LIO.
Ciudad de México, 2018.
Era una tarde tranquila y la rutina se había repetido como todos los días. Algunos clientes entraban a planificar la despedida de sus seres más queridos y otros, los que se preocupaban por el futuro, decidían ir para dejar lista su ceremonia funeraria ellos mismos. Eran situaciones tristes, claro, pero yo no podía evitar alegrarme al ver entrar personas por la puerta; eran potenciales clientes, a fin de cuentas.
La campanilla de la puerta tintineó una vez más y dibujé en mi rostro la sonrisa más genuina que había aprendido.
Entró un chico joven, imaginé que tendría alrededor de veinte años. Su cabello era largo y le caía desordenado, enmarcando sus facciones. Su piel era de un tono claro de moreno y sus ojos parecían totalmente negros. Lo más característico en su rostro era el piercing que partía su labio a la mitad, y las ojeras color morado bajo sus ojos. A pesar de todo, resultaba extrañamente atractivo. Parecía no haber salido de casa en semanas, tal vez ni siquiera se había duchado; imaginé lo mal que podría estarla pasando aunque, de todas formas, necesitaba venderle.
—Bienvenido a Anémona, la mejor funeraria de la ciudad. ¿Cómo puedo ayudarle? —dije, repitiendo de memoria lo que había aprendido.
—Uh... ¿funeraria? —balbuceó, dando pasos tambaleantes mientras exploraba el lugar.
Fijé mi mirada en él, aunque no podía echarlo, pues era evidente que estaba drogado y jamás se sabe que tan peligroso pueda resultar pelear con alguien así.
—Lo siento... pensé que era una tienda de utilería —continuó, su voz era pastosa, y una risita tonta escapó de sus labios—. Tienen mucha decoración, de verdad, hasta podrían ser una tienda satánica ¿no? Genial... genial.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarle? —repetí, esperando pronto deshacerme de él.
—Hace mucho ¡mucho frío! De verdad estoy congelándome... ¿crees que nevará hoy? Sería genial, amo la nieve —parecía incapaz de entender lo que yo decía, así que no me quedó más opción que mantenerme en silencio mientras vigilaba que no causara alborotos— ¡Ey! ¿Qué es esto? Es bonito ¿verdad?, ¿puedo quedármelo? —su dedo índice apuntó a una pequeña calavera negra fabricada con plástico barato.
Estaba colocada junto a un montón más de calaveras de diferentes tamaños, y en la multitud esa pequeñez pasaba desapercibida. Entonces me pareció gracioso que su atención hubiera ido justo hacia ella.
—Llévatela, no hay problema —respondí y, sin darme cuenta, mi sonrisa se había vuelto genuina.
—¡Muchas gracias de verdad! —habló justo antes de salir del local sin decir nada más.
Suspiré, aliviado de evitar algún conflicto con ese hombre.
La tarde continuó como de costumbre: muchos cliente que atender y pocas sonrisas correspondidas. Cada tarde después del trabajo, mi mandíbula terminaba totalmente adolorida.
Salí a eso de las once de la noche, cuando la calle estaba casi vacía y mi única compañía eran las estrellas nocturnas, a veces junto con los faroles de la calle.
—Disculpe —una voz ronca me llamó y, al girarme, me encontré con el rostro del tipo pelinegro.
—Ah, tú de nuevo.
Buscó en el bolsillo de su pantalón, y sacó la pequeña calavera negra, extendiendo su brazo para entregármela.
—Creo esto es suyo... discúlpeme si la robé, la verdad es que no recuerdo que pasó.
—Dije que podías quedártela, ¿por qué volviste?
—Ah... ¿dijo eso? No lo recuerdo, pero por favor tómela, no quiero tener algo que es ajeno.
—¿Cómo supiste que era de esta tienda? Dices que no recuerdas nada.
—Ah, claro —dio la vuelta a la calavera y señaló un pequeño grabado en ella: "Funeraria Anémona"—, aquí lo dice ¿lo ve? Por eso me di cuenta.
—Bueno. De todas formas quedátelo, no me sirve de nada.
—Ah... —su mirada había estado evadiendo la mía durante toda la conversación.
Parecía realmente apenado y entonces supe que en la mañana en efecto había estado drogado y no era un loco sin remedio. Su ropa estaba sucia y su cabello aún más desordenado que antes. Me pregunté que habría estado haciendo durante el día.
—¿Cuál es tu nombre? —inquirí.
—Dime Saavedra
—Bien, Saavedra, ¿ya cenaste?
—¿Eh? No, yo no ceno.
—Por eso estás tan delgado. ¿Tienes casa? —me detuve, pensando en lo entrometida que podría resultar mi pregunta—. Olvídalo, déjame invitarte a cenar... y a darte un baño.
—¿Qué?
—Me llamo Lio, por cierto.
—¿Lio?
—Así es, ¿pasa algo con mi nombre?
—Ah... creo que... no, tal vez estoy mal.
—Está bien. ¿Aceptarás mi invitación? Se hace tarde y me gusta llegar a mi casa antes de la madrugada.
—Bueno, yo... sí, por supuesto.
