"Lo que callamos"

All Rights Reserved ©

Summary

Desde niños Aina y Leo siempre supieron que había algo entre ellos que no era normal

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Único Capitulo

Siempre supieron que había algo diferente entre ellos.

Desde niños, Aina y Leo fueron inseparables. Jugaban, se escondían en los mismos rincones, se defendían en el colegio. Su conexión era intensa. Demasiado intensa, tal vez. Con el paso del tiempo, las palabras se volvieron menos necesarias, pero las miradas duraban más. Más de lo que deberían entre hermanos. Nadie lo notaba, claro. Porque sabían fingir. Sabían mantenerse a raya.

Hasta aquella noche. Los padres habían salido por el aniversario. La casa estaba en silencio, la luz tenue de la sala encendida, el sonido de una vieja película flotando de fondo desde la sala de la casa.

La lluvia golpeaba con ritmo distraído los ventanales de la cocina. Era sábado y, por primera vez en mucho tiempo, gracias a sus padres estaban solos en casa, de nuevo como cuando eran adolescentes.

Aina abrió la nevera y frunció el ceño.

—¿Tú fuiste el que dejó solo medio limón envuelto en papel film como si fuera oro? —dijo, levantándolo con dos dedos.

Leo, desde la mesa, levantó las manos en defensa.

—Ese limón aún tenía vida útil. No mato frutas por capricho.

—Esto está más seco que tus chistes.

—Ey —protestó él—. Mis chistes tienen encanto. Tú simplemente no los entiendes porque siempre estás amargada.

—Amargada como el limón, exacto —dijo ella, lanzándole una servilleta—. Punto para mí.

Leo la miró de reojo, sonriendo.

—No me tires cosas. Esa es violencia doméstica.

—¿Ahora vivimos juntos, Leo?

—Técnicamente sí. Somos cohabitantes. Compartimos cocina, sarcasmo, y el trauma de crecer en esta casa.

Aina se rió, apoyándose en la encimera con una taza de café.

—Eres un desastre, ¿sabías?

—Y tú estás un poco insoportable. Lo cual, sorprendentemente, me gusta.

Ella arqueó una ceja.

—¿Te gusta que sea insoportable?

—Sí —dijo él, levantándose—. Porque cuando estás insoportable, me haces reír. Y cuando te reís, me dan ganas de... quedarme un rato más.

El silencio se instaló por un segundo, denso, pero no incómodo.

—No empieces con tus frases medio profundas —murmuró ella—. Hoy viniste gracioso, no intenso.

—No puedo evitarlo —dijo él, acercándose un poco—. Tengo capas, como las cebollas.

—Y las cebollas hacen llorar —le respondió ella, tomándose el último trago de café—. Qué apropiado.

Leo sonrió.

—Entonces... ¿qué somos tú y yo, Aina? ¿Limón seco y cebolla emocional?

—Suena a receta de familia disfuncional.

—Perfecto. Agrégale una pizca de tensión y estamos listos para cenar.

Ambos rieron. Pero después, en medio de esa risa, los ojos se encontraron. Demasiado tiempo. Demasiado cerca.

—Estás rara, siempre fuiste rara —dijo Leo, bajando la mirada.

—Tú también —dijo Aina—. No sé si me estás molestando... o coqueteando- le miro los ojos y por un breve minuto los labios que siempre quiso probar pero por lo prohibido no se animaba

—Tal vez las dos cosas.

—Entonces... estás en problemas.

Leo dio un paso atrás, teatral.

—¡Retiro estratégico!

—¡Cobarde! —le gritó ella, riendo.

Y mientras se alejaba por el pasillo, yendo hacia la sala a seguir viendo la pelicula, Leo gritó:

—¡Te dejo el limón! ¡Para que te recuerde a mí!

Aina lo miró desaparecer, con una sonrisa suave. El corazón un poco más rápido. El café aún caliente entre las manos.

Y el limón seco, intacto, sobre la encimera.

Aina después de terminar su café y lavar la taza, se dirigió hacia donde estaba su hermano y se sentó en el sofá con las piernas recogidas. Leo estaba junto a ella. No hablaban mucho. Nunca hacía falta. Pero esa noche el aire se sentía más denso. Más cargado.

—¿Te acuerdas de cuando nos escondíamos en el desván? —preguntó ella de pronto.

Leo asintió, sin mirarla.

—Sí. Siempre sabías dónde encontrarme.

—A veces... no quería encontrarte —dijo ella, bajando la voz—. Quería quedarme buscándote.

Silencio.

Leo la miró. Y ahí estaba. Ese algo. Ese límite que no se debía cruzar, pero que siempre había estado allí, brillando entre los dos.

—No deberíamos hablar de esto —susurró él.

