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El sol caía pesado sobre el pueblo de Silver Light, ese rincón polvoriento donde hasta las moscas parecían demasiado cansadas para zumbar con el sol ardiendo como brasas. La calma espesa se rompió de golpe con un galope seco que retumbó calle abajo.
Unos cuantos voltearon vagamente hacia la entrada del pueblo, es que tuvieran visitas frecuentes fuera de comerciantes o forajidos. Pero el extraño no parecía ninguno de los dos.
Una silueta venía montada en su caballo oscuro con la mirada dura de quien ha cruzado más desiertos que palabras ha dicho. Traía la camisa pegada al abdomen por el sudor del viaje, las mangas arremangadas y el cuello entreabierto dejaba ver apenas un hilo de piel y un colgante que brillaba como un secreto. Llevaba un cinturón con una hebilla plateada, curtida, y sobre él, una funda con el revólver más limpio que se había visto en semanas. El sombrero de ala ancha le cubría los ojos lo justo para que nadie supiera si estaba viendo con desconfianza o simplemente midiendo el valor de lo que lo rodeaba.
Lo cubría elegancia y caminaba con calma, pero con filo. Todo aquello para Yeosang no era más que otro pueblo con gentes de ojo curioso, siempre era lo mismo. No es que tuviera pensado quedarse tanto tiempo así que con los ojos ubicó el local más grande que por lo regular daba con cabarets. Así que desmontó sacudiéndose el polvo del sombrero y miró alrededor como si ya supiera lo que iba a encontrar.
En Silver Light, cuando un forastero llega así, sin hablar mucho y con ese aire de historia a cuestas, todos saben que algo está a punto de pasar.
El sol se arrastraba como una víbora incandescente sobre la arena. Sus botas puntiagudas pisaron la entrada de madera robusta al seguir derecho hacia el Cabaret Serpiente Dorada. Una construcción de fachada agrietada pero aún con brillo en los detalles, como una mujer que ya no es joven pero todavía rompe cuellos al pasar.
Las puertas batientes lo recibieron con un susurro de piano y risas envueltas en humo de cigarro. Adentro, la luz era dorada con cortinas de terciopelo rojo. El olor a perfume barato, labiales y whisky flotaba en el aire mezclado con el calor de cuerpos demasiado juntos.
El taconeo suave de una bailarina se escuchaba al fondo del escenario mientras una mujer de vestido escotado cantaba con voz rasposa sobre hombres que prometen y no cumplen. Todo se detuvo un segundo cuando Yeosang cruzó la entrada.
Era como si el lugar lo sintiera llegar, ah, esa parte.
Las miradas se clavaron en él por los rabillos y muecas mal disimuladas.
Caminó lento la camisa aún pegada al cuerpo, el brillo del sudor marcando su silueta con descaro. El sombrero le cubría los ojos, pero no el aura. La mirada con un claro “Si hablas,asegúrate de tener algo bueno que decir”.
Una mujer con corsé negro y guantes largos se le acercó con sonrisa ensayada y ojos curiosos.
⇁ ¿Te sirvo algo, forastero?
Él se quitó el sombrero con un gesto suave, dejando ver la marca de nacimiento, muy remarcada por belleza que no pedía permiso.
⇁ Solo una botella ⇁ dijo, con voz grave ⇁ Y una razón para quedarme, preciosa
Y así, en el corazón tibio del cabaret, Yeosang dejó claro que no era solo un vaquero más. Ella sonrió encantada y asintió de inmediato antes de retirarse contoneando la cintura.
El whisky bajaba lento por su garganta quemando como debía. Yeosang se recostó en el taburete, una pierna cruzada sobre la otra, el sombrero descansando a su lado. Desde su rincón podía verlo todo: la pianola en el fondo, las piernas largas de las bailarinas que cruzaban de mesa en mesa, las miradas furtivas, y sobre todo las intenciones.
Y esa venía con pasos pesados
Un hombre robusto de brazos como troncos y una barba que parecía hecha de alambre sucio se acercó con la confianza. Tenía chaleco sin camisa y un sombrero torcido. El tipo ni preguntó. Solo se inclinó hacia Yeosang y con una sonrisa chueca lo atrajo poniendo sus sucias en la cintura.
Grave error
El movimiento fue tan rápido como elegante. En un parpadeo la mano de Yeosang ya no sostenía el vaso sino su revólver que había girando entre los dedos. El cañón quedó apuntando directo al centro del pecho del imbécil.
