Prólogo
En ese momento, ambos eran niños.
En aquella cabaña, una silueta solitaria en un mar de finos granos de arena, el llanto de un corazón deshecho resonaba por todas las habitaciones, no como un grito, sino como un gemido ahogado que se disipaba al silencio. El aire, antes denso con el calor del día, ahora transportaba un frío incipiente, susurrado por las rendijas de la humilde morada de madera.
—Estarás bien, Byas — Aquella voz era un ancla serena en la tormenta, apenas un murmullo que rompía el sonido del propio dolor de Byas.
Byas ocultaba su rostro en el pecho de su hermano, buscando refugio. Se aferraba con una desesperación infantil, mientras las manos que sobaban su espalda, manchadas de algo casi imperceptible en la tenue luz plateada de la luna, intentaban infundir una calma que no existía. El olor a hierro y tierra seca se mezclaba con el aroma herbal de la piel de Cole, creando una disonancia extraña para él.
El cabello café de Byas, que era acariciado con ternura para darle tranquilidad, se llenó de trazos color carmín, un contraste cruelmente vívido en la penumbra. Las lágrimas calientes que cubrían su rostro empapaban la camisa de su hermano, una mancha húmeda y fría contra la piel de Cole.
—M-Me voy a comer las bayas y estudiaré todo el libro sin dormirme, ¿No está bien? ¿No va a volver? —la voz de Byas era un hilo roto, una súplica que arañaba el silencio, esperando la certeza que su mente le negaba. La presión en su cabeza y pecho era enorme, una jaula invisible que le exigía una respuesta, un cierre. Pero no importaba lo que preguntara, su hermano no le contaba toda la historia.
—Todo estará bien —respondió Cole, su voz inalterable, como una roca en un río furioso. Había algo en esa serenidad, casi sobrenatural en un niño recién abandonado, que Byas no podía comprender. El aire se volvió pesado con la pregunta no formulada: ¿acaso a Cole no le importaba quedar solos sin nadie que los cuidase? ¿O acaso, la simple presencia de uno al lado del otro, sentados en aquella incómoda y enorme cama de madera, era suficiente para ahuyentar los pensamientos intrusivos que rondaban como buitres?
—¿Qué hice mal?
—No hiciste nada malo — Finalmente recibió una respuesta, pero su hermano mantenía el mismo tono que antes, sin dolor alguno.
Byas intentó mirar su rostro, quería desentrañar el misterio de esa calma. Pero su hermano le abrazó con firmeza, un abrazo que era tanto consuelo como una barrera, antes de seguir hablando. El sonido del viento chocando contra las paredes de madera era el único testigo de la promesa que se gestaba.
—Jamás voy a abandonarte, Byas. Traeré una nueva era para nosotros. Lo prometo —dijo Cole, su voz resonando con una convicción escalofriante para un niño, más allá de la edad, más allá de la lógica o la ventana. Su mirada se fijó en el horizonte, donde el enorme muro se alzaba al otro lado del desierto, una cicatriz imponente contra el cielo oscuro. No era una simple pared; era el símbolo de su prisión y el objetivo de su ambición. Los ojos de Cole, lejos de la pena, brillaban con una mezcla helada de ambición y rencor, un fuego apenas contenido en la oscuridad.
Lágrimas frescas escaparon de los ojos de Byas con rapidez al escuchar esas palabras, tan llenas de una promesa incomprensible. Como un mecanismo de defensa, su mente infantil, agotada y traumatizada, comenzó a trabajar. Enterrando aquellos recuerdos terribles en lo profundo de su ser, en los rincones más oscuros de su mente, para intentar alejar el dolor insoportable de su corazón. Sin notarlo, su mente decidió olvidar lo que vio ese día, otorgándole la paz y la felicidad que su hermano, con una determinación inhumana, le había prometido.
-- Años más tarde --
—Cole Lomonosov. 23 años. Exiliado. —La voz fría y metálica del vocero, amplificada por el sistema, cortó el silencio de la sala.
Una luz cegadora se encendió violentamente sobre él desde un techo que parecía infinitamente alto. No era solo luz; era un haz punzante que quemaba la retina. Las esposas de metal pesado en sus manos le impedían cubrirse el rostro, por lo que el joven mantenía los ojos cerrados, una imagen de resignación. Sin embargo, en un movimiento que revelaba su inquebrantable voluntad, levantó la cabeza con dignidad. Abrió lentamente los ojos para observar a los miembros en la mesa que lo rodeaba, siluetas sombrías apenas discernibles tras el brillo, figuras de poder y juicio. El murmullo constante de la ventilación del recinto era el único sonido, un zumbido bajo que se perdía en la inmensidad del espacio.
Mientras tanto, el vocero exclamó con mayor firmeza, su voz resonando con la autoridad del Reino, reverberando en las paredes.
—Ha sido acusado por intento de ‘Lesa majestad’ y terrorismo. ¿Cómo se declara?
El joven, en medio de la luz incandescente y el silencio expectante de la sala, con una calma que parecía un desafío, contuvo una sonrisa que apenas crispó sus labios. Sus ojos, ahora completamente abiertos, tenían un brillo acerado. Simplemente dijo con claridad, su voz resonando con una seguridad absoluta, una declaración que era tanto una verdad como una provocación:
—Inocente.