Me arrepentí casi al instante de haber invitado a un vagabundo a mi casa, ni siquiera uno común, este tenía problemas de drogas. «¿Por qué hice eso?» me reproché, sabiendo que ya era demasiado tarde para arrepentirme.
—¿Vives por aquí? —rompí el silencio, con la esperanza de hacer la caminata menos incómoda.
—¿Dónde estamos? —miró lentamente a sus alrededores, escrutando la estructura de cada edificio—. Ah, la ciudad azul. Sí, vivo muy cerca.
—¿Ciudad azul? Vaya forma de decirle —alcé ambas cejas con sarcasmo—, pero tienes casa... Honestamente, creí que no.
—Ah... ¿por qué?
—Supongo que no te haz visto en un espejo. Tienes tierra hasta en las mejillas, ¿qué estuviste haciendo en el día? Debió ser divertido, pero no lo hagas tan seguido, si robas más calaveras entonces mi funeraria se quedará sin decoración.
—¿Esa funeraria es tuya? —Saavedra soltó una risa boba—. Wooow, recordaba que un señor viejo y gordo atendía ahí. ¿Murió ya? Espero que su funeral haya sido lindo, sería muy mala publicidad que el dueño de una funeraria tuviera un funeral feo. ¡Yo quiero un funeral bonito! Aunque nadie iría a mi funeral, los funerales...
—Basta de funerales —ordené, irritado por la extraña conversación—. El señor viejo y gordo que dices es mi padre, y no, no está muerto, pero gracias por preocuparte por la publicidad del negocio. Los drogadictos tampoco lo son, para que lo sepas.
Finalmente llegamos a la puerta que daba acceso al edificio donde quedaba mi departamento —más bien, mi estudio— y agradecí a Dios por no tener que seguir escuchando al vagabundo.
Caminamos hasta el ascensor y Saavedra chocó algunas veces con los muebles de la recepción; entonces me vi obligado a sonreír para los empleados del turno nocturno que fijaban su mirada en el chico como si fuera algún tipo de espectáculo. Finalmente logramos subir a mi estudio. Los minutos en el ascensor fueron los más largos de mi vida.
—Adelante —dije, mientras abría la puerta para permitirle el acceso.
—¡Woow! Que lugar tan lindo... —caminó alrededor de la casa con un asombro casi infantil y, durante al menos algunos segundos, no me pareció alguien tan deplorable.
—¿Cómo es el lugar donde vives?
—Ah... es muy grande y espacioso, sí, tiene muchos muebles caros, pero siempre está vacío.
—Sigues delirando —murmuré, sin saber si él había sido capaz de escucharme o no— Bien, pensaba preparar la cena, pero no quiero tener fuego en la misma casa donde estés tú. No te ofendas.
—No lo hago.
—Bien, pediré la cena. Espero que haya al menos un local abierto a esta hora —hice una rápida búsqueda en mi teléfono, aunque no pude encontrar nada de utilidad—. Dime, ¿aún estás drogado?
—Me siento feliz así que, creo que sí.
Levanté la mirada del teléfono, encontrándome con el rostro sonriente del chico.
—Que forma tan deprimente de saberlo —me levanté y dirigí hasta la cocina, pude sentir como la mirada de Saavedra me seguía en cada movimiento. Tomé un vaso y lo llené de agua—. Ten, bébelo.
—¿Es alcohol?
—¿Crees que te voy a dar alcohol mientras estás drogado? No seas tonto. Es agua, tómala.
Sin muchas ganas, Saavedra sostuvo el vaso que le había dado y bebió el contenido de un solo sorbo.
—Gracias —dijo, extendiendo el brazo para regresarme el vaso ya vacío.
Lo tomé y asentí.
—Siéntate, haz estado todo el tiempo parado.
—Claro —obedeció sin más—. Uh, ¿por qué estás haciendo esto?
—Probablemente por lástima, pero no estoy seguro... ¿será que mañana recordarás esto?
—No lo sé, no sé como funciona esto.
—¿Es tu primera vez drogándote? Que irresponsable, debiste al menos hacerlo en tu habitación con las puertas cerradas y alejado de la sociedad.
—Es un consejo extraño... pero no, lo que quiero decir es que es la primera vez que pruebo esta cosa... Taná dijo que se llamaba... ah, no lo recuerdo, ¿algo con te?
—Bueno, Taná debería cuidar mejor a sus amigos.
—No somos amigos, él trae cosas y yo las compro. Es una relación de negocios solamente —se recostó sobre el sillón, aplastando con su cuerpo una pequeña pulsera tejida con hilos rojos— ¿Qué es esto?
—Nada, dámela.
—La he visto alguna vez... —dijo, apartando las manos cuando intenté tomarla.
—Dije que me la des.
—Yo tenía una igual, era roja y tejida y pequeña... era igual.
—¡Dámela! —elevé mi tono de voz sin darme cuenta, finalmente arrebatándole la pulsera—. Escucha, no hay lugares abiertos a esta hora y la verdad es que no tengo ganas de cocinar; aunque, de todas formas, la comida podría caerte mal. Puedes dormir aquí si gustas, iré a mi habitación.
—Ah... sí, adiós.
Dijo, justo antes de que cerrara la puerta de mi recamara.