Capítulo 1
Confesión 1
No se por dónde comenzar... No puedo ni siquiera ahora mismo todo lo que ourrio con precisión... Ellos me están eserando ahí afuera... Si ella siguiers aquí podría cuidarme... Ella se pondría en mis zapados... Quizás sí...quizás no... Me estoy volviendo loco con cada diaque pasa sin ella.
Porfavor... No m juzguen por lo que hice... Si esto está en tus manos en porque funcionó mi plan... Puede que ese en el infierno o quizás con ella en el paraíso... Nunca tuve una creencia solida pero eso me daba paz... Al menos hasta ahora.
Las lagrimas no paran y me cuesta escribir esto... Tal vez pueda escribir mejor mañana... De verdad... Lamento ser tan débil de voluntad... Perdoname, princesa...
Flashback
El salón estaba lleno de trajes caros, conversaciones políticas y el murmullo de idiomas diferentes. Pero en una esquina, el ambiente era más cálido. Allí estaba ella, Luna, rodeada de los hombres más poderosos del momento, pero tratándolos con una naturalidad y dulzura que nadie más tenía. Luna destacaba en medio de la multitud, no solo por su belleza, sino por la paz que transmitía. Llevaba puesto un vestido largo estilo griego confeccionado en una tela chiffon de un delicado tono azul serenity, suave y ligero como una nube.
—Presidente Alejandro: Y bien, Luna, ¿qué opinas tú? Tú siempre tienes la palabra correcta.
Ella sonrió, sus ojos marrones brillaban con luz propia, y sus mejillas tenían ese tono sonrosado natural que la hacían ver joven, inocente y absolutamente hermosa.
—Luna: Yo solo digo que deberían preocuparse menos por los números y más por la gente, señor Presidente. Usted y mi amigo el Gobernador hacen un gran equipo.
El Gobernador alemán rio con cariño. "Entre los presentes desta un joven alemán cuya presencia transmitía una calma y una sabiduría envidiables. Poseía una belleza serena, con cabello de un tono rubio oscuro peinado con esmero y unos ojos claros que miraban al mundo con inteligencia y bondad. Vestía con una formalidad exquisita, un traje que resaltaba su elegancia natural, y aunque su postura era recta y digna, su trato era suave y lleno de caballerosidad. Era el tipo de hombre que inspiraba confianza al instante, noble de espíritu y de un corazón puro, ajeno a las intrigas y la oscuridad que rodeaban a los círculos de poder."
—Gobernador Lukas: —Ella es nuestra conciencia, y nuestra paz. Sin Luna, todo esto sería un caos. Es la única que nos entiende a todos.
En ese momento, las puertas se abrieron con solemnidad. La conversación bajó de tono. Entró él.
Vladimir, Presidente de Rusia. Alto, imponente, con ese cabello oscuro y ligeramente rizado, piel pálida y unos ojos azules que parecían dos trozos de hielo. Caminaba con la seguridad de quien sabe que tiene el mundo en sus manos. Todos se pusieron tensos, excepto ella.
Vladimir se acercó al grupo para saludar a sus colegas, el Presidente de México y al Gobernador. Los hombres se dieron la mano con formalidad, intercambiando palabras de cortesía fría. Pero entonces, sus ojos azules se posaron en ella.
Hubo un silencio de unos segundos. Él no esperaba ver a alguien así en medio de tanta política. Ella no bajó la mirada, solo le sonrió con inocencia.
—Presidente Alejandro: Vladimir, permíteme presentarte a una persona muy especial. Ella es Luna. Es nuestra Asesora Diplomática, y como te dice el Gobernador... es parte de la familia. Puedes confiar en ella ciegamente.
—Gobernador Lukas: Sí, es la mejor de nosotros.
Vladimir extendió su mano grande y fuerte hacia ella. Su voz sonó grave y profunda, pero por primera vez en la noche, había un destello de curiosidad en su mirada helada.
—Vladimir: Un placer... Luna. —Pronunció su nombre como si lo probara, como si fuera algo precioso y peligroso a la vez—. He oído hablar de la diplomacia mexicana, pero nunca imaginé que fuera... tan hermosa.
