Coleccionando estrellas

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Summary

Max ha sesgado una vida. Fénix ha salvado otra. Ambos perdieron las estrellas, pero juntos podrán volver a coleccionarlas en su memoria. Fénix es un hombre pobre, agobiado con diversos trabajos para poder comer algo a fin de mes. Por casualidad conoce a Max y su aura misteriosa hace que no sea capaz de quitárselo de la cabeza. Pero Max no está dispuesto a amar. No todavía. (Spin off de la novela Coleccionando nubes.)

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Una estrella ✨ Fénix

Dicen que el cielo nunca es igual. Día tras día está dispuesto a enseñarnos una nueva cara, como si quisiera hablar con nosotros; lanzarnos algún mensaje a través de las nubes o la lluvia que cae sobre la tierra. Las estrellas en la noche nos guían con seguridad en nuestro camino. O eso dicen, ya que en esta ciudad siempre es amarillento. Las estrellas se perdieron hace mucho por culpa del egocentrismo de la raza humana.

Para poder llegar a ellas tengo que escapar de esta cárcel de hormigón y metal.

Y aquí sigo, atado.

—¿Me estás escuchando? —Mi compañera de trabajo sacude una mano delante de mis ojos. Lleva la coleta descolocada y la cara enrojecida por el aire frío que nos azota cuando vamos en moto.

—Sí —respondo mecánicamente—. Te da miedo ir a la nave industrial y quieres que entregue yo ese pedido.

Ella asiente con un gesto ansioso, le doy un par de palmadas en la espalda para tranquilizarla.

—No te preocupes, a partir de ahora me encargaré yo del extrarradio, tú quédate por el centro.

Sonríe con alivio y eso me hace sentir algo mejor.

Son las cuatro de la mañana, se supone que con estos dos últimos pedidos por fin podremos volver a casa. ¿A quién se le ocurre pedir comida a estas horas? Es por eso que no llegamos nunca a casa antes de las seis.

Me entregan las dos pizzas (intuyo que una es de cuatro quesos) y me dirijo hasta la desvencijada moto que uso para las entregas.

—¡Espera un momento, pelirrosa! —Persistentemente hacen alusión a mi color de cabello. Para muchos, la decisión de teñirme el pelo de color rosa pálido ha sido una estupidez. ¿Cómo van a teñirse los hombres hechos y derechos de un color así? Mi jefe lo odia especialmente, pero no hay nada en el contrato que me impida llevar tintes. Los malos comentarios no me importan—. Se te han olvidado las bebidas que vienen con la promoción, y ya sabes…

Agarro la bolsa que contiene cuatro latas de refresco cutre. No creo que nadie en su sano juicio sea capaz de tragarse eso.

—Velocidad y puntualidad —repito mientras me pongo el casco y subo al incómodo asiento. Coloco el teléfono sobre el soporte e introduzco la dirección que nos han dejado en el gps.

Las calles están tranquilas a esta hora y es algo que agradezco. El viento helado azota mi cara y procuro evitar los enormes baches que hay. El alcalde ignora por completo el estado de la calzada, siempre con la mirada fija en su cartera llena de billetes.

En menos de veinte minutos consigo salir de la ciudad y conduzco por la desvencijada carretera que lleva hasta la antigua nave industrial que se usaba para hacer muebles. Las farolas están tan desperdigadas que todo a mi alrededor son sombras iluminadas vagamente por las luces de la moto.

Aparco la moto y tomo el aparato de pago por tarjeta, así como la bolsa del cambio.

Inevitablemente, mi rostro se alza hacia el cielo con la idea de encontrar la asquerosa pátina amarillenta. Sin embargo, ahí están, pequeñas y con un leve brillo. De entre mis labios se escapa el aliento y este se condensa con el frío.

—Aquí pueden verse —musito con asombro. La ciudad se extiende de tal manera que, salvo en las montañas que nos rodean, nunca había podido encontrar un lugar donde sentarme a contemplar el cielo nocturno. Con el trabajo apenas tengo tiempo para pasear y los únicos momentos que consigo siempre se ven entorpecidos por algo.

Sacudo la cabeza para volver a la realidad y me acerco al oscuro edificio. Es un lugar enorme, con lo que parecen dos plantas e infinidad de ventanales que ahora están negros.

¿De verdad hay alguien en ese sitio? Echo a caminar con los nervios aflorando. Quizás ha sido una broma. Deseo que sea solo eso.

La enorme puerta está cerrada y no veo ningún timbre por lo que llamo con los nudillos.

—¿Hola? Traigo su pedido —grito a pesar de que está todo en silencio. ¿Y si es la guarida de un psicópata? ¿O un secuestrador? ¿Y si es alguien que sabe que soy homosexual y quiere hacer que aprenda a ser una persona normal tal y como decía mi padre? Ese pensamiento no tiene ningún sentido ahora mismo, Fénix.

Paso mi peso de una pierna a otra durante unos minutos y estoy a punto de marcharme cuando la puerta se abre. La luz ambarina del interior invade la negrura que me cerca.

Un hombre joven en pijama con estampado a cuadros se rasca la rapada cabeza. Mira con extrañeza al cielo y luego enfoca sus ojos aguamarina en mí.

—¿Ya es tan tarde? —Su voz es más grave de lo que esperaba. Sus facciones son afiladas, con unos labios finos algo rojos. Tiene la piel cremosa y muy pálida, surcada por lunares. Es llamativo.

—Son las cuatro de la mañana. —Acerco las pizzas con la bolsa encima—. Aquí tiene su pedido, ¿dos de cuatro quesos?

Él asiente con aire distraído. Parece que acaba de levantarse.

Aguardo a que tome las cajas y el hombre las deposita en el suelo. Me pide que espere unos minutos mientras va a por el dinero para pagarme y vuelvo a desviar mi mirada hacia las estrellas.

Son hermosas. Hacía demasiado tiempo que no podía admirar su resplandor.

Desde que murió.

—Hoy se puede ver a Casiopea casi entera. —Me sobresalto al escuchar la voz del cliente. Me hace entrega de un billete de cien dólares e intento calcular mentalmente lo que he de devolver—. Quédate con el cambio. No era mi intención llamar tan tarde.

Parpadeo con confusión, procurando asimilar que me voy a llevar ochenta dólares a palo seco por venir a entregar un pedido.

—Esa es la que tiene forma de W, ¿verdad? —Señalo hacia arriba antes de guardar el billete—. Y cerca se encuentra Andrómeda.

Vuelve a pasar la mano por el cabello rapado, me pregunto si le molestará. Nunca lo he llevado tan corto.

—Sí, está un poco más al sur.

Sonrío cuando consigo identificarla.

—¡Muchas gracias por su compra! Vives en un lugar maravilloso.

Puedo ver la sorpresa cruzar su rostro. Lo cierto es que el sitio es más bien tenebroso, aunque al menos el aire es limpio.

Me despido con el ánimo renovado. A media hora de la ciudad he encontrado el punto perfecto para desconectar.

Y todo gracias a un desconocido que quiere comer pizza a las cuatro de la mañana.