APORIA

Summary

El pecado es el oxígeno que se respira en el Luna Lush cada noche. Entre el sudor de quienes bailan y el brillo intenso de los carteles, el jefe de seguridad y el bartender han aprendido a ser espectadores de la depravación ajena. Son dos hombres serios, heterosexuales por convención y seguros por arrogancia. Pero la tentación es difícil de soportar. En un mundo de decisiones rápidas y placeres vacíos, ellos son el único acertijo que no pueden resolver. ¿Es odio lo que sienten cuando sus miradas chocan bajo las luces? ¿O es el reconocimiento de una necesidad salvaje que amenaza con destruir sus vidas perfectas? Bienvenidos a la zona de impacto. Donde la pregunta no es si caerán, sino quién se rendirá primero. *Kookmin *explicit content *voyeurismo *lenguaje vulgar *slowburn *threesome *Homofobic to homo *Entorno hostil Obra original de mi autoría. Disfruta la lectura y mantén la mente abierta 💜

Status
Complete
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37
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4.9 16 reviews
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18+

Luna lush

El reloj en la pared no solo marcaba las 4:25 PM, parecía que se estaba burlando de él con cada tic-tac. Jimin soltó una maldición entre dientes mientras se subía los pantalones de cuero, luchando con la cremallera como si fuera una pelea a muerte. Detestaba ese uniforme, no entendía porqué debía estar desde las 5 de la tarde hasta las 4 de la madrugada con esa ropa tan incómoda pegada al cuerpo.

— ¿Dónde carajos está el otro zapato? — gruñó, revolviendo el desorden de su habitación.

Su teléfono, tirado sobre la colcha, vibraba de forma histérica. Era la chica que estaba conociendo, una pelirroja espectacular que vivía a tres ciudades de distancia y que parecía creer que la vida de Jimin giraba en torno a sus mensajes. “¡No pierdas la racha, bebé!“, decía la notificación.

— ¡A la mierda la maldita racha! — espetó, lanzando una almohada al aire. Su prioridad ahora no era asegurar el polvo, sino, no quedar como un idiota en su primer día de trabajo.

Se detuvo un segundo frente al espejo y soltó un suspiro lleno de arrepentimiento. El barbero le había jurado que el rubio era la tendencia del año, pero Jimin solo podía verse como un híbrido extraño entre el hijo de Justin Bieber y un Psy en sus días de gloria.

Se pasó la mano por el cabello, frustrado. Estaba demasiado brillante, demasiado... “mírame, soy rubio”.

— Joder.

Finalmente, divisó el zapato. Estaba escondido bajo la cama, casi como si no quisiera ir a trabajar. Se lo puso a trompicones, agarró las llaves y echó un último vistazo a su departamento. Todo estaba limpio; si terminaba muerto después del turno, al menos el forense diría que era un tipo ordenado.

Menos en el cuarto.

Salió disparado, el pasillo del edificio quedó oliendo a perfume y ansiedad. Se puso el casco, ocultando ese cabello que lo avergonzaba, y montó su moto.

Tenía exactamente veinte minutos para cruzar la ciudad. Si no ponía un pie en el Luna Lush antes de las 5:00 PM, su carrera como bartender estrella moriría antes de servir el primer trago.

Ni siquiera se molestó en peinarse cuando llegó; entró al club casi corriendo, con el casco todavía puesto y el corazón a toda prisa. Cuando sus botas pisaron el suelo del Luna, el reloj marcó las 4:55 PM.

Salvado por la campana.

Los chicos de limpieza pasaban la mopa con desgana, y al fondo, revisando unas facturas en la barra, estaba él: Kim Seokjin. El dueño. Un tipo con un porte que gritaba poder y una sonrisa que parecía salida de un comercial de dentífrico.

Jin lo había reclutado después de que un video suyo haciendo malabares con una botella de ginebra se hiciera viral en Instagram.

Jimin se quitó el casco, dejando libre su pelo. Se preparó para el comentario burlón, pero Jin solo lo barrió con la mirada y asintió — Llegas a tiempo. Bien — guardó su teléfono — hoy es noche de chicas. Barra libre para ellas de 9:00 PM a 3:00 AM. Asegúrate de mover las manos rápido y sonreír mucho; si lo haces bien, te vas a ir a casa con los bolsillos llenos de propinas. Los hombres pagan hasta el hielo, sin excepciones.

