archivista. Ahora, debido a una maldición que cayó sobre su madre, debe unirse a los miles de candidatos que luchan por llegar a convertirse en la élite militar del imperio: La Guardia Real. Pero cuando eres más pequeñito y frágil y diferente que todos los demás, la muerte está siempre a la vuelta de la esquina, porque la Guardia Real no acepta la debilidad. Con tan pocas plazas libres para conseguirlo, nadie dudará en matarle; sobre todo, el Jefe de Escuadrón más poderoso, y rudo, y sexy, y alto, y oscuro, y tatuado, y masculino, e inalcanzable: Dael Nathanien. Violeto necesitará cada pedazo de su ingenio y sabiduría para enfrentarse a los muchos retos, misterios e inesperados giros de guion que le aguardan en la Academia Imperial. Solo hay dos formas de conseguirlo: o vivo, o muerto. Obviamente. Porque si no estás vivo no puedes hacer nada. Pero sí, es súper peligroso. ¡LA ACADEMIA IMPERAL TE AGUARDA!

Status
Ongoing
Chapters
30
Rating
4.8 9 reviews
Age Rating
18+

1

Me iba a morir.

Sabía que la Academia sería mi final, pero no tenía más opción que luchar, como había hecho siempre, si quería salvar a mi madre enferma. Aunque yo fuera demasiado pequeñito y débil, y sin poderes, y pobre, y humilde, y diferente, y sufridor.

Pero, sobre todo, era pequeño y débil. Tan pequeño y débil que la gente no paraba de repetir lo pequeño y débil que yo era. Mínimo, cada dos o tres diálogos, para que quedara bien claro.

―Eres demasiado pequeño y débil. Jamás lo conseguirás ―me decían.

―Lo sé, ¡pero voy a luchar y demostrar a todos que puedo hacerlo!

―Pero con lo pequeño y débil que eres, no superarás ni la primera prueba.

―¡La superaré! Y la segunda, y la tercera prueba. ¡Todas las pruebas hasta convertirme en Guardia Real!

―Pero, ¿qué ha traído a alguien tan pequeñito y débil como tú aquí, a un lugar tan peligroso, competitivo y cruel como la Academia Imperial? ―me preguntaban.

―Tengo que salvar a mi madre maldita.

Los cinco ahogaron el mismo jadeo escandalizado y se llevaron la misma mano al mismo punto de sus labios.

―¿Tú madre está maldita y has pensado en sacrificarte de esta forma tan altruista por ella, aunque sepas que, venir aquí, a la Academia, es una muerte segura?

―Exacto, aunque todos no paren de decirme lo pequeñito y débil que soy debido a una rarísima enfermedad que no voy a nombrar, pero que hará mi aventura de autosuperación todavía más complicada.

―¡No puede ser! ―dijeron cuatro de ellos al mismo tiempo.

Volví el rostro hacia el quinto y miré como empezaba a sangrar por la nariz y a sufrir convulsiones. Los administratus del Imperio eran de lo más patético. No aguantaban nada.

―Continúa ―ordené al del medio―. ¿Y cómo es que…?

―¿Y cómo es que tu madre cayó bajo una maldición así?

―Muy buena pregunta ―asentí―. Pues verás, resulta que, para salvar a mi familia hambrienta, tuve que ir a cazar al bosque nevado y, da la casualidad, de que maté al monstruo más peligroso del reino. Yo solo. Con mi arco y mis flechas de palo. Nadie le mató jamás, menos yo, ¿vale?

Miré a los cuatro administratus restantes del jurado y esperé a que todos asintieran al mismo tiempo y en sincronía.

―Y, aunque yo solo quisiera alimentar a mi familia llena de hermanos desagradecidos, los cuales solo piensan en cosas frívolas y chicos, no como yo, duh ―puse los ojos en blanco―, que solo pienso en leer y en los demás.

―Se nota que te encanta leer y eres un apasionado de los libros.

―Sí, lo soy ―me llevé una mano al pecho y contuve unas lagrimitas de emoción―. Realmente, yo solo quería quedarme en mi pueblito y leer muchos libros y convertirme en archivista.

―Qué cambio más inesperado en tu vida ―me dijeron.

―Terrible ―asentí―. Del todo inesperado. Pero no tuve otra opción después de que, al matar a la criatura del bosque y vender su piel, por la que querían darme más denarios de lo que valía…

Esperé un momento.

―¡¿Y no aceptaste?! ―chilló una de las administratus, levantándose de su silla antes de desplomarse de bruces contra la mesa y caer al suelo.

―¡No, por supuesto que no lo acepté! ―respondí, muy indignado.

―Pero, con lo pequeñito y débil que eres y lo mucho que te cuesta cazar para alimentar a tu familia de hermanos crueles y desagradecidos.

―¡No podría aceptar más denarios! ―insistí―. Yo trabajo mucho y no permito que nadie sienta pena por mí, aunque sufro muchísimo y soy pobre y pequeño, y diferente, y la gente me humilla todo el tiempo, y tengo una enfermedad incurable, y solo quiero leer y tener una vida tranquila, pero estoy aquí, sufriendo. Mucho. Porque sufro muchísimo y lo hago en silencio.

