Chapter 1
¿Cuándo había cambiado todo?
Ela permanecía acostada sobre la cama, inmóvil, mientras la habitación se hundía en una oscuridad densa, casi sofocante. Su mirada estaba clavada en una esquina, donde una pequeña mesita sostenía un jarrón con un ramo de flores. Sus favoritas... o al menos, lo habían sido alguna vez. Ya no estaba segura de eso. Ya no estaba segura de muchas cosas.
Se incorporó con lentitud, como si cada movimiento pesara más de lo normal. La piel le tiró alrededor del moretón que manchaba su rostro, recordándole, sin necesidad de espejo, cómo lucía ahora. Más delgada. Más frágil. Más... rota.
Bajó la vista hacia sus brazos. Las marcas seguían ahí. La presión de unos dedos que no olvidaban.
Otra vez.
¿Desde cuándo vivía así?
¿Cuánto más podría soportarlo?
¿Por qué... seguía ahí?
El sonido de tela moviéndose rompió el hilo de sus pensamientos. Él se estaba vistiendo. Cada uno de sus movimientos era lento, pesado, como si el aire mismo cediera a su paso. Sus pisadas sobre la alfombra eran suaves, pero aun así parecían retumbar dentro de ella.
Se acercó.
Ela no reaccionó
Sintió su mano en el cabello. Un gesto suave. Demasiado suave. Eso fue lo que la hizo temblar. Luego, sus labios rozaron su frente en un beso breve, casi tierno.
Ela permaneció en silencio.
No se movió.
No sabía en qué momento aquel rostro que antes le aceleraba el corazón por alegría... había comenzado a hacerlo por miedo.
Él inclinó la cabeza hasta su oído, invadiendo su espacio con una cercanía que antes habría sido cálida, pero que ahora solo la paralizaba. Su respiración era tranquila. Afectuosa, incluso.
-Sabes que no quiero hacerte daño, ¿verdad? -susurró-. Pero me obligas cuando te pones así. Si fueras un poco más obediente... no tendríamos que llegar a esto.
Su tono era sereno. Razonable. Como si estuviera explicando algo lógico, algo inevitable.
Algo correcto.
El frío le recorrió la espalda.
Sintió su dedo deslizarse sobre el moretón, despacio, casi con cuidado... como si estuviera admirando el daño que había causado.
Luego, simplemente se alejó.
Sin prisa.
Sin culpa.
Sus pasos se desvanecieron poco a poco, dejando atrás un silencio pesado, opresivo.
Ela siguió ahí, inmóvil, con la mirada perdida.
Y en medio de ese silencio, una sola idea comenzó a formarse, tenue pero persistente:
Ya no se reconocía.