Le dio un par de instrucciones más sobre los licores premium y luego dejó una palmada en su hombro descubierto por el chaleco — Voy por un surtido de vinos, vuelvo a las 6:30. Familiarízate con la cristalería, los mezcladores y el personal. Suerte. No me hagas quedar mal.

Cuando Jin salió, Jimin soltó un suspiro de alivio y saltó al otro lado de la barra. Empezó a mover los vasos, a limpiar las superficies y a organizar las botellas por color y graduación.

Mientras acomodaba las servilletas, sintió una sombra enorme proyectarse sobre él — Vaya, el jefe no exageraba con lo de “el nuevo es una estrella”.

Jimin levantó la vista y se topó con Namjoon. Musculoso, moreno y con una sonrisa llena de hoyuelos. Era el jefe de seguridad, pero parecía más un tipo que te invitaría a una cerveza que alguien que te rompería la nariz — Soy Namjoon — estiró la mano — prepárate, aquí las peleas se arman por cualquier estupidez, especialmente cuando el alcohol fluye — le advirtió riendo — vas a ver cómo se desmechonean por encontrar a los maridos con las amantes o en su defecto con alguno de nuestros bailarines sobre las piernas.

Poco después apareció Hoseok, el DJ. Saludó a Jimin con un chiste rápido y se subió a su cabina para empezar a probar los bajos. El sonido de un techno empezó a retumbar en las paredes.

El rubio estaba empezando a relajarse, pensando que el ambiente era genial, hasta que la puerta principal se abrió de nuevo y entró el segundo guardia.

No había rastro de sonrisas aquí. Era alto, de cabello negro lacio que le caía sobre los ojos y hombros tan anchos que hacían que el uniforme de seguridad pareciera a punto de reventar. Sus brazos estaban adornados por tinta negra que se perdía bajo las mangas cortas, y su rostro era de seriedad total, casi agresiva. No saludó a nadie, no hizo bromas. Solo caminó como si fuera el dueño del aire que todos estaban respirando.

— Ese es Jungkook — le susurró Namjoon a Jimin, bajando un poco el tono — no es de muchas palabras ni paciencia. Es quien se encarga de meter la mano cuando los problemas graves se forman y no le da miedo sacar a empujones al presidente. Mejor no te lo cruces de malas.

Jimin lo observó mientras el tipo se plantaba cerca de la zona VIP, con los brazos cruzados y la mirada fija en la entrada.

— De todos modos no vengo a intentar caerle bien a nadie. Agradezco a quienes son amables conmigo y a quienes no; se pueden ir al diablo.

El moreno sonrió y se despidió para irse con el pelinegro hacia la salida.

Jimin agarró un trapo limpio y comenzó a pulir los vasos. El roce del vidrio y el sonido del hielo siendo acomodado en las hieleras metálicas eran su banda sonora mientras el club terminaba de despertar. A las 6:00 PM, las luces principales se apagaron, dejando que los neones cobraran vida. Sacó una botella de un licor azul intenso y otra de un jarabe de moras. Empezó a experimentar, mezclando, agitando la coctelera. Quería que su primer trago oficial fuera perfecto.

Cuando terminó, vertió el líquido en un vaso corto: era un degradado eléctrico brillante.

Justo cuando estaba admirando el color, sintió una presencia pesada al otro lado de la barra. Jungkook estaba allí, de pie, con las manos apoyadas sobre el borde de la madera. Sus nudillos estaban tatuados y sus brazos, de cerca, daban miedo. No lo miraba a la cara, sino que observaba el trago.

— Aquí no servimos pociones mágicas, chico Barbie — soltó. Su voz era profunda y áspera; como si no la hubiera usado en horas — mi consejo es que hagas cosas más fáciles, que no te quiten tanto tiempo, porque cuando esto se llena, la gente se pone tosca y no espera. No quiero estarme quitando de la entrada para venir a intervenir porque tu invento lleva una hora en hacerse.

Jimin dejó el mezclador sobre el mostrador. Ladeó la cabeza, haciendo que un mechón se moviera y por primera vez miró directamente a Jungkook. Los ojos del guardia eran oscuros, letales, y lo estaban analizando como si fuera un estorbo en su campo de visión.

—¿Y tú eres crítico de coctelería o el que cuida que no se roben el papel del baño? — respondió, sosteniéndole la mirada sin parpadear — la persona que me contrató se llama SeokJin y si necesito a un guardia llamaré a Namjoon o me defenderé yo mismo. Agradezco tu consejo pero ya puedes volver a la puerta.