El silencio se tragó la música del piano. Yeosang ladeó apenas la cabeza
⇁ Si querías sentir algo caliente en la cintura elegiste al hombre equivocado. Tienes tres segundos para sacar esa mano o perderla. Adivina qué va primero.
El tipo se quedó helado, la sonrisa borrada de golpe, la mano temblando en el aire como si no supiera adónde volver cuando la retiró. Una risita nerviosa escapó de alguna de las chicas en el fondo y el pianista retomó el tema que había dejado a la mitad.
Yeosang bajó el arma con calma y volvió a su vaso con mirada aburrida. Dio otro trago mientras el tipo retrocedía más rojo que furioso. Volvió a recostarse con calma, vaso en mano, sin siquiera mirar al hombre que acababa de desarmar con una frase y una amenaza vestida de elegancia.
En lugares como Silver Light y en tantos otros más allá del mapa, lo peor que podía hacer era parecer débil. Mostrar vulnerabilidad era como ofrecer el cuello antes del cuchillo y Yeosang lo sabía bien.
Él no venía buscando riñas, pero tampoco era uno de esos que bajaban la mirada. No, era mejor dejar las cosas claras desde el principio. Porque si no marcaba su lugar en este mundo, alguien más lo ocuparía por él.
Y a Yeosang nadie lo iba a poner en su sitio.
En cada rincón donde había estado —tierras rotas por el sol o por el olvido— había aprendido que la ley era simple: o mandas, o te hundes. O eres el cazador, o te escriben la historia con sangre ajena.
En Silver Light como en otros tantos lugares él ya había elegido.
Yeosang alzó el vaso, dejando que el hielo golpeara suave contra el vidrio. Fue entonces cuando la luz del escenario cambió, y todo el cabaret se apagó un poco menos ella.
Apareció en el centro del escenario como si el lugar hubiese sido construido solo para esperarla. Llevaba un corset ajustado color vino con bordados y ajustes delicados. El cabello negro le caía sobre los hombros y una rosa roja le adornaba la oreja izquierda. En la cabeza una cinta con una pluma que se movía con gracia a cada paso. Su voz rompió el silencio con un tono perfecto, envolvente. Se paseó por el escenario con elegancia salvaje jugando con los vuelos de su vestido mientras los hombres aullaban. En medio de un giro, alzó un poco más los vuelos, solo lo justo para que una liga de encaje negro se asomara a la vista.
Bastó eso para que el salón estallara en aplausos, gritos y suspiros perdidos.
Yeosang solo la observó, con una ceja apenas levantada y el vaso en alto, como brindando en silencio con un fantasma que todavía no conocía. Sus ojos no se apartaron ni un segundo ni cuando las cortinas se cerraron lentamente, tragándose la figura de la mujer y dejando el escenario vacío.
Sin apartar la vista, murmuró hacia la barra
⇁ ¿Quién es?
El chico que limpiaba los vasos, flaco y joven se volteó sin dejar de secar el cristal entre sus manos. Lo miró como si ya supiera a dónde iba esa pregunta.
⇁ Ni lo piense, forastero. Esa es flor con dueño. Y el dueño no es de los que aceptan competencia.
Yeosang no respondió. Solo giró el vaso desinteresado contemplando el fondo.
El silencio entre los dos duró solo un par de segundos, el chico detrás de la barra aún limpiando el mismo vaso, ladeó la cabeza con resignación.
⇁ Su nombre es Park Seonghwa. Le dicen el rubí del cabaret y no precisamente por los adornos que usa. Es por la gente lo mira y se olvida del polvo, de las deudas y hasta del mal whisky.
Yeosang giró lentamente su vaso, así que era un chico y vaya, el pueblo podía llegar a ser interesante.
⇁ No pregunté por como lo llaman ⇁ dijo con tono neutral ⇁ Pregunté qué significa eso de “bocado de otro”.
El chico soltó una risa breve, más amarga que burlona, y por primera vez dejó el vaso sobre la barra.
⇁ Significa que es el favorita del sheriff más corrupto. Kim Hongjoong, el dueño no solo del uniforme, sino del miedo en este pueblo. Nadie toca lo que él llama suyo. Y Seonghwa... bueno, él baila para sentirse adorado, no amado. Es parte del espectáculo. Pero si alguien se acerca más de la cuenta si intenta algo con la reina, es difícil limpiar los viscoso del piso. Esas piernas solo se abren para Kim.