Y apreté los dientes y levanté la cabeza, porque no iba a dejar que nadie me viera llorar, aunque lo hiciera todo el rato.

―Y después de vender las pieles por un precio justo, demostrando un pilar fundamental de tu personalidad: ser honrado y trabajador, ¿qué pasó?

―Después, llegó un monstruo a mi casa y maldijo a mi madre. Y, con mi padre ausente y mis frívolos hermanos que, aún por encima, me hicieron ir al bosque a cortar leña después de pasarme el día entero pasando frío en la nieve…

―Oooh… qué terrible son tus hermanos. No como tú.

―Yo no hablo mal de mi familia ―le corregí―, solo lo doy a entender, porque yo no me quejo nunca de nada.

―Eres tan bueno y humilde y pequeñito y débil y… deid… eudneid…. ―y el tercer administratus puso los ojos en blanco y se desmayó, cayendo en seco sobre la mesa.

Me pasé la lengua por los dientes y miré a los dos restantes.

―Sí, se nota lo mucho que te preocupas por tu familia y lo altruista y generoso que eres ―me dijo uno de ellos―. Que te sacrifiques así por ellos, lo deja muy claro.

―Exacto ―asentí―. Gracias.

―Incluso siendo un chico tan pequeñito y débil.

―Lo sé ―murmuré, suspirando―, pero así soy yo: humilde y trabajador. En cuanto mi madre quedó maldita, no dudé ni un segundo en presentarme voluntario para participar en las Pruebas de la Guardia Real, y así salvarla.

Me tiré de rodillas al suelo y me llevé la mano al pecho, apretando mi sucia y áspera túnica de pobre.

―¡Pero porque era la única manera! ―exclamé―. Aunque yo no quiero estar aquí, y vivir aventuras y, de pronto, conocer a un enorme, oscuro y guapísimo cabrón tatuado que se enamore de mí y me dé bien de polla. No ―sentencié con un gesto de la mano―. Yo quiero leer y estar tranquilo en mi casa. No tengo tiempo para sexys y peligrosos hijos de puta que quieran ahogarme entre sus brazos como jamones, mirarme a los ojos y decirme que soy suyo y solo suyo.

―No, claro que no ―afirmaron los dos administratus al mismo tiempo―. Tú no buscar el amor y no te dejas cegar por un hombre así.

―Jamás ―respondí―. Nunca en mi vida sería como esas patéticas personas que van detrás del hombre más guapo, fuerte, alto, oscuro, masculino, deseado, sexy y misterioso que hay en toda la Academia. Por cierto, ¿dónde está Dael Nathanien?

―En la entrada, junto al resto de Jefes de Escuadrón.

―Huh.

Me levanté del suelo y me limpié un poco la túnica.

―Pues dame el acta imperialis de una vez ―le ordené―. Tengo que tener un excitante y sorprendente primer encuentro con él y ya llego tarde.

―Eres muy pequeño y débil para las pruebas.

―Sí, lo sé ―asentí―. Firma el acta.

―Tan pequeño y débil que te vas a morir.

―Huh-ham…

―Tan pequeño y débil y enfermo. No vas a conseguirlo. No. No. No. No… ―gimió, empezando a llorar―. No, por favor ―me rogó.

Después, sufrió un espasmo, se vomitó encima y perdió la consciencia.

Tomé aire y me rasqué la ceja.

―De verdad, los administratus sois de lo más puto inútil que hay en el Imperio ―murmuré, acercándome a la mesa.

El último de ellos me miró con sus ojos húmedos y enrojecidos. Trataba de resistirse a mí, de alguna forma, lo intentaba; pero jamás sería lo suficiente fuerte.

Nadie era lo suficiente fuerte.

―El acta ―le dije.

La mujer movió su mano temblorosa y selló el pergamino antes de entregármelo.

―¿Qui… quién eres…? ―trató de preguntarme, aunque solo pudo babearse encima y retorcer la cara en una mueca antinatural.

―Soy un chico de pueblo que se está sacrificando por su madre maldita, ¿no me has oído? ―respondí, ladeando el rostro.

―Eres un monstruo…

―Ssshh… ―siseé, llevándome el dedo a los labios―. Eso es un secreto.

La mujer empezó a temblar por todo el cuerpo, a sangrar por la nariz y, finalmente, a sufrir un violento ataque que le hizo perder la consciencia.

Tomé mi acta imperiales y chasqueé la lengua. La muy tonta me lo había manchado con un poco de sangre.

―Tenéis suerte de que sea tan humilde y generoso, sino, os hubiera matado ―les dije, aunque ninguno de ellos pudo oírme.

Después, me deshice un poco mi extraño, diferente y único pelo rubio platino que se volvía del color del arcoíris en las puntas, sin importar lo mucho que lo cortara, y me fui de allí.

Tenía que entrar en la Academia, convertirme en el mejor Guardia Real; luchar contra todo el odio, la envidia y las adversidades que mi aspecto tan único y especial y diferente me ocasionaría; descubrir que en realidad yo poseía el Arcano más poderoso de todo el Imperio; y vivir una apasionado y excitante romance con Dael Nathanien, el hijo bastardo del Emperador.

Eran muchas cosas.

Así que, empecemos.