El silencio que se formó fue más intenso que la música de Hoseok. Jungkook elevó una ceja — ¿Defenderte tú solo? ¿Cuánto pesas? ¿50 kilos? — sonrió — han pasado muchos por este lugar y suelen renunciar porque no aguantan la presión. Solo te advierto...

— ¿La presión de quién? ¿Tuya?

Lo miró con el ceño fruncido y un gesto de confusión — Como sea — se giró sobre sus pies y caminó hasta donde estaba su compañero.

— Ya fuiste a espantar al chico.

— Tiene que ser marica. Nadie se pinta el pelo así a menos que vaya a postularse al miss corea.

— Es un influencer; ellos suelen hacer ese tipo de cosas. Déjalo en paz. Es un hombre joven y tiene ganas de salir adelante. No puedes ser siempre tan despectivo y menos trabajando en un club donde nuestro mayor público es homosexual.

Jeon bufó y se acomodó, cruzando los brazos sobre su pecho — ¿Te respondió Karina?

— Vienen más tarde. Quedó en traer a su amiga.

— ¿Crees que aguanten hasta las 4 o tendremos que follar en algún lugar por aquí?

— Lo resolveremos, pero hoy se da. Esas dos están buenísimas...

— Me sorprendió que quisieran un cuarteto como primer encuentro.

— Son muy putas...

— Hoy tengo ganas de una rusa — chocaron los puños en complicidad y siguieron su trabajo.

A las nueve en punto, la calma del Luna Lush murió. Tuvieron que abrir las puertas dobles para la cantidad de personas que llegaron. El “Ladies Night” no era un evento, era una prueba de resistencia, y Jimin lo entendió en el momento en que la primera fila de mujeres se amontonó frente a su barra exigiendo la oferta de la noche.

—¡Tres Luna Lush aquí! — gritó una chica.

—¡Cuatro más por acá! — exigió otra, agitando un billete.

Jimin no tuvo tiempo ni de parpadear. Sus manos se movieron rápidas y expertas. Agitaba la coctelera, vertía el licor azul y lanzaba sonrisas coquetas, mientras el sudor empezaba a perlar su frente. El calor del club subió diez grados en minutos. Se desabrochó los primeros botones del chaleco, sintiendo que la ropa se le pegaba a la piel.

Desde su puesto en la entrada, Jungkook mantenía la espalda recta y la cara de pocos amigos. Sus ojos escaneaban la multitud con frialdad, pero, casi por inercia, su mirada terminaba anclándose en la barra.

Observó al chico Barbie trabajar. Le irritaba ver cómo manejaba a las mujeres con tanta facilidad; cómo les guiñaba un ojo mientras servía los tragos y cómo sus dedos atrapaban las propinas que caían sobre la madera. Era un maldito exhibicionista, y odiaba eso.

Cerca de las once, un tipo con traje y evidente estado de ebriedad intentó saltarse la fila de la barra, empujando a una de las chicas.

—¡Eh, tú, rubia! — le gritó a Jimin, golpeando el mostrador — sírveme un whisky doble ahora mismo.

El barman ni siquiera dejó de agitar la coctelera. Siguió vertiendo el líquido en tres vasos con calma — La fila es atrás, caballero — dijo sin mirarlo — y no soy “rubia” soy un hombre. Espere su turno o busque agua en la fuente que está afuera.

El tipo se puso rojo de furia y alargó la mano para agarrar a Jimin por el cuello del chaleco. Jungkook, que ya se había despegado de la pared para intervenir, se detuvo en seco a mitad de camino. Antes de que el borracho pudiera tocarlo, Jimin le estampó una hielera sobre la mano — No me toques la ropa — advirtió — hoy es mi primera noche e intento ser amable con todos, pero por favor, no invadas mi espacio personal. Seguridad está justo detrás de ti. Si quieres terminar la noche en el hospital, vuelve a estirarme el brazo y te lo partiré.

Jungkook se quedó parado a dos metros, con los brazos cruzados y una expresión de desconcierto. Jimin levantó la vista, encontró los ojos del pelinegro y le dedicó una sonrisa, cargada de arrogancia, antes de seguir sirviendo el siguiente trago. No necesitaba que nadie lo rescatara.

Y menos él...