Yeosang bajó los ojos a su vaso y asintió una vez, sin emoción. No porque estuviera de acuerdo, sino porque la información ya estaba archivada donde debía estar. El chico detrás de la barra alzó las cejas como si estuviera sorprendido de no haber recibido una reacción altanera o una amenaza. Entonces, tendió la mano.
⇁ Jeong Yunho. Soy el que limpia los vasos, sirve los tragos y ve a los forasteros antes que terminen con dos agujeros.
Yeosang le estrechó la mano con firmeza con sonrisa sardónica
⇁ Kang Yeosang. Y sí... no soy de por aquí.
⇁ No hace falta que lo digas ⇁ sonrió Yunho, echando un vistazo rápido a su ropa impecable y su actitud afilada ⇁ Silver Light no tiene hombres como tú, ni el valor ni el porte.
Yeosang no respondió. Solo volvió a mirar las cortinas, ahora inmóviles. Yunho estaba por decir algo más cuando las puertas del cabaret se abrieron
Ancho de hombros, pecho robusto, mirada fija. Cruzó el umbral como si cada paso marcara territorio. Vestía una chaqueta de cuero oscuro, abierta, mostrando una camisa sin mangas, su andar era pesado y controlado.
La música se bajó sola. O eso parecía.
⇁ Muro de Silver Light lo llaman ⇁ murmuró Yunho, más para sí que para Yeosang ⇁ No porque hable mucho sino porque nadie lo mueve.
Yeosang giró el vaso sin apuro, pero ya lo estaba observando.
El pelirrojo no era un forastero. Él había crecido en esas calles polvorientas, se había ganado cada mirada de respeto y cada silencio incómodo. Era el tipo que sabía qué calle olía a trampa, y qué cantina escondía un cadáver.
Y esa noche, entró al cabaret como si fuera parte del mobiliario
El salón no respiró hasta que él se detuvo. Escaneó el lugar con una mirada rápida y precisa, hasta que se posó en Yeosang, el único rostro que no reconocía. No hizo nada más que pedirle ron a Yunho sentándose junto a Yeosang.
⇁ Tú no eres de aquí ⇁ dijo con la voz grave en cuanto tomó el primer trago
Yeosang no se levantó, en cambio redirigió la mirada
⇁ El whisky tampoco, pero bien que lo sirven.
Yunho hizo una mueca entre risa nerviosa y advertencia.
Jongho lo observó un par de segundos más, sin moverse, como midiendo si ese comentario era valentía o simple ignorancia. El pelirrojo mantuvo el silencio un momento más, luego asintió una sola vez, como dejando una nota mental. Sin más palabra, dio media vuelta y caminó hacia el pasillo que llevaba detrás del escenario.
⇁ Vaya huevos los que tienes ⇁ exhaló Yunho
⇁ ¿Y eso a qué viene? ⇁ giró la cabeza hacia su dirección ⇁ ¿Qué? Me va a salir con que es el caballo favorito del sheriff?
⇁ Es hijo menor de la familia Choi. Nació aquí ⇁ murmuró Yunho en cuanto desapareció tras las cortinas ⇁ Conoce cada calle, cada cuerpo que no llegó a juicio. Y aunque no lleva placa muchos le temen más que al sheriff.
Yeosang no respondió. Solo bebió un trago más y dejó el vaso en la barra sin apuro sobre las monedas de cobre
Porque aunque él no buscaba problemas, los problemas siempre olían la pólvora y sabían cuándo había alguien que no se iba a dejar.
Yeosang empujó las puertas del cabaret y cerró un párpado cuando la luz del mediodía lo golpeó de frente. Afuera, el pueblo seguía con su rutina. El ruido de una rueda de carreta rechinando por la calle, dos niños corriendo descalzos y un par de ancianos con cigarros jugando a las cartas bajo la sombra de un toldo remendado.
Pero entonces se escuchó algo. Un relincho áspero seguido por el estruendo de madera rota y gritos de la muchedumbre. Yeosang levantó la ceja expectante, la respuesta llegó corriendo como caballo. Uno enorme y desbocado que se sacudía como tormenta negra en medio de la calle. Había tirado un barril, casi volcado un bebedero y echaba vapor por la boca mientras seguía tirando patadas. Los hombres que intentaban acercarse retrocedían al segundo intento.