—Lo sé —dijo Aina—. Pero si no lo decimos, ¿desaparece?

Leo la observó. Su hermana. Su reflejo. Su sombra y su impulso. La mujer que ningún otro amor había podido desplazar.

—A veces sueño contigo —admitió—. Y me despierto con culpa. Pero no se va.

Ella se acercó un poco más.

—Yo también sueño contigo.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. La película seguía sonando, como un murmullo lejano, como si el mundo entero se hubiese alejado de ellos.

Aina apoyó la frente en el hombro de él.

—Solo por esta noche —dijo ella, casi sin voz—. No mañana, no después, solo ahora.

Leo no respondió. Solo la abrazó. Con fuerza. Con esa ternura que escondía años de contención. Paso sus fuertes brazos por su cintura y la subió a su regazo, ya no podía ocultar lo que quería, sus manos recorrieron los brazos, cuello, espalda. Con delicadeza. Con fuego contenido.

Solo un instante en el que sus miradas se aferraron, el mundo se detuvo y el tiempo retrocedió a todos esos momentos donde el deseo fue reprimido. El roce de sus labios fue leve, apenas un susurro de labios que dudaban si debían tocarse.

Aina fue quien respondió. Fue ella quien lo buscó de nuevo, esta vez con la certeza de quien decide lanzarse al abismo. Se acomodo bien en su regazo, entre sus brazos

El beso fue lento, sin torpeza, pero lleno de nervio. Como si ambos supieran que ese contacto tenía historia. Que no era un primer beso cualquiera, sino una consecuencia inevitable de todo lo que nunca se habían permitido.

Leo la sujetó por la nuca, con delicadeza y se levanto con ella sujeta a el, y así fueron hasta la pieza, hasta su lugar.

Bajo la lluvia tenue que tamborileaba en el tejado. Las luces del pacillo estaban apagadas, pero en la habitación al final había un resplandor débil, apenas el reflejo cálido de una lámpara encendida en la mesilla.

Él entró sin hacer ruido. Cerró la puerta con suavidad, como si lo que estaba por pasar no quisiera que el mundo lo oyera. Ella lo miró. Y en sus ojos, ninguna pregunta. Ninguna sorpresa. Solo certeza. Se deslizo hacia abajo volviendo a estar de pie, frente a el. No la tocó de inmediato. Solo la miró como si la estuviera viendo por primera vez o por última.

—¿Estás segura? —murmuró.

Aina levantó la mano y la apoyó contra el pecho de él. Su corazón latía rápido, como el de ella.

—No hay seguridad en esto —respondió—. Solo deseo.

Las palabras quedaron flotando en el silencio, como una promesa rota antes de decirse. Leo se inclinó y la besó. Fue un beso lento, tembloroso, pero también erotico, como si el tiempo los hubiese estado preparando para ese instante desde que eran niños.

Sus bocas se buscaron con urgencia contenida. Las manos de él le rodearon la espalda, la acercaron. Ella deslizó los dedos por su nuca, hundiéndose en su calor, en el vértigo de hacer lo que siempre supieron que no debían.

Él la recostó en la cama, despacio, como si temiera despertarla de un sueño que no quería terminar. Las sábanas crujieron bajo sus cuerpos. Aina arqueó el cuello cuando los labios de Leo bajaron por su clavícula, como si allí estuviera escrito todo lo que nunca se dijeron.

No hablaban. No hacían falta palabras. Los movimientos eran suaves, casi reverentes. Piel contra piel, miradas largas, respiraciones entrecortadas. Como si el deseo llevara años acumulándose, esperando solo esta noche.

Cuando por fin se unieron, fue como si el mundo se hubiera detenido. No hubo culpa en ese instante, solo un temblor silencioso, una rendición a lo que siempre estuvo escondido.

Se amaron sin prisa, con la solemnidad de lo prohibido, con la dulzura de lo irremediable. Y cuando todo terminó, no se separaron. Solo se quedaron ahí, en la penumbra, respirando el uno contra el otro, sabiendo que habían cruzado una línea de la que no habría retorno.

Leo le acarició el cabello.

—Mañana será más difícil —dijo.

Aina cerró los ojos, aún envuelta en su abrazo.

—Entonces no pensemos en mañana.

Y por esa noche, no lo hicieron.

Los cuerpos se unieron dos veces mas en la habitación que un día compartieron de niños. El olor a nostalgia. A secreto. A deseo. Fue lento. Íntimo. Con una dulzura que dolía. Como si se pidieran perdón con cada caricia.

Y cuando amaneció, Aina se vistió sin hablar. Leo seguía sentado en la cama, observándola. Ninguno dijo “te amo”. Ninguno dijo “nunca más”.

Sabían que ya era parte de ellos. Lo que se calla... no deja de existir. Solo aprende a esconderse mejor.