Capítulo 1. El maestro generoso
“Vivir en un mundo de agua no es tan emocionante como muchos creen”, reflexionó Mira, mientras contemplaba el interior del océano infinito dentro de su submarino de huevo transparente.
Era de los pocos medios de transporte que existían en Inongia, debido a que toda su superficie estaba cubierta por agua al completo. Los inongianos vivían en bases sumergibles o islas artificiales, donde lograron cultivar plantas aptas para la tierra y el oxígeno de aire.
La joven inongiana, tras aburrirse de mirar el monótono paisaje acuático de su mundo, se centró en su reflejo que le devolvía la pared invisible de la nave. Su piel verde claro y cabellos castaños luchaban por no camuflarse junto con el fondo azul, siendo sus ojos violetas los únicos órganos que brillaban como dos grandes zafiros, con ansias de captar algo realmente inusual e interesante para hallar emoción a la vida.
Mira dio un suspiro, pensando que no debió salir de casa tan precipitadamente. Estaba practicando sus habilidades curativas con su maestro, pero se puso nerviosa y decidió abandonarlo. Aunque bloqueó su mente para que no accediera a él, pensó que fue muy ingrata con el hombre que la cuidó durante todos esos años, cuando sus padres se marcharon para siempre de su lado.
– Perdóname, maestro Beel – murmuró Mira, en voz baja, mientras una lágrima recorría su mejilla – es solo que… jamás seré la curadora que quieres que sea. Sé que, con esto, estoy despreciando los años invertidos en mí y, por eso, quiero recompensártelo. Aun si con esto arriesgo mi vida.
Tras eso, sonrió. Había oído hablar de leyendas sobre la “perla de lágrima”, un material único y escaso en Inongia. Se decía que solo los más valientes podía obtenerla y, para eso, debían enfrentar a la criatura enterrada en el núcleo del planeta. Se creía que aquel mítico ser era responsable de que todos los inongianos adquirieran habilidades curativas y de percepción extrasensorial.
– Me pregunto cómo luciría esa bestia, o si siquiera existe apenas – se dijo Mira, mientras activaba la computadora portátil para leer los datos que tenía sobre el núcleo del planeta – no hay registro visual y los drones submarinos tampoco detectaron signos de su existencia. Se cree que, gracias a ella, todos tenemos las mentes conectadas. No obstante, si alguien osa desafiarlo, viviría un suplicio peor que el infierno…
Dejó de murmurar cuando escuchó la voz de su maestro en la mente, quien intentaba entablar conexión mental con ella.
“Mira, ¿dónde estás? Por favor, perdón por presionarte. No tienes por qué ser curadora solo porque es mi deseo. Te prometo que buscaremos algo para ti, pero necesito que regreses a mi lado”
Mira cerró los ojos y se imaginó que había una pared de cristal, en donde el maestro Beel se encontraba al otro lado. Él golpeaba con los puños y movía la boca, pero no lo escuchaba. Ella solo sonrió con tristeza y se despidió:
– Adiós, maestro.
Abrió los ojos y comenzó a respirar entrecortadamente, mientras su corazón se aceleraba.
Acababa de cortar el hilo de conexión que tenía con su maestro para siempre, así es que era ella sola contra el mundo acuático.
Se convenció a sí misma de que, solo así, podría cumplir con su misión autoimpuesta. Pero si algo le sucediera, era muy probable de que nadie vendría para rescatarla.
Agitó la cabeza, con la intención de despejar cualquier atisbo de duda, y se dijo a sí misma:
– Debo hacerlo. El maestro está muy ocupado como para estar pendiente de mí todo el tiempo. Le demostraré que puedo cuidarme sola trayéndole esa perla para depositarla en sus manos.
Con esa fuerte determinación, programó su submarino para que se dirigiera directo hacia el fondo.
Pero entonces, un enorme tentáculo le bloqueó el paso.