Yeosang se detuvo unos segundos con ambas manos en el cinturón. Respiró y bajó los escalones sin prisa. El caballo se había detenido bufando mostrando los dientes. Unos lo llamaban por nombre, otros lo insultaban. Pero ninguno de ellos se acercaba. Ajustándose el sombrero caminó directamente hacia él sin levantar el polvo con las botas. Se plantó frente al animal. El caballo relinchó haciendo el hocico hacia atrás frenético, con las orejas planas.
⇁ Sh sh sh sh sh tranquilo ⇁ murmuró
Alzó una mano lentamente dejando que el caballo lo oliera. El animal resopló con fuerza, dio un paso hacia atrás, pero no huyó. Yeosang aprovechó el momento y tomó las riendas.
El caballo bajó un poco la cabeza. Todavía temblaba inquieto y desconfiado.
Entonces se oyó una voz rasposa, grave
⇁ Maldito animal ¡Me las vas a pagar!
Un hombre corpulento apareció desde el costado del callejón empuñando un chicote de cuero oscuro. Tenía la camisa manchada de tierra, una cicatriz en la ceja y el gesto deformado por el sol y la costumbre de gritar.
⇁ Suéltalo hijo. Ese animal no entiende más que de castigos. Si no obedece, se le marca. Así es la ley del corral.
Yeosang giró apenas la cabeza, lo suficiente para mirarlo con un solo ojo.
⇁ No. Esa es su ley, la de él.
El hombre frunció el ceño como si no hubiera esperado una respuesta. Se acercó dos pasos, alzando el látigo.
⇁ ¿Quién te crees que eres, eh? ¿Algún tipo de encantador de bestias? ⇁ rió
Yeosang sonrió sin humor
⇁ No necesito encantarlas, pueden llegar a entender más que nosotros
El silencio que se hizo fue espeso. El hombre lo miró de arriba abajo y escupió al suelo.
⇁ Se nota que sabes manejar bravos. Tengo unos cuantos más como él que no se dejan montar ni tocar, no he encontrado alguien que lo resuelva, ninguno en este pueblo de mierda. Y si alguien no lo hace no me quedará otra que perder el negocio.
⇁ ¿Con eso quiere decir sacrificarlos?
El hombre alzó los hombros despreocupado
Yeosang no respondió más que con una exhalación. No era la primera vez que veía esto, ni sería la última. Este tipo de personas siempre el mismo molde creyendo que un látigo convertía la debilidad en autoridad.
El modo en que alguien trata a una bestia dice más de él que del animal y el tipo de criatura que alguien elige castigar siempre revela qué clase de animal es realmente.
⇁ Así que quiero ver si eres tan bueno como aparentas. Si te atreves, claro. Tengo trabajo para alguien con tus huevos. Pero si no puedes con ellos yo mismo te amarro en su establo. Me vendría bien alguien que no tiemble.
Yeosang lo miró fijamente, sin mover un músculo mientras analizaba su posición. Se supone iba solo de paso sin rumbo fijo, pero no le vendrían mal unas monedas de más si quería seguir viajando. Los recursos eran limitados y se escapaban entre sus dedos como arena fina. No fue hasta unos segundos después que se sacó el polvo del sombrero con un gesto seco.
⇁ Acepto
⇁ ¿Así nada más?
⇁ Con una condición ⇁ añadió Yeosang ahora avanzando hacia él ⇁ Si trabajo para ti, ese chicote no vuelve a tocar a ninguno.
El hombre lo miró riendo entre dientes seguido de una carcajada ronca.
⇁ Trato, pero si alguno de ellos te tumba no digas que no te lo advertí.
Yeosang miró por última vez al caballo que daba hocicados al aire
⇁ Entonces veamos quién es la bestia y quién necesita domador.
El tipo se subió al caballo con facilidad, el cuerpo firme sin mirar mucho a Yeosang.
⇁ Llega a mis tierras cuando salga el sol.
Yeosang lo observó en silencio
⇁ ¿Nombre?
El hombre terminaba de amarrar al grañón a su propio caballo cuando se giró al oír la pregunta como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Lo miró de arriba abajo de nuevo con esa expresión de burla. Como si no haber oído hablar de ellos fuera casi una ofensa.
Yeosang lo observó hasta que la figura se volvió apenas una sombra en movimiento.
⇁ Rancho de los Choi