Luna sintió un ligero escalofrío al tocar su mano, pero sonrió sin miedo.
—Luna: El placer es mío, señor Presidente. Bienvenido a México. Espero que se sienta como en casa.
Él no soltó su mano de inmediato. La miró fijamente, pensando que esa mujer era como una luz en medio de su oscuridad. Sin saber que ese mismo instante era el principio de una historia de amor que terminaría escrita en sangre y tragedia.
—Luna: Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó manteniendo su sonrisa cálida, riendo internamente ante la tardanza de soltar su mano. Le parecía extrañamente encantador que él no quisiera romper ese contacto.
—Vladimir: A-a... Lo lamento mucho, señorita —se excusó con amabilidad, esforzándose por mantener la calma y el protocolo. Soltó su mano finalmente con extrema suavidad y desvió la mirada unos segundos, recuperando la elegancia y compostura que siempre lo caracterizaban.
—Gobernador Lukas: Parece que le agrada, señorita Luna —expresó con un tono agradable y una pícara broma, dichas con toda la educación y cortesía propia de la noche, donde la elegancia reinaba en cada palabra.
Vladimir asintió levemente ante las palabras de Lukas, recuperando rápidamente esa postura imponente y seria que lo hacía ver como el gran líder que era. Aunque su interior seguía agitado por el roce de su mano, su rostro volvió a mostrar esa máscara de calma y autoridad.
—Vladimir: Es imposible no sentirse atraído por tanta dulce compañía, Gobernador —respondió con voz grave y firme, dirigiendo una mirada respetuosa pero firme a ambos hombres—. México siempre me ha recibido con una calidez que no se encuentra en otros lugares.
Se giró entonces hacia el Presidente de México, extendiendo la mano con firmeza.
—Vladimir: Señor Presidente, las conversaciones que hemos sostenido hoy son prometedoras. Creo que podemos alcanzar acuerdos muy beneficiosos para ambas naciones en materia de comercio y seguridad. El mundo está cambiando rápido, y es necesario que las grandes potencias caminen juntas.
A su alrededor, el salón seguía lleno de actividad. Se veían a otros mandatarios conversando en grupos pequeños: el Presidente de Francia hablaba animadamente con el Canciller de Alemania, mientras representantes de naciones asiáticas observaban con atención los detalles de la velada. Era un mar de trajes oscuros, medallas y conversaciones en varios idiomas, donde cada palabra pesaba y cada gesto tenía un significado político.
Pero Vladimir, aunque hablaba de política, de tratados y de futuro con la inteligencia y sabiduría que se esperaba del mandatario ruso, no podía evitar que sus ojos azules volvieran una y otra vez hacia Luna.
Ella permanecía a un lado, escuchando con atención, asintiendo con delicadeza, siendo el perfecto apoyo diplomático. Su vestido azul serenity parecía brillar con luz propia en medio de tanta formalidad gris y negra.
—Luna: Así es, el diálogo siempre es el mejor camino —intervino ella con suavidad, haciendo que todos en el pequeño círculo guardaran silencio para escucharla—. Donde hay respeto, siempre hay lugar para entenderse.
Vladimir la miró fijamente, sintiendo que esas palabras eran solo para él.
—Vladimir: Sabias palabras, señorita Luna —murmuró, casi en un tono íntimo a pesar de estar en público—. Sin duda, es usted una embajadora perfecta para su paísy una tentación demasiado grande para cualquiera que tenga el honor de conocerla.
Luna sintió cómo sus mejillas se tornaban de un tono carmesí ante tal cumplido, bajando la mirada tímidamente mientras una sonrisa tímida asomaba en sus labios. A su lado, Lukas y el Presidente intercambiaron una mirada cómplice, sabiendo que algo muy especial acababa de nacer en ese salón.
Nadie imaginaba en ese momento, entre copas de champán y música elegante, que aquel encuentro sería el inicio de una historia de amor que se escribiría con tinta de destino y, lamentablemente, con sangre.