Anémona
El frío de Edimburgo no es un clima, es un juicio.
Lohen Aradath se ajustó la bufanda gastada, sintiendo cómo el aire gélido de las tierras altas le cortaba los pulmones. Eran las tres de la mañana. En la soledad de su estudio, el reloj de pared marcaba los segundos con una indiferencia que le resultaba insultante. A su lado, su esposa dormía; una mujer de una bondad infinita, una santa que compartía el lecho con un hombre que ya no era más que una cáscara vacía. Ella no era la villana, y eso era lo que más le dolía a Lohen: no tener a quién culpar de su miseria más que a su propia cobardía.
Se levantó con cuidado, sus manos grandes y torpes temblando mientras encendía una vela. Sobre el escritorio reposaba una carta nueva y una anémona blanca, fresca, como si hubiera sido arrancada del mismo jardín del Edén.
—Te exhalo en cada gota de tinta que llama tu nombre —susurró, y su voz ronca se quebró en el silencio—. Mi interior se quema, se deshace y se destruye mientras el invierno me traga.
Cerró los ojos y, de repente, la piedra negra de Edimburgo desapareció.
El Glaciar de los diecisiete años
El recuerdo lo golpeó como un terremoto silencioso. Tenía veinticuatro años cuando lo vio por primera vez. Cassiel Lioran solo tenía diecisiete, pero caminaba como si fuera el dueño del tiempo. Tenía esa postura aristocrática, una herencia británica y noruega que lo hacía parecer un príncipe desterrado. Su cabello, rubio casi blanco, brillaba bajo el sol pálido de otoño, y sus ojos... Dioses, sus ojos. Uno azul como el centro de un glaciar y el otro de un gris tan pálido que parecía que estaba mirando directamente al otro lado de la vida.
Se conocieron en el borde del bosque, donde los árboles parecen susurrar secretos prohibidos. Cassiel llevaba un libro de versos franceses bajo el brazo y olía a un perfume caro, algo floral y metálico que Lohen nunca pudo olvidar.
—¿Buscas el camino o buscas perderte? —le había preguntado Cassiel con esa voz ronca, impropia de un rostro tan angelical y frágil.
—Ya estoy perdido —había respondido Lohen, hipnotizado por la armonía facial de aquel chico que parecía un dios griego esculpido en nieve.
Ese día, la tensión se instaló entre ellos como una cuerda de violín a punto de romperse. Miradas que duraban un segundo de más. Roces de dedos al intercambiar un libro que enviaban descargas eléctricas hasta el alma. Cassiel era un alma libre, rebelde, un muchacho que recitaba a Baudelaire mientras sus ojos grises buscaban en Lohen algo que el mundo no le daba.
El Regreso al Vacío
Lohen abrió los ojos en el presente. El dolor regresó, punzante. Se dirigió al establo. Allí estaba: el Camaro Negro, aquel carruaje de metal oscuro que Cassiel tanto amaba, un vehículo que desafiaba la estética de la época por su agresiva elegancia. Lohen se subió, sentándose donde Cassiel solía reír.
Aún estaba allí. La gorra azul de Cassiel tirada en el asiento, y ese olor... fresas con chocolate. Un aroma que no debería existir en un objeto inanimado, pero que se aferraba a la tapicería como un fantasma que se niega a partir. Lohen tomó la gorra y la hundió contra su rostro, llorando sin ruido, con los hombros sacudidos por una depresión que le arrancaba la piel.
—Pienso que todas las estrellas son un alma perdida buscando su camino... —recordó que Cassiel le dijo una vez bajo el cielo de Edimburgo, mientras tocaba el collar de estrella que ahora Lohen llevaba oculto bajo su camisa—. Y algún día nosotros seremos una de ellas.
El Primer Viaje: La Dimensión de las Almas
Agotado de llorar, Lohen se quedó dormido apoyado en el cuero frío del carruaje. Y entonces, ocurrió. El aire se comprimió. El sonido del mundo real se apagó y fue reemplazado por un silencio absoluto, denso.
Abrió los ojos. No estaba en el establo. Estaba en un campo eterno cubierto de nieve que no enfriaba, bajo un cielo que no era azul ni negro, sino de un color turquesa profundo, como azulejos pulidos. A lo lejos, un piano sonaba. Una melodía francesa, triste y eterna.
Caminó hacia el sonido y lo vio. Cassiel estaba sentado frente a un piano blanco, vivo, con su piel de nieve y sus pecas como constelaciones. No tenía veintiún años; parecía estar en un punto donde el tiempo no podía tocarlo.
—Lohen —dijo Cassiel sin dejar de tocar. Sus labios, esos labios que Lohen solo había probado en besos robados y desesperados, se curvaron en una sonrisa triste—. Te tardaste mucho hoy. La anémona se estaba marchitando.
Lohen corrió hacia él y lo abrazó. Sintió su cuerpo, su clavícula tonificada, el calor de su cuello. No era un fantasma, era real en esa dimensión.
—Perdóname, mi amor, perdóname por no decírtelo cuando aún respirabas —sollozó Lohen, hundiendo la cara en el pecho de Cassiel—. Fui un cobarde. Vivo en una mentira, despierto cada día junto a una mujer que no eres tú, mientras mi alma se pudre y se descompone pidiendo tus besos.
Cassiel dejó de tocar y lo tomó de la mandíbula con una firmeza que hizo que a Lohen le doliera la existencia.
—No te sientas culpable, Lohen. La naturaleza humana es egoísta. Yo te esperaré aquí, cada noche, hasta que los glaciares del olvido nos traguen a ambos. Pero mira mis ojos... mírame bien.
Lohen miró esos ojos desiguales y vio el reflejo de su propio asesinato. Vio la sangre sobre la nieve, vio el brillo del cuchillo injusto que le arrebató la vida a Cassiel a los veintiún años en aquel callejón oscuro de Edimburgo.
—Me dejaron joven para siempre —susurró Cassiel—, pero tú estás envejeciendo por los dos. No te mueras antes de tiempo, Lohen. Mi cuerpo se pudre entre tus besos, pero mi alma insiste en florecer en tus sueños.
El sueño empezó a desvanecerse. Lohen gritó, tratando de aferrarse a la chaqueta negra de Cassiel, pero sus manos solo atraparon niebla.
El Despertar
Lohen despertó en el carruaje. El sol de la mañana empezaba a filtrarse por las maderas. Tenía el sabor de las fresas en la lengua y el corazón destrozado. Salió del establo y caminó hacia su casa, donde su esposa lo esperaba con una taza de té y una sonrisa llena de paz. Ella lo besó en la mejilla, un beso ligero como una pluma, pero que a él lo sacudió como un terremoto de culpa.
—¿Dónde estabas, Lohen? —preguntó ella con dulzura.
—En el pasado —respondió él, mirando a través de la ventana—. Buscando una estrella que se perdió en el camino.
Al salir a la calle para ir a trabajar, Lohen se detuvo en seco. Un joven pasó a su lado. Era un desconocido, un obrero con ropa sucia, pero cuando se giró para pedirle permiso, Lohen sintió que el mundo se detenía. El desconocido tenía el mismo gesto de nariz respingada, la misma forma de mover el cabello hacia un lado... la misma mirada de "no deberías estar leyendo esto".
Era él. En los descosidos de la realidad, Cassiel seguía allí, reencarnado en extraños, torturando a Lohen con la promesa de que, aunque el alma se pudra, algo en ella siempre insiste en volver.